Esa es la pregunta que se hacen muchos analistas
en Estados Unidos, en especial tras la esperada reunión de esta
semana en que los servicios de inteligencia informaron al Congreso
legislativo de la presunta colaboración de Corea del Norte en la
supuesta construcción de un "reactor nuclear secreto" en Siria.
La planta habría sido destruida en una incursión de aviones de
combate israelíes en septiembre de 2007.
Varios acontecimientos indican que los "halcones", como son
identificados los partidarios de una política exterior belicista y
unilateral que en 2001 lograron incluir a Irán en el "eje del mal"
junto a Corea del Norte e Iraq, aún existentes en el gobierno de
Bush, presionan por un último enfrentamiento contra uno, o más,
integrantes de ese grupo.
El momento elegido para divulgar la información y el contenido de la
misma es interpretado por observadores como un intento deliberado
por tensar la relación entre Washington, por un lado, y Pyongyang y
Damasco, por otro.
El intento pretende desbaratar las prolongadas negociaciones entre
el Departamento de Estado (cancillería) de Estados Unidos y Corea
del Norte y por un acuerdo de paz entre Israel y Siria, con
mediación de Turquía.
La información de que el vicepresidente de Estados Unidos, Dick
Cheney, empujó la realización el jueves de la reunión informativa
con el Congreso alimentó las especulaciones acerca de que los
halcones se preparan para una gran movida, que revierta el enfoque
diplomático que caracterizó el segundo mandato de Bush.
Además, desde hace tiempo se sabe que Cheney es contrario a negociar
con Corea del Norte y Siria, así como su postura a favor de un
"cambio de régimen" en ambos países.
El rumor de que el subsecretario de Estado para Asuntos de Asia
oriental y el Pacífico, Christopher Hill, anunció a sus colegas su
inminente renuncia en mayo elevó las preocupaciones acerca de que
los neoconservadores se apoderen de las riendas de conducción, al
menos en lo que a este asunto concreto respecta.
El último acuerdo sellado por Hill con Pyongyang en Singapur, a
principios de este mes, fue objeto de ataques neoconservadores
liderados por uno de los amigos de Cheney, el ex embajador ante la
Organización de las Naciones Unidas (ONU) John Bolton.
En ese contexto se inscribe la designación del general David
Petraeus como máximo comandante militar de este país en Medio
Oriente, cargo que asumirá el próximo verano boreal, y el aumento de
duras acusaciones del Pentágono, sede del Departamento (ministerio)
de Defensa, en los últimos días de una supuesta interferencia de
Irán en los asuntos de Iraq.
Petraeus fue el comandante de las fuerzas militares estadounidenses
en Iraq que supervisó la promocionada estrategia de embate ("surge")
dispuesta el año pasado en Iraq.
Esos acontecimientos son considerados por algunos analistas como
indicios de la respuesta a las plegarias de algunos
neoconservadores. En especial de los que habían perdido las
esperanzas de poder convencer a Bush de atacar las instalaciones
nucleares de Irán, antes del fin de su mandato en enero de 2009.
En una declaración ante el Congreso, Petraeus responsabilizó varias
veces a "grupos especiales" chiitas, supuestamente patrocinados y
dirigidos por Irán, de atacar a las fuerzas iraquíes y
estadounidenses en Basora y Bagdad, y los calificó de "la mayor
amenaza a largo plazo contra la viabilidad de la democracia en Iraq".
Por si fuera poco, el jefe del Estado Mayor Conjunto estadounidense,
almirante Michael Mullen, que solía resistirse a atacar a Irán,
admitió el viernes estar "sumamente preocupado" por la "influencia
letal y maligna" de la República Islámica en Iraq y en otras partes
de la región.
Al mismo tiempo, funcionarios del Pentágono anunciaron una
conferencia de prensa para la semana próxima sobre nuevos escondites
de armas que habrían sido descubiertos en Iraq.
Según ellos, ello prueba que Irán no cumplió la promesa hecha por el
presidente de ese país, Mahmoud Ahmadinejad, al primer ministro de
Iraq, Nouri al-Maliki, en el otoño boreal pasado, de contener el
cruce de armas por la frontera común.
Al parecer, no quedan dudas de que la retórica estadounidense se ha
endurecido considerablemente en las últimas semanas.
El cambio se hizo especialmente evidente en febrero, tras la
renuncia repentina del ex comandante de las fuerzas estadounidenses
en Iraq y el hombre a quien Petraeus va a reemplazar, almirante
William "Fox" Fallon.
Ese encuentro se concretó tras la publicación de una descripción
suya en la revista Esquire, que señalaba su posición contraria a las
políticas clave de Washington y el obstáculo que representaba para
que Bush lanzara un ataque contra Irán.
Fallon abogó por un enfoque diplomático con Irán y respaldó con
fuerza los intentos de negociación con Corea del Norte cuando se
desempeñó como jefe militar para la región del Pacífico, a
principios de esta década.
Desde varios puntos de vista, el almirante fue un representante de
la facción "realista" en el gobierno, liderada por el secretario de
Defensa, Robert Gates, y, en menor medida, por la secretaria de
Estado (canciller), Condoleezza Rice.
Esa facción, casi relegada por completo por los neoconservadores
tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y
Washington, --al menos en lo que respecta a Medio Oriente y Corea
del Norte-- logró recuperar de forma gradual su influencia, en gran
parte a expensas de los halcones, durante el segundo mandato de Bush.
Pero los últimos acontecimientos dejan dudas de si los
neoconservadores lograron revertir la tendencia o, al menos,
recuperar suficiente influencia como para frustrar los intentos de
los realistas por reducir las tensiones con Irán y Siria y mantener
el proceso de desnuclearización de Corea del Norte en las
negociaciones "de las seis partes", aunque de forma irregular.
Las conversaciones "de las seis partes" incluyen a las dos Coreas, a
Estados Unidos, Rusia y Japón.
Pocos analistas cuestionan el evidente endurecimiento de la
retórica, pero lo que no tienen claro es hasta qué punto o, incluso,
si los últimos hechos se traducirán en un cambio significativo de la
política exterior de Estados Unidos.
En lo que a Corea del Norte respecta, dependerá mucho de la reacción
de Pyongyang a la información divulgada el jueves y de los
resultados que obtenga la misión del Departamento de Estado que
realiza un seguimiento del acuerdo negociado por Hill en Singapur.
Es posible que el proceso siga su curso si se enfocan de forma
adecuada los dos asuntos clave que arguyeron los halcones para
atacar a Hill, como son que ese país asiático no se habría hecho
responsable de un supuesto programa de enriquecimiento de uranio ni
de su presunta participación en la construcción del reactor en
Siria.
De hecho, algunos funcionarios del propio gobierno estadounidense
sostienen que la información dada al Congreso pretendió despejar las
dudas respecto del segundo asunto a fin de crear un contexto para
que ese cuerpo otorgue más fondos para proveer energía y alimentos a
Pyongyang, además de asistencia para seguir con el proceso de las
seis partes.
Analistas creen que Cheney y sus seguidores esperaban, lo que Hill
temía, que Pyongyang, que niega haber colaborado con Siria en la
construcción de un reactor nuclear, reaccionara con violencia a la
información y liquidara el proceso. Pero eso está aún por verse.
Siria, por su parte, negó tan siquiera la existencia de la
mencionada planta nuclear.
Además, la noticia revelada también esta semana por el presidente de
Siria, Bashar al-Assad, de que desde hace un año Turquía oficia de
mediador entre Israel y Damasco y de que el Estado judío le habría
prometido a Ankara devolver las Alturas del Golán, parece contribuir
a dejar a Siria fuera del escándalo.
El hecho de que ni Israel ni Turquía desmintieran esas declaraciones
las vuelve más creíbles.
Es claro que los neoconservadores aspiran a que la información
divulgada esta semana por los servicios secretos estadounidenses
aísle y avergüence más a Damasco.
Pero la mayoría de los observadores concuerdan en que, dada la dura
hostilidad del propio Bush hacia Siria, por su supuesta intervención
en Líbano e Iraq, hasta los realistas se resignaran a la posibilidad
de mejorar las relaciones bilaterales durante su gobierno.
Por último, respecto de Irán, los expertos sostienen que la dura
retórica empleada contra ese país no llega al grado de las amenazas
proferidas por Bush y Cheney contra Teherán en el último invierno
boreal.
Además, hace una semana Mullen repitió la exhortación de Fallon a
favor del diálogo con Irán, al hablar en la conservadora Heritage
Foundation. "Ya hemos hecho eso con nuestros enemigos, y también
tenemos que poder hacerlo con la República Islámica", apuntó.
De hecho, hay analistas que consideran que el nuevo cargo de
Petraeus como máximo comandante militar de Estados Unidos en Medio
Oriente fue una maniobra de Gates y de Mullen por su influencia
excepcional sobre Bush, y porque, pese a ser defendido por los
halcones, lo consideran un realista a favor de la idea de que una
guerra contra Irán sería un gran error estratégico.
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(*)Vea el blog en inglés de Jim Lobe dedicado a la política exterior
de Estados Unidos y, en especial, a la influencia de los
neoconservadores en el gobierno de Bush en http://www.ips.org/blog/jimlobe/