urante la mayor parte de la historia política estadounidense, los
candidatos presidenciales han sido elegido en convenciones partidarias
llenas de negociaciones de trastienda. Pero la memoria política de Estados
Unidos es corta y la audaz iniciativa de Hillary Clinton para llevar su
lucha contra Barack Obama hasta la convención de Denver, en agosto, amenaza
ahora con dividir al partido.
Pennsylvania es ahora la próxima batalla a muerte en esta sombría pelea.
Ese estado votará en primarias el 22 de abril y Clinton tendrá
obligatoriamente que ganar. Si pierde en Pennsylvania, le será prácticamente
imposible resistir las presiones para que abandone la carrera.
El estado es, por cierto, un lugar que le es amistoso, con ciudades ex
industriales habitadas por mayorías blancas: como Bethlehem, donde las
fábricas están cerradas.
Para el senador Obama es un terreno más duro. Es popular en las grandes
ciudades, como Philadelphia y Pittsburgh, con sus grandes poblaciones
negras, pero en esta batalla está por debajo. Y, sin embargo, todo lo que
tiene que hacer Obama es ganar tiempo.
La cantidad de primarias que quedan en la competencia es escasa y la
ventaja de Obama es casi insalvable por la sola vía de las urnas. El senador
sólo tiene que aguantar los golpes de Clinton, pero ésta puede ser noqueada
con un solo golpe. Si ese golpe lo recibe en Pennsylvania, la competencia
estará resuelta: Obama ganará el derecho a enfrentar al republicano John
McCain en noviembre.
Maquinaria política
Hillary es inmensamente popular entre los trabajadores blancos que, si
bien enfrentan duros tiempos económicos, conforman un enorme segmento de la
base demócrata en Pennsylvania. Son los trabajadores sindicalizados, que le
han dado su apoyo en estados como Ohio y Michigan. También es apoyada por
una formidable maquinaria política en el estado, partiendo por el gobernador
Ed Rendell y el alcalde negro de Philadelphia Michael Nutter.
Hasta ahora, estos factores han puesto a Clinton adelante en las
encuestas estaduales. Pero su ventaja de 20 puntos de hace apenas un mes se
ha esfumado.
Y luego está el escenario más amplio, que parece actualmente más sombrío
para ella.
Su estrategia se basa ahora por completo en provocar suficiente daño a
Obama para que los llamados superdelegados se inclinen por ella y le
entreguen la nominación en Denver.
Pero en lugar de ganar más superdelegados, Hillary los ha venido
perdiendo en favor de Obama. Desde el "súper martes" del 5 de febrero, Obama
ha ganado 69 superdelegados y Clinton ha perdido cinco. Al mismo tiempo, en
teoría, pesos pesados como el presidente del partido Howard Dean, la
presidenta de la Cámara de Diputados Nancy Pelosi y el ex Presidente Jimmy
Carter han indicado que favorecen ya sea un término armónico de la
competencia o apoyar a Obama.
El senador ha pasado de retador a ser un fenómeno. Muchedumbres han
repletado en números récord sus actos de campaña; grandes sumas de dinero
han fluido a sus arcas y ha tenido un romance con los medios.
Partido dividido
El republicano McCain está ahora por sobre Obama y Clinton en las
encuestas nacionales. Al mismo tiempo, la posición de Clinton y Obama ante
el Partido Demócrata está decayendo mientras los partidarios de cada cual
asumen una opinión negativa sobre el otro.
Los índices de aprobación de ambos candidatos en su partido se sitúan
ahora entre 50% y 60%, lo que refleja a un partido que se está dividiendo
por la mitad.
Después de que Pennsylvania vote, ese proceso empeorará si la pelea
continúa o dará finalmente a los demócratas la oportunidad de curar sus
heridas. Por el momento, con Clinton aferrada a su ventaja en el estado, la
batalla pareciera que proseguirá. Si ella gana en Pennsylvania, habrá mucho
más intercambio de golpes por venir. Su verdadero costo sólo se hará visible
en noviembre.