(IAR Noticias) 21-Mayo-08
Robert Brenner escribió este artículo para el diario
británico The Guardian, en donde fue publicado el 26 de septiembre de 2007.
Lo que reproducimos a continuación es una versión de ese texto recientemente
actualizada por su autor, que es miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO.
Por
Robert Brenner (*) - Revista SINPERMISO
La agitación que se observa en Gran Bretaña y EEU en el préstamo hipotecario y
en la banca parece contenida, pero el futuro de la misma sigue siendo más que
dudoso. Si, como vienen diciendo desde hace tiempo los funcionarios veteranos,
los elementos fundamentales de la economía son robustos, los miedos ante el
impacto de la crisis deberían irse apaciguando. Pero ¿es así?
Las alegres embestidas de los 80, los 90 y la primera mitad de la presente
década, con sus epocales transferencias de renta al 1% más rico de la
población, han eclipsado la realidad económica básica del debilitamiento en el
largo plazo de las economías capitalistas avanzadas. El rendimiento económico
de los EEUU, Europa occidental y Japón, medido con prácticamente todos los
indicadores posibles –volumen de producción, inversión, empleo y salarios—, no
ha hecho sino deteriorarse, década tras década, ciclo económico tras ciclo
económico, desde comienzos de los 70.
Los años transcurridos desde que empezara el actual ciclo a comienzos de 2001
han sido los peores: en EEUU, el crecimiento del PIB y del empleo ha sido el
más lento desde fines de los años 40, y los salarios reales por hora trabajada
no han hecho, para el 80% de la población, sino retroceder al nivel de 1979.
El descenso del dinamismo de las economías capitalistas avanzadas arraiga en
una caída importante de la tasa de beneficios, caída causada por una tendencia
crónica a la sobrecapacidad en la industria manufacturera global que se
remonta a finales de los 60. Las reducidas tasas de beneficios han llevado,
desde los 70, a un continuo declive de la tasa de inversión como porción del
PIB, así como a paulatinas reducciones del crecimiento del stock de capital y
del empleo. Esa desaceleración de la acumulación de capital, sumada a la
presión granempresarial para restaurar sus tasas de retorno manteniendo bajos
los salarios, ha reducido la demanda agregada; una debilidad que viene a
constituir desde tiempos inveterados el principal obstáculo atravesado en el
camino del crecimiento de las economías avanzadas.
Los gobiernos, con el de los EEUU en cabeza, han emitido volúmenes cada vez
mayores de deuda, a través de canales cada vez más barrocos, para subsidiar el
poder de compra. En los 70 y en los 80 incurrieron en déficit cada vez más
grandes, a fin de sostener el crecimiento. Desde mediados de los 90, empero,
tuvieron que recurrir a formas más drásticas y más arriesgadas de estímulo
para contrarrestar la tendencia al estancamiento, substituyendo los déficit
públicos del keynesianismo tradicional por los déficit privados y la inflación
de activos, en lo que bien podría llamarse un keynesianismo de precios de
activos, o, con igual pertinencia, una política económica de la burbuja.
A despecho de sus protestas en contrario, fue Alan Greenspan, y nadie más,
quien lanzó el experimento macroeconómico que alimentó la gran carrera
especulativa de los mercados de valores a fines de los 90, tras el fracaso de
los intentos de la administración Clinton y de la UE por arrancar a la
economía de su dependencia del crédito mediante ajustes presupuestarios de
impronta neoliberal. Esos intentos naufragaron frente a las hondas recesiones
en Europa y en Japón, frente la recuperación sin creación de empleo en los
EEUU y frente a la crisis del peso mexicano. En la medida en que las
corporaciones empresariales y los hogares ricos comenzaron a disfrutar de su
creciente riqueza sobre el papel, se embarcaron en un aumento sin precedentes
de endeudamiento, lo que estuvo en la base de una potente expansión de la
inversión y del consumo, el malhadado boom de la “nueva economía”. Sin
embargo, el incremento de los precios de los valores, a despecho de unas tasas
de beneficio declinantes y de la escalada de sobrecapacidad resultante de una
inversión acelerada, provocó el crac y la recesión de 2000-2001.
Imperturbables, los bancos centrales recurrieron de nuevo a la inflación de
los precios de los activos. Reduciendo las tasas de interés real a corto plazo
a cero durante tres años, facilitaron una explosión del préstamo hipotecario
en el mercado inmobiliario que, a su vez, contribuyó a –e incentivó— que se
dispararan los precios de las viviendas. La riqueza inmobiliaria así inflada
permitió un incremento en el gasto de consumo, el cual, a su vez, dio fuelle a
la expansión. El consumo personal, sumado a la inversión en vivienda,
representó el 90-100% del crecimiento del PIB en los primeros 5 años del
presente ciclo. Sin embargo, el sólo sector de la vivienda es responsable del
crecimiento del PIB en más de un 40%, lo que contribuyó a obscurecer la
debilidad de la recuperación.
El incremento de la demanda resucitó a la economía. Pero, aunque los
consumidores hicieron su tarea, no puede decirse lo mismo del mundo de los
negocios, a pesar del incentivo que significaban unos préstamos inmobiliarios
sin precedentes. Centradas en restaurar sus tasas de beneficio, las grandes
empresas desencadenaron una brutal ofensiva contra los trabajadores.
Incrementaron el crecimiento de la productividad, no tanto con inversiones en
equipo, como por la vía del recorte del empleo y de obligar a los empleados a
cargar con los costes de los períodos de poca actividad. Mantuvieron bajos los
salarios, al tiempo que lograban exprimir más rendimiento de cada persona, lo
que les permitió apropiarse de una porción sin precedentes del incremento que
de ello resultó en el PIB no-financiero.
Las corporaciones empresariales no-financieras, así pues, aumentaron sus tasas
de beneficio significativamente, aun cuando ni siquiera a los niveles ya
rebajados de los 90. Pero al mantener en bajos niveles la creación de empleo,
la inversión y los salarios, mantuvieron bajo también el crecimiento de la
demanda agregada, socavando así su propio incentivo para expandirse. Lo que
hicieron, en cambio, en vez de aumentar la inversión y crear más empleo, fue
explotar las ventajas del crédito barato y dedicar una parte sin precedentes
de sus recursos a la recompra de sus propias acciones, a la financiación de
fusiones y adquisiciones de otras empresas y a pagar dividendos a los
accionistas.
Con ese trasfondo de debilidad de los fundamentos de la economía productiva
real, la crisis desencadenada por el colapso del mercado de hipotecas de alto
riesgo resulta extremadamente amenazante. Ben Bernanke –que sustituyó a
Greenspan como presidente de la Reserva federal de EEUU— tiene, pues, pocas
opciones, aparte de seguir rebajando el coste de los préstamos. La deflación
de la burbuja inmobiliaria desde 2005 –su momento culminante— venía ya
ejerciendo presión sobre el gasto del consumidor y sobre la construcción de
vivienda, un problema que no hará verosímilmente más que empeorar, a medida
que las ventas y los precios de las viviendas se desplomen. Además, a la vista
de la débil respuesta que han dado a uno de los paquetes de estímulos más
imponentes de la historia, difícilmente puede esperarse que las corporaciones
empresariales aflojen: de hecho, empezaron a reducir el crecimiento del empleo
antes incluso de que la crisis financiera estallara.
Hay, además, razones para dudar de la eficacia de los tipos reducidos de la
Fed. ¿Cómo habrían de lanzarse al consumo los consumidores, si los precios en
declive de sus viviendas inducen al ahorro, no al consumo? El boom estimulado
por el consumo parece destinado a su fin. ¿O acaso la bajada del dólar, que ha
de ir de consuno con los movimientos de la Fed, no forzará un alza en los
tipos de interés a largo plazo, con la consiguiente amenaza de rebajar los
precios de los activos y estorbar el crecimiento económico? ¿Cómo puede la
rebaja de costes de los préstamos reducir las masivas pérdidas en títulos
hipotecarios que tienen inexorablemente que resultar del maremoto de morosidad
que no ha hecho sino comenzar? No ofrece duda: se avecinan duros tiempos; el
final de la expansión puede venir acompañado de llanto y crujir de dientes.
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(*)Robert Brenner, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es director del
Center for Social Theory and Comparative History en la Universidad de
California-Los Ángeles. Es autor de The Boom and the Bubble (Verso, Londres,
2002), un libro imprescindible para entender la historia económica del último
medio siglo, el origen de la llamada "globalización" y la situación presente.
(Hay traducción de una primera versión de ese libro, publicada en Chile con el
título Turbulencias en la Economía Mundial --Lom, Santiago, 1999—,
desgraciadamente vertida a un castellano prácticamente ilegible.).
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