Un fragmento del discurso que George W.
Bush pronunció el pasado 10 de abril pasó prácticamente desapercibido por los
comentaristas a pesar de que el presidente mencionó allí a dos enemigos que
obstruyen el triunfo de EEUU en Iraq: Al Qaeda, con su ideología del terror, e
Irán, un baluarte del fundamentalismo islámico.
Por Galina Zeveleva - RIA Novosti.
Como vemos, en ambos casos se trata de enemigos ideológicos. La campaña
iraquí para Bush es un frente de batalla entre las fuerzas del bien y el mal, el
más importante desde que EEUU ganó la Guerra Fría. El mandatario estadounidense
piensa que su país, defensor de "los valores de libertad", se ha visto en el
siglo XXI, por una vez más, en la primera línea de la lucha contra una ideología
hostil y peligrosa.
Antes de invadir Iraq en primavera de 2003, Bush indicaba como amenaza número
uno a Saddam Husein y a sus armas de exterminio en masa que a la larga
resultaron inexistentes. En realidad, la Administración de EEUU planeaba mucho
más que derrocar al dictador. El objetivo proclamado por Bush era, ni más ni
menos, transformar a Iraq en "una democracia" que sirviera de modelo a los demás
países del Oriente Medio y actuara como aliada de EEUU en la lucha contra el
terrorismo.
Cinco años después EEUU sigue enfrascado en esta guerra e Iraq todavía dista
muchísimo de ser una democracia operativa. No está del todo claro quién controla
al país, asumiendo que alguien lo hace, y, lo que es más importante, qué será de
Iraq en el futuro.
Bush acaba de vislumbrar una nueva amenaza: teme que la parte chií de Iraq, y
el país entero a la larga, caiga bajo el control de Irán. La relación de EEUU
con Iraq e Irán, advirtió Bush en su discurso, dependerá de la vía que escoja el
Gobierno de la República Islámica. El régimen iraní, según el presidente de EEUU,
afronta un dilema: "vivir en paz con su vecino y mantener fuertes vínculos
económicos, culturales y religiosos con él o seguir armando, instruyendo y
financiando a los grupos armados ilegales que aterrorizan a los iraquíes y de
esta manera los predisponen contra Irán". En caso de que Teherán se decante por
una vía incorrecta, "EEUU actuará en defensa de sus intereses, tropas y socios
iraquíes", agregó Bush recurriendo a un vocabulario puramente castrense.
Otro frente igual de importante en la guerra iraquí, para George W. Bush, es
el combate que "la ideología de la libertad" va librando contra "la ideología
del terror". El presidente de EEUU volvió a trazar un paralelo que tanto le
gusta, entre la lucha antiterrorista y la Guerra Fría, e hizo un intento por
demostrar que la financiación de la campaña militar en Iraq tiene la misma
importancia que los gastos de defensa en el período del antagonismo ideológico y
militar entre EEUU y la Unión Soviética.
En algunos momentos de la Guerra Fría, el presupuesto militar de EEUU
equivalía al 13% de su Producto Interior Bruto. "Nuestros ciudadanos entendían
que estos gastos obedecían a la necesidad de frenar la expansión soviética",
observó Bush. "Hoy en día, tenemos por delante a un enemigo que, además de tener
ambiciones expansionistas, ha lanzado un ataque contra nuestro país y pretende
hacerlo nuevamente. Nuestros gastos militares, entretanto, apenas rebasan el 4%
del PIB, lo cual está por debajo del nivel registrado en las cuatro décadas de
la Guerra Fría", agregó.
No es casual la atención que Bush dedica al aspecto financiero de la guerra
en Iraq. La opinión mayoritaria de los expertos es que la difícil situación
económica de EEUU no es resultado de la campaña iraquí pero los ciudadanos de la
calle en EEUU tienden a relacionar ambos temas a medida que se van acentuando
las manifestaciones de la crisis y el peligro de una recesión. También
contribuyen a afianzarles en tal opinión los datos sobre el creciente coste de
esta guerra.
Cada 10 días de hostilidades en Iraq cuestan a EEUU cinco mil millones de
dólares, afirman el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, y su coautora,
Linda J. Bilmes, en el recién publicado libro "La guerra de los tres billones de
dólares" ("The Three Trillion Dollar War").
Pero Bush no tira la toalla a pesar de que esta guerra genera un enorme coste
material, grandes bajas humanas, el rechazo por parte de sus conciudadanos y el
riesgo de ser recordado en la Historia como el presidente más impopular de EEUU.
Él está convencido de que en Iraq convergen las dos mayores amenazas para su
país: Al Qaeda, con su ideología hostil, e Irán, el bastión del fundamentalismo
islámico. Bush cree religiosamente que la victoria será posible, si uno
manifiesta la misma firmeza que en los tiempos de la Guerra Fría. El actual
inquilino de la Casa Blanca, igual que muchos estadounidenses, rechaza de plano
la idea de que el factor decisivo para el término de la Guerra Fría, en la cual
no hubo vencedores, fueron los cambios internos en la Unión Soviética, no el
poderío militar o la firmeza de EEUU.
Cuesta trabajo deshacerse de la impresión de que Bush y el mandatario iraní,
Mahmud Ahmadineyad, hablan el mismo lenguaje y se mueven entre coordenadas
afines, aunque les separan las nuevas barricadas ideológicas erigidas en lugar
de los muros y los telones de la Guerra Fría. Bush mantiene su apuesta por la
fuerza, con lo cual contribuye a multiplicar las filas terroristas más que a
reducirlas, y afianza a Irán en el pensamiento de que la posesión de armas
nucleares es una garantía de seguridad. Si John McCain pasa a ser el próximo
presidente, difícilmente será posible romper este círculo vicioso en la política
de EEUU y en la situación del Oriente Medio.