ara empezar
quiero agradecer a IPPNW (siglas en inglés de Médicos Internacionales para la
Prevención de una Guerra Nuclear) su invitación para hablar en su XVIII
Congreso Mundial. Es un gran honor y les estoy muy agradecida ya que soy una
admiradora de su trabajo desde hace muchos años. Especialmente, me gustaría
dar las gracias a los doctores Arun Mitra y Christoph Kraemer que han sufrido
bastantes dificultades por mi culpa.
El tema sobre el que me habéis pedido que hable, "Globalización y Guerra",
es bastante amplio y será mejor que comencemos definiendo los términos para
que todos hablemos de lo mismo. "Globalización" es una palabra de la que se
abusa bastante, al igual que "desarrollo", y no significan mucho a no ser que
vayan acompañadas de un par de adjetivos y de alguna explicación. Mis
adjetivos y explicaciones serían los siguientes: "neoliberal", "liderada por
las corporaciones", "impulsada por los recursos financieros", o cualquier otra
cosa que evoque la fase actual en la que se encuentra el mundo del capitalismo
-la clase de capitalismo que otros han denominado como, turbo- o super- o
hiper-capitalismo.
La globalización está "liderada por las corporaciones", es el sistema que
permite a las empresas transnacionales y financieras invertir lo que ellas
quieran donde ellas quieran; producir lo que quieran; comprar y vender lo que
quieran, en cualquier lugar y con las mínimas restricciones posibles de las
leyes laborales, convenciones sociales y regulaciones medioambientales. Esta
definición no es mía, es la de un eminente hombre de negocios europeo. La
globalización también está impulsada por los recursos financieros: solamente
tenemos que fijarnos en el gran lío en el que se encuentran los mercados
financieros actuales y veremos cuanta libertad han tenido para operar.
Los funcionarios gubernamentales que supuestamente deberían regular estos
mercados ya no tienen ni idea de lo que está sucediendo. Recordemos también el
eslogan que Klaus Schwab plasmó este año en los fastos de Davos: " El poder de
la innovación colectiva". Bueno, las entidades financieras desde luego que han
estado innovando como locas y ahora, después de haber recogido enormes
beneficios, quieren que quienes pagamos los impuestos les saquemos del apuro,
como siempre. El Congreso de los EE.UU. está ahora mismo trabajando con sus
representantes para elaborar leyes que se ocupen precisamente de esto . Las
corporaciones y los bancos demandan la liberalización hasta que se encuentran
en apuros, en cuyo caso, por supuesto, la intervención del Estado está
justificada.
Como esta charla trata de la globalización y la guerra, aquí tenemos la
primera oportunidad de vincular a ambas. En un libro que acaba de publicarse,
The Three Trillion Dollar War, el economista, ganador del Premio Nóbel, Joseph
Stiglitz y su coautora Linda Bilmes, explican cómo el gasto estadounidense en
la guerra de Irak animó a Alan Greenspan y a la Reserva Federal a inundar la
economía americana con créditos baratos, creando la burbuja inmobiliaria, el
boom del consumo y el mayor déficit presupuestario de la historia. Tenemos la
oportunidad de ver como la guerra de Irak indirectamente ha llevado a cientos
de miles de familias estadounidenses a perder sus hogares.
A su manera y para aquellos que se encuentran al frente del sistema, la
globalización liderada por las corporaciones e impulsada por los recursos
financieros ha sido todo un éxito. Han conseguido exactamente lo que
pretendían. El objetivo final del capitalismo es conseguir el mayor beneficio
posible y aumentar el denominado "capital del accionista", así que, el
resultado, cuando tiene éxito es la transferencia sistemática de riqueza del
trabajo al capital. En la actualidad vivimos en lo que John Maynard Keynes
llamaba una "economía de rentas": en la que se hace dinero mientras se duerme
por el simple hecho de ser propietario de capital. Si lo medimos con su propio
rasero, el sistema marcha muy bien. Los beneficios de las corporaciones
transnacionales han alcanzado niveles record y los accionistas han estado
demandando, y recibiendo, rendimientos del 10, 15 y hasta del 20% al año,
como, por ejemplo, han estado entregando los bancos británicos, al menos hasta
este año. Los paraísos fiscales y las empresas offshore [empresas radicadas en
el exterior que no pagan impuestos, N. Del T.] cuidan de la riqueza de las
empresas y de los particulares ricos, tal y como demuestran los actuales
escándalos en Alemania y en otros países europeos.
El número de millonarios y billonarios, a los que ahora se han sumado
cuatro en India, ha ido aumentando progresivamente y en la actualidad hay
aproximadamente nueve millones y medio de personas, o lo que es lo mismo uno
de cada 700 habitantes del mundo, considerados por la agencia de correduría
Merrill Lynch, Individuos con Alto Patrimonio Neto, y entre todos poseen, en
fondos líquidos, unos 37 billones de dólares, un 37 seguido de 12 ceros. Esto
es aproximadamente tres veces el PIB de los EE.UU. o de Europa y más de doce
veces superior al PIB de la India. De manera que la globalización ha sido
extremadamente generosa con aquellos que se encuentran en la cima de nuestras
sociedades. También existen pruebas estadísticas de que la parte de valor
añadido acumulada en el capital está aumentando mientras que la parte del
trabajo baja -en Europa, el capital social ha aumentado en un 40% comparado
con el 25% de hace treinta años.
Los beneficios de la globalización para la gente normal han sido mucho más
problemáticos, particularmente en los países con un capitalismo más arraigado
que conozco. Las empresas ven dos grandes obstáculos para conseguir mayores
beneficios que son los costes laborales y los impuestos y en consecuencia, se
han concentrado en reducir ambos. Los despidos masivos son muy comunes. Los
trabajadores compiten entre ellos en todo el mundo. En la misma Europa, las
diferencias en los salarios están ya en una escala de uno a diez; en el mundo
en su totalidad es al menos de uno a treinta. Esto significa una caída en
picado para los trabajadores mientras los salarios, beneficios y las
condiciones de trabajo bajan. Dicha competencia afecta ahora no solo a la
producción industrial sino a cualquier trabajo que pueda hacerse desde un
ordenador. Yo les advertiría incluso a los indios, algunos de los cuales se
han beneficiado hasta ahora de estas tendencias, de que siempre hay alguien
dispuesto a trabajar por menos que tú-como los malayos e incluso los
indonesios han descubierto.
Los números también muestran grandes y crecientes desigualdades entre la
gente, dentro de un mismo país y entre países. Cuanto más neoliberal,
liberalizador y de libre mercado es un país, más grandes son las
desigualdades. Nadie discute estas crecientes disparidades: aquellos que
defienden la globalización neoliberal sostienen que eleva las perspectivas
para todos -una proposición bastante discutible cuando en el mundo hay mil
millones de personas que viven con un dólar al día y la mitad del mundo con
menos de dos dólares.
Además, todos sabemos que las empresas trasnacionales, las corporaciones
financieras y los individuos ricos contribuyen proporcionalmente cada vez
menos con sus impuestos al presupuesto nacional. Esto significa que la gente
normal, los consumidores y las empresas locales pagan más de lo que deberían.
Los gobiernos encuentran cada vez más dificultades para proveer de servicios a
su población porque sus ingresos están bajo una presión continua. En el plano
internacional los tratados se diseñan también para ser extremadamente
convenientes para las empresas. Por ejemplo, en el caso de los acuerdos
auspiciados por la Organización Mundial del Comercio, las miles de páginas que
contienen las normas se redactan con cuidado para proteger los intereses
financieros y empresariales pero nunca mencionan el trabajo, el medioambiente
o los derechos humanos. El nuevo Tratado de Lisboa para Europa, en proceso de
ratificación en los parlamentos, tiene 410 artículos en los que la palabra
"mercado" se utiliza 63 veces y "competencia" 25 veces, pero "progreso social"
solamente se menciona tres veces, "empleo total" una y "desempleo" ninguna.
Los Marxistas colocan en el centro de su discurso la explotación en el
trabajo. Esa podía ser la situación en el siglo diecinueve, pero en la
actualidad yo diría que ahora están desorientados. Hoy en día es casi un
privilegio que te exploten. El problema real es que la globalización se lleva
lo mejor y deja el resto. Por supuesto que explota, pero por encima de todo,
excluye. Debemos enfrentarnos a los hechos por mucho que lo lamentemos Hay
enormes regiones que tienen poco o ningún interés para los promotores de la
globalización . La globalización actual no está interesada ni en los cientos
de miles de personas que no producen dentro del sistema de mercado o que
consumen tan poco que apenas cuentan. Sobre todo, deberíamos dejar de pedir al
"mercado" que solucione nuestros problemas sociales. Los mercados pueden y
facilitan servicios muy valiosos en algunas áreas pero los servicios sociales
no se encuentran entre ellos.
Una persona bastante famosa escribió lo siguiente: "-Todo para nosotros y
nada para los demás- parece haber sido la infame máxima de los amos de la
humanidad en cualquier época de la historia". Esta no es una observación de
Maquiavelo o de Karl Marx sino de Adam Smith. Creo que debemos creer en las
palabras de este teórico del capitalismo cuando nos explica cómo es previsible
que se comporten los amos capitalistas de la humanidad, es decir hoy en día la
clase de gente que se reúne en Davos. Puede que sean individuos amables y
generosos, pero como clase social, siempre cumplirán la ley de Smith. El
debate real sobre la globalización no es entonces sobre si el fenómeno es
"bueno" o "malo" porque la globalización es un hecho y no una opción. El
debate real, en mi opinión, debería preocuparse sobre lo que hay en el mercado
y lo que no hay, qué es comercializable y qué no lo es. ¿Debería estar el agua
sujeta a las leyes del mercado? ¿la salud? ¿la educación? ¿los servicios
públicos? ¿los alimentos básicos? ¿la energía?
Antes de intentar abordar estas cuestiones, por favor, déjenme hacer
hincapié en que el sistema que he estado describiendo, a pesar de los grandes
beneficios que ha proporcionado a algunos, está en crisis. Recibió un gran
empujón al final de la Guerra Fría, cuando se abrieron todos los rincones del
planeta a las fuerzas del capital internacional, pero ahora en encuentra en un
verdadero aprieto. Las instituciones financieras internacionales como el Banco
Mundial y el Fondo Monetario Internacional que solían allanar el camino hacia
las grandes privatizaciones y orientaban hacia el mercado universal tienen
muchísimo menos peso ahora que el que tenían hace una década. El Fondo está
despidiendo a personal. La Organización Mundial del Comercio lleva estancada
casi tres años. Ya he mencionado los problemas del sistema financiero y su
incipiente recesión, que se extenderá desde su epicentro en los Estados Unidos
al resto del mundo. El precio del petróleo, de los minerales y de los
alimentos básicos han alcanzado su cota más alta de todos los tiempos y por
eso la inflación también es un riesgo.
¿Qué relación tienen todos estos aspectos del sistema económico mundial
actual con la guerra y la violencia? De nuevo, por favor, déjenme definir
términos: mi definición de un conflicto grave será el que utilizan varias
instituciones de investigación para la paz: el que causa mil o más victimas
mortales debido a un conflicto armado. No solo estamos hablando de estados
atacantes sino también de guerras civiles, ataques terroristas y demás.
También quiero exponer, quizá de manera poco convencional, que hay otros
nuevos determinantes de violencia que son cada vez más comunes, como es el
stress medioambiental que ya está contribuyendo a un aumento del desorden y
del número de muertes.
IPPNW se fundó hace un cuarto de siglo en el marco de la Guerra Fría y la
carrera de armas nucleares de las superpotencias. Así que puede que a algunos
de vosotros os parezca una herejía decir que aquellos tiempos, aunque bastante
terroríficos a su manera, también aportaron una cierta estabilidad. Para las
superpotencias cualquier lugar en la Tierra podía considerarse importante
porque cualquier lugar podía convertirse en una base, o un peón estratégico
para la otra parte. En la actualidad la situación ha cambiado radicalmente.
Hay muchísimos lugares sobre los que no merece la pena preocuparse; están
llenos de perdedores, de excluidos, cientos de millones de personas
considerados como basura, desechables y prescindibles. También hay unos
cuantos Estados perdedores. Nosotros, al otro lado de la valla los llamamos
Estados fracasados o canallas.
Déjenme comenzar con los perdedores individuales y su relación con el
conflicto. Dichas personas y grupos son mucho más conscientes de la situación
en la que se encuentran que antes. Muchos estudios han demostrado que el
sentido de injusticia está menos relacionado con el nivel adquisitivo absoluto
y la situación social que con la comparación con los otros. Las desigualdades
son cada vez más visibles en todos los sitios. Muchos ciudadanos europeos
están siendo testigos de los escándalos de los paraísos fiscales; muchos
ciudadanos estadounidenses están siendo arrojados de sus hogares que ya no
pueden pagar y pueden ver que hay grandes ganadores y grandes perdedores.
Incluso en las sociedades más pobres, casi todo el mundo tiene al menos algún
acceso a la televisión; la mitad de la raza humana vive ahora en ciudades,
muchos de ellos en barrios de chabolas. El resentimiento está creciendo. La
gente no se pregunta qué pueden haber hecho mal, sino "¿quién nos ha hecho
esto?". Como normalmente no tienen acceso a la gente que ven por la
televisión, se toman la revancha con sus vecinos que pertenecen a grupos
étnicos distintos, tal y como hemos visto hace poco en Kenia. No se necesitan
armas nucleares, los machetes y los enfrentamientos son suficientes para
asesinar a miles, o a cientos de miles. Todos estos conflictos tienen unas
raíces económicas.
El libre mercado, como base de la globalización neoliberal, también tiene
su precio. Una de sus consecuencias, la inmigración ilegal, tiene como
resultado asimismo un incalculable número de muertes. El NAFTA, acuerdo de
libre mercado entre EE.UU., Canadá y Méjico ha causado la ruina de cientos de
miles de pequeños granjeros pobres mejicanos incapaces de competir contra el
maíz barato que fluye al país desde EE.UU. Muchos de ellos están intentando
entrar en los Estados Unidos, al igual que los africanos que corren enormes
riesgos para alcanzar Europa o los bengalíes para entrar en la India; lo que
da lugar a más inestabilidad y amplia el ámbito para los conflictos. A menudo
son políticas europeas y estadounidenses las que cierran todas las posibles
salidas económicas a la gente, exceptuando la inmigración. Aún así, la
respuesta es siempre utilizar el ejército, la policía y otras medidas de
seguridad, nunca la negociación o un cambio en las políticas.
Como si esto no fuese suficiente, el planeta, el medioambiente también está
en crisis. Ya somos conscientes de que el cambio climático está generando
enormes flujos de refugiados. Mientras su número sigue creciendo ¿qué harán
nuestros gobiernos? ¿cerrarles la puerta? ¿bombardearles? ¿decirles que se
suiciden?, no trato de ser sarcástica, solamente intento ser realista porque
veo que no se han hecho los planes necesarios ante esta crisis que sabemos nos
amenaza y las migraciones masivas que forman parte de ella.
La relación entre conflicto y crisis de agua está más clara que el agua
misma. La presión sobre el agua y su escasez están aumentando debido a la
mortífera combinación entre el crecimiento de la población, aumento del
calentamiento global causado por el hombre, por el control y el uso
corporativo del agua, la contaminación, etc. En este contexto, la lucha por el
control de los recursos medioambientales es extremadamente grave.
En 1991, el entonces Secretario General de las Naciones Unidas, Boutros
Boutros Ghali, avisó que las próximas guerras no serían por el control del
petróleo sino por el control del agua. En 2008, el actual Secretario General,
Ban Ki-moon, primero avisó públicamente en Davos y luego en la Asamblea
General de la ONU que las guerras por el agua ya existían. Hizo especial
hincapié en la crisis en Kenia, el Chad y especialmente en Darfur, a la que
algunos han comenzado a denominar como "la primera guerra del cambio
climático" . El Comité del Premio Nóbel de la Paz dio un paso espectacular al
reconocer la relación entre daños ecológicos y guerra y el riesgo de guerras
medioambientales al conceder el premio de 2007 a Al Gore y al Panel Inter-Gubernamental
sobre el Cambio Climático.
Mack Levy, un investigador de la Universidad de Columbia, está trabajando
para establecer científicamente la relación entre el agua y los conflictos.
Trabaja con el Grupo de Crisis Internacional y esta cotejando bases de datos
de guerras civiles y de disponibilidad de agua, mostrando que "cuando el
volumen de lluvias baja de la media normal, el riesgo de que un conflicto de
baja intensidad se convierta en una guerra civil casi se duplica en un año ".
Entre otros casos, cita zonas de Nepal donde hubo violentos enfrentamientos
durante la insurgencia Maoísta después de graves sequías; sin embargo no se
produjeron enfrentamientos en otras partes de Nepal donde no hubo sequía. Los
estudios de Levy también indican que las sequías causan escasez de alimentos y
alientan la ira contra el gobierno. En dichos casos, grupos armados "semi
retirados" a menudo vuelven a resurgir y reinician de nuevo la lucha.
El Grupo de Crisis Internacional ha situado 70 conflictos armados en su
"lista de observación" y Levy está en proceso de recopilación de datos sobre
el volumen de lluvias para todos ellos para ver si existen pruebas que puedan
ayudar a predecir el aumento de conflictos. Su enfoque ayudará, sin lugar a
dudas, a localizar lugares donde haya más posibilidades de guerra y, aunque
queda mucho para completar el trabajo, los datos apoyan el descubrimiento de
que para las guerras civiles, "las sequías graves y prolongadas son el
indicador más sólido de un conflicto de alta intensidad". "Me sorprendió lo
marcada que es esa correlación" añade Levy.
Los estrategas militares también están sumamente interesados en la
probabilidad de las guerras por el agua. Un catedrático de Estrategia Militar
Política del US Army War College ha publicado un largo y erudito artículo
titulado "La Importancia Estratégica del Agua" en el que indica que de los 20
sistemas fluviales más grandes del mundo, 150 están compartidos por dos
naciones y el 50 restante están compartidos por entre tres y diez naciones [1].
Como todos sabemos, Oriente Medio es especialmente delicado y tres ríos, el
Nilo, el Tigris - Eufrates y el Jordán están en el centro de los conflictos
actuales y futuros. El ex presidente de Turquía, Sr. Demirel ha
dicho:"Nosotros no le pedimos a Siria ni a Irak que compartan su petróleo.
¿Por qué iban a pedirnos ellos que compartamos nuestro agua? Podemos hacer lo
que queramos." El río Jordán es una pieza clave del dilema
Israel-Jordania-Siria-Líbano-Palestina. Gracias al territorio que conquistó en
la guerra de 1967, Israel tiene el control del agua restringiendo a los
palestinos su acceso a ella. Como dijo un observador militar, "los estrategas
israelíes siempre consideran el control de los recursos de agua como un factor
crítico, lo que hace necesario, al menos desde su punto de vista, la
apropiación de al menos parte de los territorios árabes ocupados." En cuanto
al Nilo, nueve estados comparten sus aguas y Egipto es el último río abajo.
Egipto ha dejado bastante claro que está dispuesto a entrar en guerra contra
cualquiera de los ocho países situados río arriba para conservar su acceso al
Nilo, del que depende para abastecerse en un 97% de sus necesidades de agua.
Como esta audiencia sabrá mejor que nadie, el Indo es un elemento del
conflicto entre India y Pakistán, y el Ganges juega el mismo papel en las
relaciones entre India y Bangla Desh. La combinación entre escasez de agua y
armas nucleares no ayuda a tranquilizar las mentes de los estrategas militares
en esas regiones o en cualquier lugar del mundo. Me gustaría añadir aquí que
uno de los mejores argumentos contra los reactores nucleares, además de sus
peligros inherentes y el problema aún sin solucionar de los residuos
radioactivos, es la enorme cantidad de agua que necesitan para ser
funcionales. Los reactores nucleares son los principales consumidores
industriales de agua y en un país con problemas de abastecimiento como es la
India, es muy posible que las autoridades se enfrenten a la terrible elección
de desviar miles de metros cúbicos de agua de las comunidades locales o cerrar
los reactores. Después del proceso de refrigeración, el agua se devuelve al
medio ambiente pero a una temperatura mucho más alta, lo que puede dañar
terriblemente los ecosistemas locales.
Incluso si reconocemos, y lo deberíamos hacer, que los sucesos complejos
como los conflictos nunca pueden tener una sola causa, no hay ninguna duda de
que el agua será un factor agravante, ya que está íntimamente conectada con
otras necesidades nacionales vitales como son los alimentos. Varios factores
achacables a la globalización han originado que los precios del grano suban
peligrosamente, dejando a los países pobres expuestos a la escasez e
introduciendo otro común denominador de conflictos.
Se podría entrar en más detalle sobre estas crisis, pero es importante
señalar que mundialmente, estas diferentes crisis sistemáticas - de la
economía, de las enormes desigualdades, del medioambiente, de la inmigración,
de escasez de recursos, de los denominados "Estados fracasados", etc... -
todos ellas aumentan el peligro de una respuesta militar. En el mundo pobre,
los pobres lucharán principalmente contra los pobres ya que el sistema de
exclusión y los desastres medioambientales crean cada vez más luchas por la
simple supervivencia. Los más pobres viven en las zonas más amenazadas; las
elites se las arreglan cada vez mejor para crear sus propios enclaves y
fortalezas, pero estas no les protegerán siempre. Para evitar su caída,
emplearán cada vez más el control militar contra las poblaciones consideradas
peligrosas, superfluas o irrelevantes.
Tampoco se pueden encontrar motivos para el optimismo a nivel mundial. Los
Estados Unidos, al perder su influencia en otras áreas y con su economía
debilitada, dependerán cada vez más de su incuestionable dominio militar,
volviéndose incluso más peligroso de lo que es ahora. El aumento actual de la
red de bases militares estadounidenses en el extranjero es un factor clave de
esta estrategia. Los acuerdos multilaterales estarán cada vez más desmembrados
ya que incluso los socios de la OTAN, por ejemplo, se niegan a participar en
las denominadas "coaliciones de buena voluntad". Ya mismo, estas coaliciones
están siendo reemplazadas por las "coaliciones de los coaccionados" o
simplemente por mercenarios, como se hace en Irak. Las próximas elecciones en
EE.UU. son críticas: recuerden que John McCain es nieto e hijo de comandantes
militares y él mismo es un marine. Ante una crisis, es difícil que su primer
instinto sea utilizar la diplomacia y las negociaciones.
Ya es hora de concluir y de preguntarse si y cómo podemos salir de la
crisis en la que nos encontramos. Nos enfrentamos a la cuestión moral más
antigua del mundo ya sea para entidades religiosas o políticas seculares, para
movimientos sociales y organizaciones sociales cívicas. ¿Cuál es la deuda de
los ricos con los pobres, de los afortunados con los menos afortunados, de los
que tienen una educación con los que no la tienen, de los sanos con los
enfermos? ¿Estas obligaciones, si existen, son aplicables solamente en
nuestras propias sociedades, en nuestros propios países o son para todos en
todas las partes del mundo? La clase de globalización que elijamos -y os
aseguro que existe una elección y no un destino que tengamos que aceptar -
determinará si hay guerra o paz. En mi opinión, no puede haber paz sin
justicia.
La otra gran cuestión está relacionada con las leyes y regulaciones que
deberíamos exigir, por nuestro propio interés, para mantener al mercado bajo
control y para proteger al planeta de su destrucción. ¿Cómo podemos
asegurarnos de que dichas leyes se ponen en práctica, especialmente en el
plano internacional donde no existe la maquinaria democrática? Si no contamos
con leyes ejecutables y normas vinculantes, la máxima infame de "todo para
nosotros y nada para los demás" seguirá predominando, tanto a nivel nacional
como internacional. En particular, necesitamos normas que obliguen a las
sociedades a compartir, y si creemos a Adam Smith, esto no sucederá de manera
espontánea. Lo que significa que necesitamos impuestos, incluso impuestos
internacionales, para promover el bienestar individual, la cohesión social, y
-el tema que nos ha traído a todos a este Congreso del IPPNW- la paz.
Para terminar, déjenme agradecer de nuevo a IPPNW que me hayan invitado a
hablar aquí, no sólo porque sea un honor personal sino porque también
considero esta invitación como un signo de reconocimiento por parte de su
organización de que el movimiento para la paz y el movimiento que ha venido a
llamarse "antiglobalización" o de "justicia global" han unido sus fuerzas. Veo
su gesto al invitar a alguien que ha participado en el movimiento para la
justicia global desde sus comienzos, como visionario. Hasta ahora, por ambas
partes, no hemos sabido crear los vínculos necesarios entre los movimientos
para la paz y para la justicia global, ni en la teoría ni en la práctica.
El día 15 de febrero de 2003 fue un magnifico día que hizo historia, cuando
por todo el mundo millones de personas salieron a protestar contra la invasión
de Irak, pero no supimos mantenernos unidos y luchar juntos durante más
tiempo. El gran impulso de ese día se perdió de alguna manera. Cuando nos
acercamos al quinto aniversario de esa guerra terrible, cuyas desastrosas
consecuencias resonarán por todo el mundo durante muchos años, reconozcamos
concretamente que nuestros movimientos tendrán éxito si permanecen juntos, o
fracasarán si se separan. El fracaso es inconcebible, nos jugamos demasiado.
Debemos elegir el éxito, nos debemos elegir el uno al otro.
Gracias.