Ahora en Charleston, West Virginia, la mayoría de los simpatizantes de Clinton
aún estaban haciendo fila fuera del Civic Center, cuando el resultado se anunció
en las agencias noticiosas estadounidenses.
Si la victoria de la semana pasada fue un chirrido, la de esta semana fue todo
un estruendo: una victoria de dos a uno sobre Barack Obama en un estado en el
que -como la senadora Clinton estuvo recordando con frecuencia a sus seguidores-
ningún candidato demócrata que haya ganado la Casa Blanca ha perdido en casi un
siglo. Y eso incluye, por supuesto, a su esposo, Bill.
En su discurso victorioso el tono fue más desafiante que el que mostró en
Indianápolis, la semana pasada.
Parada sola en el estrado, Clinton usó el tipo de metáforas que podrían
esperarse en un estado montañoso. La gente de West Virginia, dijo, sabe de "los
duros caminos que llevan a lo más alto de la montaña".
Los que dicen no
Y dejó clara su intención de seguir en la contienda de las primarias hasta que
el último voto se decida, no sólo porque se lo debe a sus millones de seguidores
en todo el país, sino, más importante, porque todavía cree que posee la
candidatura más fuerte, y la que, entre los demócratas, está mejor posicionada
para ganar los estados cruciales en la elección general de noviembre.
Al criticar a quienes llamó "los expertos y a los que dicen no", que habían
pronunciado la muerte de su campaña después de los resultados de la semana
pasada, estaba dirigiendo sus comentarios, aparentemente de manera más explícita
que antes, a aquellos superdelegados no comprometidos, los funcionarios del
partido cuyo voto decidirá la nominación.
Los llamó a ejercitar su "tremenda responsabilidad" cuidadosamente, para sopesar
cuál de los dos candidatos estaba mejor preparado para ganar la elección
general.
¿Puede Clinton convencer a suficientes de estos superdelegados para que la
apoyen públicamente, o incluso para que dejen el campo de Barack Obama?
Sus victorias en las recientes primarias en Ohio, Pensilvania e Indiana no han
logrado ese objetivo, y ése, como admitió su jefe de campaña, Terry McCauliffe,
es su único camino realista hacia la victoria.
Superapoyo
De hecho, Clinton ha seguido perdiendo el apoyo de esos superdelegados cruciales
en las últimas semanas. Esto ha llevado a algunas figuras supuestamente
neutrales en el partido a comenzar a referirse a Barack Obama como el demócrata
"probable nominado".
Pero West Virginia suministró un buen ejemplo de uno de los obstáculos que el
senador de Illinois enfrentará si deja de ser el casi presunto nominado de su
partido y se convierte en su candidato oficial.
En el pueblo minero de Logan, donde la senadora Clinton realizó una de sus
últimas paradas de campaña antes del día de la elección, votantes demócratas
expresaron abiertamente su desgana para votar por un afro-americano.
Varios dicen que, si Hillary Clinton pierde las primarias, podrían cambiar su
preferencia hacia el candidato republicano John McCain.
Las encuestas a boca de urna parecen confirmar esa tendencia. Alrededor de un
quinto de los votantes demócratas en el estado, predominantemente blancos,
admitieron que el tema de la raza ha jugado un papel en su elección de
candidato. Casi en ningún otro estado se había registrado una cifra más alta.
Por supuesto, es difícil decir cuántos de esos votantes realmente romperán con
las tradiciones demócratas de generaciones y favorecerán a McCain en noviembre,
pero es seguro asumir que algunos lo harán.
Entre ellos, supongo, estarán Hale, una mujer de 77 años, quien me dijo en Logan
que no le gustaba la "fe musulmana" de Obama, y Eugene, quien mencionó
casualmente, mientras se sentaba en la peluquería, que su padre no quería negros
en su casa, y menos en la Casa Blanca.