|
(IAR Noticias) 04-Mayo-08
|
 |
|
Ben Bernanke, presidente de la Reserva
Federal de EEUU |
Las medidas de la Reserva Federal dieron cierto alivio a los grandes
jugadores de Wall Street, pero no logran aplacar los temores por las
perspectivas recesivas.
Por Oscar Raúl Cardoso - Clarín
Dos analistas no pudieron ponerse de acuerdo esta semana sobre si la
vapuleada economía estadounidense había cambiado su trayectoria hacia un lugar
mejor o si apenas había moderado el paso con el que en los últimos meses
pareció irse con seguridad al demonio. Los diagnósticos de economistas y
otros expertos fueron tan contrapuestos como las señales que dio la propia
economía.
Sin duda la voz más prístina en su optimismo fue la del secretario del Tesoro
Henry Paulson Jr. quien aseguró: "estamos más cerca del final del problema
que de su inicio", aludiendo a la crisis financiera que se originó a partir
del colapso de los mercados inmobiliario e hipotecario y que, además, se ha
extendido —como epidemia que quiere transformarse en pandemia— al conjunto de la
economía global.
A diferencia de las pasadas semanas, en los últimos días hubo sí algunos
síntomas de alivio, sino en la economía propiamente dicha al menos en la forma
de comportarse de sus agentes. Wall Street, donde anidan los optimistas, tuvo
un aumento del 11% en los valores cotizados en bolsa y hasta los bonos de
deuda corporativa y las temidas hipotecas escalaron algo.
El dólar se fortaleció contra el euro y una cesta más amplia de monedas y hasta
el barril de petróleo dio un respiro; redujo su precio durante tres días
consecutivos, aunque no fueron grandes rebajas. La Organización de Países
Petroleros (OPEP) sigue calculando un valor de unos 200 dólares el barril
para antes de fin de año.
La Reserva Federal volvió a cortar su tasa de interés otro 0.25% (está ahora en
2 puntos) aunque su titular, Ben Bernanke, sugirió que esta herramienta de
abaratar el dinero estaba a punto de agotarse. Quizá la sugerencia sea el
resultado de información que manejan los directores de la Reserva y que les
permite esperar un horizonte mejor. Las voces que dicen que esta visión es la
forma que tienen los optimistas de engañarse y, sobre todo, de no adoptar las
difíciles decisiones necesarias. Las cosas se pondrán mucho peor antes de
mejorar algo, insisten.
Puede que tengan algo de razón. Las buenas sensaciones se concentraron en los
grandes jugadores de la economía. El salvataje de Bear & Stearns les dio la
tranquilidad mínima necesaria para volver a la especulación para intentar
medrar. Después de todo, si el dinero público rescató a un banco sin
depositantes como B&S —era banca de inversión— toda otra institución estaba
potencialmente cubierta.
La caída de dólar en los últimos meses volvió e hizo más competitivos los
productos estadounidenses en el extranjero —excepción hecha de los
commodities alimenticios— y los grandes exportadores de Estados Unidos esperan
mostrar buenos balances.
Wall Street tiene tradición de ver el futuro bajo la mejor luz si sus
protagonistas anticipan protección. Hace un año cuando varias firmas del mercado
hipotecario quebraron, las promesas tranquilizadoras de Paulson y Bernanke
hicieron que los mercados batieran el récord de alzas. Pero el entusiasmo
fue breve y volvió el desplome. Ahora bien, cabe notar aquí que el optimismo
estuvo limitado a los grandes jugadores de la economía. Más abajo las corrientes
siguieron yendo en sentido contrario. Los consumidores están alejándose del
gasto como del fuego y mucho de lo que aun se produce y vende en el país está
yendo a los inventarios, no a compradores, lo que no augura bien para los meses
futuros.
La situación no es demasiado diferente en Europa. En abril pasado el Indice de
Confianza de las Empresas Belgas —aceptado generalmente como indicador confiable
del conjunto europeo— mostró la mayor declinación en sus 28 años de historia.
Otra vez en Estados Unidos este viernes el Departamento de Trabajo dio a conocer
las últimas estadísticas de empleo según las cuales el país perdió 20.000
puestos de trabajo que, sumados a los que se evaporaron en meses anteriores
configuran lo que los economistas llaman un "claro caso de recesión" económica.
En la mitad menos favorecida de la pirámide social estadounidense están
golpeando el desempleo, los mayores valores de los alimentos, del combustible
y la sensación de que nadie con poder tiene en mente protegerlos como a B&S.
¿Cuán seria es la situación? Lo suficiente para que varios legisladores y
dirigentes sociales estén reclamando a Washington un aumento de las partidas
para la asistencia alimentaria a los más pobres y para que dos grandes
cadenas minoristas —Wall Mart es una de ellas— hayan decidido limitar la
cantidad de arroz que vende a cada cliente.
Es importante establecer un patrón aquí. Mientras se desarrolla una potencial
crisis alimentaria hay que notar que, al menos dos de las firmas que controlan
el mercado de cereales, Cargill y Monsanto muestran generosos aumentos de sus
balances.
Parece ser este el dilema que el académico Phlip Bobbitt describe en su reciente
libro Terrorismo y Consentimiento - Las guerras del Siglo XXI: la
transformación del estado tradicional que conocemos desde la Paz de Westfalia en
el nuevo "estado mercado" que establece una relación con sus súbditos como la de
una corporación con sus clientes. Quiere disminuirse, privatizar y terciarizar y
abdicar de sus responsabilidades históricas (alimento, salud, educación, etc.).
Claro que esto de olvidar a la gente tiene su precio; Bobbitt dice que el
enemigo por excelencia del "estado mercado" es el terrorismo. |