Lo
relevante de la confesión de RH no radica en su propuesta, muy discutible para
el presente y el futuro, sino en la admisión del fin de la unipolaridad, que
había ejercido ese país de manera impúdica. RH había adelantado sus exequias
unipolares en The Financial Times (16/4/08): “la era unipolar, una
época de dominio estadounidense sin precedente, se acabó”.
Quien no se consuela del fin de la hegemonía
estadounidense es el centro de
pensamiento texano-israelí Stratfor –de menor estatura y alcances que el CFR–,
el cual todavía no se entera del deterioro global de Estados Unidos en todos los
rubros de su desempeño y suele alucinar sobre la invulnerabilidad eterna del
poder militar de la otrora superpotencia unipolar y su prodigiosa tecnología.
En ese tenor, Stratfor, que se ha equivocado demasiado en fechas recientes
debido a su obsesivo dogmatismo unilateralista, que nutre las alucinaciones
geopolíticas de la principales trasnacionales estadunidenses de Wall Street, se
quita las máscaras y da a entender que nos encontramos ante una verdadera guerra
alimentaria (ver Bajo la Lupa, 16 y 23/4/08), en la que saldrán como
“vencedores” Estados Unidos y la Unión Europea (UE), los supremos acaparadores
de alimentos a escala global y quienes someterán finalmente a las rebeldes
naciones de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), cuyo
talón de Aquiles son justamente los alimentos (“La importancia geopolítica de
las materias primas”, 24/4/08): “los eventos de las pasadas semanas pueden ser
profundamente desestabilizadores para el sistema geopolítico, ya que pueden
causar no solamente inestabilidad interna, sino potencialmente cambios en el
equilibrio del poder”.
Brett Arends, columnista de The Wall Street Journal (21/4/08),
reclama que “ya es tiempo de que los estadounidenses comiencen a almacenar
alimentos”, mientras Wal-Mart y Costco limitan la venta de arroz, que ha
alcanzado precios demenciales (Breitbart.com 23/4/08).
Si no estamos ya en una “guerra alimentaria”, que no se atreve a pronunciar
su nombre, entonces, ¿cómo llamar a la serie de tales eventos que acontecen en
los “mercados” sin el menor sustento económico?
Stratfor enuncia la verdad de Perogrullo, que intentaron sepultar los
neoliberales mediante sus apuestas financieras: “las materias primas son la
madre de todos los mercados globales. Representan activos estratégicos, desde el
punto de vista geopolítico, puesto que la fábrica entera del sistema
internacional puede ser reconfigurada por el costo y la asequibilidad a la
energía, los metales y los alimentos”.
Los hidrocarburos y los metales, como el cobre y el aluminio, se han
disparado desde el segundo trimestre de 2004, pero también han sido alcanzados
desde el año pasado, en su espiral ascendente, por los alimentos maíz, trigo,
arroz y soya.
La tesis nodal de Stratfor es que “los alimentos se comercian de manera
diferente a otras materias primas”, en particular a los hidrocarburos: “el
precio de los alimentos es más fundamental para la estabilidad política que el
precio del petróleo”. Cuando se interrumpe el abasto de los alimentos, “las
poblaciones sufren hambrunas y luego se rebelan –entonces, los gobiernos se
encuentran sacudidos en sus entrañas”.
En esta crítica coyuntura de desplome financiero global, ¿conviene a Estados
Unidos y a la Unión Europea, principales exportadores y acaparadores de granos
del planeta, desestabilizar a sus triunfantes competidores geoeconómicos
mediante la ominosa arma alimentaria?
Stratfor no emite la más mínima compunción sobre los afectados del planeta
por la guerra alimentaria y parece refocilarse con los resultados: “en granos,
los vencedores son Estados Unidos y Europa”, que podrían “definir juntos una
política alimentaria común”, mediante la creación del equivalente a la “OPEP de
los granos y otros productos alimenticios”.
En similitud con la fase final de la guerra fría, cuando la URSS se
vio obligada a negociar la importación de trigo con Estados Unidos, lo cual
significó el inicio de su ocaso, ahora también la dupla EU-UE puede variar
dramáticamente el equilibrio del poder mundial: “en la situación presente, los
alimentos son oligopolistas y se encuentran controlados por manos fuertes (sic),
países que producen y retienen granos sin provocar a sus poblaciones estrés
indebido”. ¡Ni más ni menos que la guerra alimentaria!
Sin contar el futuro control alimentario por las trasnacionales anglosajonas
sobre los organismos genéticamente modificados, que significaría la mayor
esclavitud jamás vivida por el género humano mediante la bioingeniería
alimenticia, el centro de pensamiento texano-israelí maneja los alimentos
convencionales como instrumentos de poder: “cuando los precios se encuentran
elevados y los mercados interrumpidos, cualquiera (sic) que mantenga superávits
vendibles puede hacer algo más que acumular dinero. Puede redefinir el
equilibrio del poder global, cosa que el petróleo nunca ha hecho”.
Así las cosas, Estados Unidos y Europa dispondrían de una “influencia masiva
global”, en particular “sobre varios países productores de petróleo, que
pensaban disponer de todas las cartas hasta ahora”. Pese a la “manía del etanol”
(se calcula que en 2010, 30 por ciento de cosechas de Estados Unidos servirán
para biocombustibles), esa nación posee un superávit con capacidad susceptible
para doblegar a los “países carentes de alimentos”. ¡Dios Santo!
En la reformulación de un neomalthusianismo radical y vertical, Stratfor
aduce que estadounidenses y europeos “no padecerán hambrunas (sic), y sus
ingresos disponibles los hacen mejor capacitados para manejar los choques de los
precios que los ciudadanos del mundo en vías de desarrollo”. ¡Que se mueran los
feos!
En síntesis, a juicio de Stratfor, la carta vencedora de la geopolítica son
los alimentos y no el petróleo.
A nuestro juicio son los dos, más los “fondos soberanos de riqueza” –que
detentan Rusia, India y China, la OPEP y algunas potencias mercantiles
sudasiáticas–, menos la colosal deuda anglosajona, entre otros factores
geopolíticos relevantes (v.gr desenlace de la debacle militar de
Estados Unidos en Irak y su empantanamiento en Afganistán). Como se nota, el
mundo es mucho más complejo que el unilateralismo muy primitivo de Stratfor. De
todas formas, la “guerra alimentaria” anglosajona ya está causando daño
considerable.