La posesión de hidrocarburos confiere poder geopolítico, como se aprecia en
dos narrativas diametralmente opuestas: la derrota humillante de EU en Irak le
impide controlar el oro negro regional, lo cual precipita su decadencia,
mientras Irán, sin disparar una sola bala, juega estupendamente la carta
petrolera-gasera que la ha proyectado como la potencia regional emergente en el
“Gran Medio Oriente”.
Mientras EU pierde su influencia en Medio Oriente, Irán seduce a grandes
actores del planeta, desde China, pasando por Suiza, hasta India, como reseña el
diplomático indio M K. Bhadrakumar (Asia Times, 6-5-08).
La política de sanciones de la Unión Europea (UE), azuzada por los
superhalcones de Estados Unidos, quedó en ridículo con el reciente acuerdo
gasero de un cuarto de siglo por 42 mil millones de dólares entre Irán y Suiza,
aunque ésta no forma parte de la UE, pero cuyo estatuto de neutralidad le
concede un peso simbólico frente a las huecas bravatas bélicas de Baby
Bush.
Bhadrakumar comenta que dicho acuerdo “reducirá la dependencia del abasto
energético europeo con Rusia”. Agrega que “Washington se encuentra probablemente
molesto”, y “amagó con cerrar sus secciones de negocios en Teherán y La Habana”.
El mismo gasoducto que abastecerá a Suiza en los próximos dos años puede muy
bien alimentar las necesidades energéticas de Austria, Alemania e Italia y
romper la cohesión de la UE y hasta del G-7.
En el neonato orden multipolar, la diversificación es tanto de los
consumidores como de los productores, y se detecta que Irán juega hábilmente la
carta gasera no solamente al este (ver Bajo la Lupa, 4-5-08), sino también al
oeste.
En este marco de referencia, cabe destacar la enésima visita desangelada de
Baby Bush a Medio Oriente, quien desesperado visitó Arabia Saudita por
segunda ocasión en el lapso de cuatro meses, con el intermezzo de otro
periplo de Dick Cheney al reino wahabita, con el fin de incitar, entre otros
temas, al incremento de la producción petrolera.
Stratfor (16-5-08), centro de pensamiento texano-israelí, rememora que los
“opositores políticos” en EU han criticado a Baby Bush, a quien acusan
de “suplicante”.
En esta ocasión, el ministro de petróleo saudí, Ali Naimi, anunció el
incremento de 300 mil barriles a partir de junio, lo que es calificado por
Stratfor de insignificante, pero muy significativo desde el punto de vista
simbólico: “los sauditas le han concedido a Bush algunos puntos políticos. Esto
lleva a preguntarnos qué ofreció a cambio Washington a Riad”.
Javier Blas y Andrew England, de The Financial Times (“Los sauditas
ceden a la presión de EU”, 16 y 17-5-08), festejan el “triunfo” de Bush cuando
el barril de oro negro había alcanzado casi 128 dólares. Exultan que el anuncio
saudita abatió el precio “casi 4 dólares” y pronostican que la medida será
imitada por Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos.
The Financial Times, portavoz del neoliberalismo global, no oculta
su pérfido deseo de balcanizar la Organización de Países Exportadores de
Petróleo (OPEP), y pone en relieve las primeras fracturas en su seno con el
rompimiento de filas por Ecuador, quien elevó unilateralmente su producción por
encima de su cuota. Financial Times también se da el lujo de amarrar
navajas entre los dos polos de la OPEP: a los sumisos a las políticas
anglosajonas los encomia de “moderados”, mientras fustiga a Irán y Venezuela de
“halcones”. ¿Quién lo dice? Nada menos que el periódico vocero del capitalismo
más radical: el fracasado neoliberalismo.
Considera también que la medida saudita se debió a las “súplicas” (sic) de
Bush para “obtener más petróleo y a las amenazas (sic) de senadores influyentes
de EU de detener la venta de armas por mil 400 millones de dólares a Arabia
Saudita”. Por fin, ¿”suplicaron” o “amenazaron”?
Los deseos de balcanización del Financial Times no se limitan al
petróleo e incitan al fratricidio teológico entre chiítas y sunnitas, que se
acaba de escenificar en Líbano, a lo cual atribuye la suavización petrolera del
rey Abdalá de Arabia Saudita. Cita a Adam Robinson, analista de energéticos del
banco de inversiones Lehman Brothers de Nueva York, quien sentencia que el
“incremento de la producción saudita seguramente no hará feliz a nadie en
Teherán y Caracas”.
A juicio del periódico neoliberal británico, “Irán ha llegado a sugerir que
la OPEP necesitaría recortar su producción, alegando que está almacenando hasta
20 millones de barriles de petróleo pesado de baja calidad –equivalentes a una
semana de importaciones de China– en depósitos flotantes en el Golfo Pérsico,
por falta de demanda de los consumidores”.
Es evidente que el Financial Times busca trasladar la batalla
teológica de Beirut –donde la milicia chiíta Hezbolá propinó una humillante
derrota a los sunnitas partidarios de Arabia Saudita– al campo petrolero, al
poner en relieve que el “poderoso ministro de petróleo saudita” adujo que el
incremento se debía a la “menor producción de otros países”, llegando a
tranquilizar que en el futuro, en caso de necesidad, su país no tiene objeción
en producir más.
Javier Blas y Andrew England no leen a los grandes analistas de su propio
periódico, como Martin Wolf, editor en jefe de la sección económica (13-5-08),
independientemente de su repelente fundamentalismo neoliberal, quien admite la
dimensión estructural de la grave crisis del petróleo, un “recurso limitado” en
acelerado declive.
A Estados Unidos le es muy dado buscar la paja ajena en los globos oculares
de sus competidores geoeconómicos, como China, cuando exhibe tremendas vigas en
sus dos córneas. La viciosa inculpación exorcista de sus adversarios no puede
ocultar el veredicto científico ni el de la opinión pública internacional: con
una población cinco veces menor y una posesión siete veces mayor de carros que
China, el gran culpable global de la crisis energética y alimentaria, y su
corolario de la devastación ambiental, es el vehículo (en el doble sentido de la
palabra, físico y figurativo) estadounidense.