Barack Obama manda todavía ampliamente en la cuenta de delegados que se
requieren para obtener la candidatura demócrata. Finalmente, Hillary Clinton
sólo obtuvo una ventaja de 12 en Pensilvania, y el senador de Illinois, que es
favorito al menos en cuatro de las nueve primarias que restan, está ya a menos
de 300 de la suma total necesaria para la denominación. Pese a los últimos
reveses, todo parece marchar, por tanto, al ritmo adecuado para que Obama sea el
candidato presidencial.
No es éste, sin embargo, un momento de celebración en la campaña de Obama.
Más bien todo lo contrario, es un momento de seria preocupación. No tanto por
las cifras, muy difíciles de revertir, sino por las debilidades mostradas por el
candidato, por las sombras que se vislumbran como gigantescas amenazas para el
futuro. Es un momento, por decirlo suavemente, de malas sensaciones.
El principal signo de alarma aparecido en las dos derrotas consecutivas de
Obama en Ohio y Pensilvania es el rechazo por parte de un importante grupo de
electores, demográficamente identificado como trabajadores blancos y
constituido por clase obrera y clase media, que vive en zonas residenciales
alejadas de los grandes núcleos urbanos, de un poder adquisitivo menor de 50.000
dólares al año, de nivel educativo inferior al universitario y de valores y
costumbres conservadoras. Es un grupo, difícil de comparar con los de otros
países, que se puede estereotipar como el empleado de una gran factoría, que
bebe unas cuantas cervezas tras su trabajo, que va a la iglesia los domingos y
sale a cazar patos los sábados.
Ese grupo, integrado tanto por hombres como mujeres, ha votado por Hillary
Clinton en proporción de 3 a 1 en muchos condados de Ohio y Pensilvania. Las
mismas características de votantes pueden encontrarse en muchos importantes
Estados del país: Michigan, New Jersey, Nueva York, Wisconsin, Indiana, Misuri...
Son en su mayoría Estados en los que tradicionalmente suelen decidirse las
elecciones presidenciales. Y, por tanto, el argumento de Clinton de que el
demócrata que quiera llegar a la Casa Blanca tiene que ser capaz de ganar allí,
es muy digno de consideración.
La campaña de Obama es, por supuesto, consciente de ese problema y ha hecho,
tanto en Ohio como en Pensilvania, los esfuerzos necesarios para adaptar a su
candidato a las supuestas prioridades de esos votantes: han llenado su mensaje
de contenido económico, le han dado unas manos de populismo a su retórica y han
tratado de acercar a Obama a su realidad con gestos como su publicitada partida
de bolos.
Pero nada de esto parece funcionar. Obama se mostró como un pésimo jugador de
bolos y, por mucho que lo intente, su planta apolínea casa mal con la de un
barrigudo con gorra de Caterpillar. Es más fácil imaginarse a Bill Clinton en
ese escenario, y con él, a su esposa. La desconexión de Obama con ese electorado
puede tener, además, otra causa de índole más grave, más profundo y que sólo
ahora empiezan a mencionar tímidamente los medios de comunicación
estadounidenses: el racismo.
Dicho detrás de una derrota, puede parecer ventajista hablar de racismo
simplemente porque no te votan. Pero la verdad es que el problema no ha sido
denunciado por la campaña de Obama, sino por algunos analistas y expertos.
En Pensilvania, un 16% de los votantes declaró que la raza había jugado un
papel determinante en su decisión. Una encuesta nacional elaborada por
Associated Press este mes detectó un 8% que confiesa que nunca votará por un
presidente negro. "No sé si eso es mucho o poco. A mí me resulta impresionante
que un 8% de personas lo confiese y me hace pensar que la cifra real es mucho
mayor", afirma Roger Simon, del diario The Politico. El famoso
encuestador John Zogby ha reconocido que "es muy difícil que los electores digan
cara a cara que no aceptan un candidato afroamericano".
"Algo de esto puede haber", admite David Axelrod, jefe de los asesores
políticos de Obama, "pero quizá es un problema más bien de los votantes mayores,
para quienes un tipo llamado Barack Obama, un afroamericano, un tipo
relativamente nuevo puede ser demasiado cambio".