(IAR Noticias) 18-Abril-08
"La militancia contra las corporaciones
aumenta porque muchos de nosotros sentimos más agudamente que nunca la red
de complicidad entre las marcas que se extiende sobre el mundo, y la
sentimos precisamente porque nunca hemos estado tan 'marcados' como en la
actualidad". Naomi Klein /1
Por
Pedro Ramiro y Erika González (*) - Viento Sur
La intensificación del capitalismo a escala mundial ha servido para que se
produzca una redefinición de los actores que participan en el mercado
global. En la era de la globalización económica, a la vez que los
Estados-nación han venido cediendo parte de su soberanía, las compañías
multinacionales han ido adquiriendo mayor influencia y poder. La expansión
de las empresas transnacionales, cuyo origen se remonta al siglo XV -con
la Banca de los Médici en Florencia, que llegó a tener 18 sucursales por
toda Europa- se ha producido básicamente en los últimos cien años.
Y es que desde finales del siglo XIX y principios del XX, cuando algunas
compañías estadounidenses como General Electric, United Fruit, Ford y
Kodak se lanzaron a realizar sus actividades fuera de su país de origen,
hasta nuestros días, estas grandes corporaciones han evolucionado mucho
/2. Tanto, que hoy en día las empresas multinacionales acumulan una
capacidad económica mayor que la de muchos países: Wal-Mart tiene un
volumen de ventas superior al Producto Interior Bruto (PIB) de Austria o
de Noruega, mientras que el de ExxonMobil es mayor que la suma de los de
Venezuela y Chile /3.
El poder de las empresas transnacionales se ha acrecentado en los últimos
veinticinco años, como consecuencia de la extensión a escala global de las
políticas neoliberales. Desde 1980, las inversiones extranjeras han
crecido a una tasa anual que duplica el PIB mundial, concentrándose
fundamentalmente en el sector de los servicios, y las principales
responsables de este crecimiento han sido las multinacionales: el 84% de
la Inversión Extranjera Directa mundial se canaliza a través de este tipo
de empresas /4. Por eso, a día de hoy, las corporaciones multinacionales
controlan gran parte de muchos sectores clave de la economía mundial, como
la energía, la banca, la
agricultura, el agua y las telecomunicaciones. Y en todo esto ha tenido
mucho que ver la estrecha relación de las multinacionales con los
Gobiernos, que les han beneficiado en perjuicio del interés de las
personas. No es que los Estados se hayan plegado ciegamente a los
intereses de las grandes compañías, lo que ha ocurrido es que los
Gobiernos han promovido una serie de políticas para favorecer sus
negocios. Se podría decir que se trata de una relación de simbiosis, en la
que los Estados y las corporaciones se benefician mutuamente y donde, como
dice Pedro Solbes, "el cometido del Estado debe ser vigilar los fallos del
mercado" /5.
En todo este tiempo, a la par que ha ido cambiando la posición de las
empresas en la economía global, se han venido modificando las dinámicas de
contestación social frente a las actividades de las multinacionales.
Los comienzos de las
campañas contra las multinacionales
El movimiento obrero y las organizaciones sindicales, que históricamente
han jugado un rol decisivo en la consecución de toda una serie de derechos
sociales, han perdido su papel central en las reivindicaciones frente a
las corporaciones transnacionales/6. Y es que, antes, las empresas eran
fundamentalmente el centro de trabajo, y los conflictos que se pudieran
generar eran el resultado de este hecho.
Ahora, con las deslocalizaciones, la división internacional del trabajo,
las privatizaciones, las subcontrataciones, la flexibilización, la
desregulación y, en definitiva, con las transformaciones derivadas de los
procesos de globalización económica, las compañías multinacionales
intervienen en casi todos los aspectos de la vida de las personas. Las
corporaciones globales producen, distribuyen y comercializan los coches en
los que nos movemos, las redes de teléfono que utilizamos, los alimentos
que comemos o la ropa que vestimos. Y eso por no hablar de lo que
tradicionalmente se ha dado en llamar servicios públicos, es decir, el
agua, la sanidad, la educación y la energía, que también han venido siendo
progresivamente subordinados al mandato del máximo beneficio que imponen
las empresas transnacionales.
Naturalmente, el dejar que todas estas actividades dependan de la lógica
empresarial ha provocado una serie de consecuencias sociales y
ambientales. Así, se han creado distintas categorías de ciudadanía en
función de los servicios a los que se pueda acceder según los ingresos de
cada cual, de la misma forma que se han antepuesto los criterios de
rentabilidad económica a la protección del entorno.
Justamente, dado que la interacción de las corporaciones con la sociedad
no se limita ya al plano laboral, aunque éste por supuesto sigue
resultando muy importante, en las últimas décadas también han cobrado
especial importancia las denuncias de las personas afectadas por los
efectos ambientales, culturales y socioeconómicos de las actividades de
estas empresas. En muchas ocasiones, el impulso a estas nuevas formas de
acción colectiva ha venido de la mano de los usuarios, consumidores,
trabajadoras, indígenas, activistas y, especialmente, de las personas más
directamente afectadas por el problema, que son quienes están sintiendo
más de cerca la indefensión y la violación de sus derechos por parte de
las compañías trasnacionales.
Echando la vista atrás, se puede decir que ya desde los años treinta del
siglo pasado comenzó a producirse la oposición a las empresas
multinacionales. Y el primer gran hito en la resistencia contra las
empresas, que puede considerarse el predecesor de la lucha actual contra
las marcas, viene de la campaña de boicot que se llevó a cabo a finales de
la década de los setenta contra Nestlé; la empresa suiza, que estaba
vendiendo su leche en polvo como un sustituto de la leche materna con el
pretexto de que se trataba de una alternativa segura para la alimentación
de los países empobrecidos, inició un pleito contra varios militantes que
habían denunciado estos hechos y eso sólo sirvió para darle mayor
notoriedad a la campaña /7. Posteriormente, en los años ochenta, las
acciones de solidaridad se centraron en la crítica de las dictaduras
latinoamericanas y de los Gobiernos estatales, con un par de excepciones:
el caso de Dow Chemical, empresa responsable de la emisión masiva de gases
tóxicos en Bhopal (India), y el boicot a las multinacionales que mantenían
relaciones comerciales con el régimen sudafricano en tiempos del
apartheid.
Y, finalmente, en los años noventa llegó el momento de las grandes
campañas contra las empresas transnacionales. Sobre todo, tres compañías
multinacionales fueron el blanco de las críticas: Nike, acusada de
fomentar la explotación laboral y el trabajo infantil en sus fábricas del
sudeste asiático; Shell, denunciada por los impactos ambientales generados
al querer hundir una plataforma petrolífera en el Océano Atlántico y por
permanecer impasible ante la ejecución del escritor Ken Saro-Wiwa, quien
había encabezado un movimiento de protesta pacífica contra la petrolera y
fue condenado a la pena de muerte junto con otros ocho activistas; y
McDonald's que, al denunciar a dos ecologistas por difundir octavillas en
las que afirmaban que la compañía explotaba a sus empleados, colaboraba
con el maltrato a los animales y era la máxima representante de la "comida
basura", se vio envuelta en un proceso judicial que duró siete años y que
puso de manifiesto la existencia de una censura corporativa /8.
Desde entonces, se han extendido las protestas frente al poder de las
grandes corporaciones.
Entre otras, se puso en marcha una campaña contra Coca-cola, para
denunciar sus nexos con el asesinato de sindicalistas en Colombia y la
contaminación de las fuentes de agua de numerosas comunidades en India /9,
y se señaló a The Gap, Wal-Mart, Disney y Mattel con diferentes acciones
en EE UU y en los países donde se ubicaban sus fábricas, para poner freno
a la explotación infantil. Además, se denunció que empresas como Pepsi,
Chevron y Total tenían relaciones comerciales con el Gobierno de Birmania
y se llevaron a cabo campañas contra las marcas que utilizaban alimentos
modificados genéticamente. Y, cuando ha sido posible, se ha recurrido a
los procedimientos judiciales: por ejemplo, en EE UU se ha aprovechado una
vieja ley que tiene más de dos siglos para llevar a juicio a empresas
transnacionales estadounidenses -como la minera Drummond- por sus
actividades en terceros países /10.
La resistencia frente
a las empresas en Europa y América Latina
De manera especial, en los últimos años los procesos de resistencia contra
las multinacionales han cobrado bastante relevancia en Europa y, sobre
todo, en América Latina. Ahora bien, mientras que en el continente europeo
se ha dado prioridad a las movilizaciones contra las instituciones
financieras internacionales y organismos supraestatales como el Banco
Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Unión Europea y
el G-8, /11 en América Latina el foco de la crítica se ha centrado sobre
las empresas transnacionales y los tratados de libre comercio -no en vano,
a finales de 2005 se consiguió parar el Acuerdo de Libre Comercio de las
Américas-.
En Europa, el denominado movimiento antiglobalización, que adquirió más
visibilidad tras las movilizaciones de Seattle a finales de 1999 y llegó a
ser multitudinario hasta las protestas contra la guerra de Irak en el año
2003, desarrolló acciones de denuncia de las actividades de las grandes
corporaciones en el marco de los foros alternativos y las contracumbres,
si bien estas campañas no tuvieron el nivel de difusión y organización que
alcanzaron las que señalaban a las instituciones financieras /12. Por otra
parte, en América Latina, con la puesta en marcha de las medidas del
Consenso de Washington, las corporaciones transnacionales europeas y
estadounidenses llegaron a la región y se adueñaron de los servicios
públicos, las empresas estatales y los recursos naturales. En esos años,
en los que se dio un boom privatizador -entre 1986 y 1999, más de la mitad
del valor de todas las privatizaciones realizadas en los países del Sur en
el mundo entero se realizaron en América Latina, especialmente en el
sector de los servicios públicos /13-, las luchas se centraron en
responder sobre el terreno a las actividades de las multinacionales. Por
poner un ejemplo que valga para comparar: a mediados del año 2000,
mientras los movimientos sociales europeos se preparaban para bloquear la
cumbre del BM y FMI en Praga, en Cochabamba (Bolivia) tenía lugar lo que
se conoció como la guerra del agua, en la que la resistencia popular
impidió que un consorcio encabezado por la multinacional Bechtel y la
corporación española Abengoa, apoyados por el Banco Mundial, se hiciera
con la compañía local y se privatizara así el servicio de agua de la
ciudad.
A la hora de analizar las diferencias entre Europa y América Latina en
cuanto a las movilizaciones realizadas contra las empresas transnacionales
-movilizaciones que, por cierto, no se pueden considerar sino
complementarias- se puede apuntar el hecho de que América Latina es
utilizada por las compañías extranjeras como fuente de recursos naturales
y materias primas -petróleo, gas, carbón, oro, madera, café, soja o palma
africana- que son luego procesadas y consumidas, fundamentalmente, en
otros mercados. Por ello, a la vez que los efectos de estas actividades
extractivas y productivas se hacen notar en los países latinoamericanas,
Europa es el sitio donde únicamente se consumen y es difícil que la
ciudadanía sienta esos efectos en primera persona. Además, en los casos de
las empresas de servicios públicos, las estrategias empleadas por las
corporaciones transnacionales en América Latina han tratado de hacer
rentable económicamente la inversión a corto plazo, cosa que no ha
sucedido de forma tan exagerada en Europa, lo que podría explicar que en
el viejo continente no se hayan producido movilizaciones parecidas a las
que han tenido lugar contra Unión Fenosa en Nicaragua /14 o contra Suez en
Argentina.
En cualquier caso, lo que parece evidente es que en la mayor parte de los
países de América Latina sí que se ha extendido una mala imagen de las
transnacionales extranjeras. Y, dentro de ellas, se encuentran las
españolas por ser las que tienen una mayor presencia en el continente, ya
que son líderes de los sectores de los hidrocarburos (Repsol), la
electricidad (Endesa), la banca (Santander) y las telecomunicaciones
(Telefónica). En el año 2004, sólo el 29% de la población latinoamericana
creía que las inversiones foráneas eran beneficiosas para su país, frente
a un 35% que se manifestaba abiertamente en contra /15. Y las quejas de la
población obedecen a que se responsabiliza a las multinacionales de ser
las causantes del expolio y el saqueo de os recursos naturales, la
privatización de los servicios públicos o la desregulación del mercado
laboral. Por eso, hay muchos casos de movimientos ciudadanos, campesinos e
indígenas que han llevado a cabo campañas contra las empresas
transnacionales. Como las organizaciones mapuches, por ejemplo, que
durante años se han resistido a ser desplazadas de su territorio ancestral
por las empresas Endesa, en Chile, y Benetton, en Argentina. O las
movilizaciones que se han producido contra
Unión Fenosa en Colombia desde que la multinacional española adquirió las
distribuidoras eléctricas de la Costa Atlántica y empezó a aplicar una
agresiva estrategia de cobro para amortizar su inversión /16. En ciertas
ocasiones, incluso, han llegado a prosperar algunas demandas judiciales,
como en el caso de la denuncia por la contaminación generada por las
explotaciones petroleras de Repsol y otras compañías en Argentina /17 o en
el caso de Texaco en Ecuador, donde el proceso judicial dura ya más de
diez años. Y éstos son solamente unos cuantos casos representativos,
porque en realidad también se han producido acciones y campañas contra
otras multinacionales como BP, Oxy, BBVA, Nestlé, Majaz, ENCE, Aracruz,
Telefónica, Bayer, Unilever, Calvo y Wal-Mart. Es en este clima de
hostilidad hacia las empresas transnacionales donde se enmarca el hecho de
que algunos Gobiernos latinoamericanos hayan decidido acabar con las
condiciones tan favorables de las que disfrutaban las empresas extranjeras
presentes en su territorio.
Por último, vale la pena resaltar una iniciativa que está teniendo lugar
en la actualidad en América Latina y que resulta muy eficaz para
visibilizar los efectos de las actividades de las multinacionales: el
Tribunal Permanente de los Pueblos (TPP) /18. Este tribunal, que hasta
ahora se ha reunido en más de treinta ocasiones para juzgar desde
situaciones de genocidio hasta las políticas de las instituciones
financieras internacionales, ha servido para que en Colombia se esté
juzgando simbólicamente a más de dos decenas de empresas transnacionales
-entre las que se encuentran Repsol, Coca-Cola, Anglogold, Nestlé o Aguas
de Barcelona /19- por las consecuencias de sus operaciones sobre el medio
ambiente, los pueblos indígenas y los derechos humanos, así como para que
en Nicaragua se haya podido denunciar qué ha supuesto la presencia de
Unión Fenosa en el país. En este sentido, la Red Birregional Europa -
América Latina y el Caribe Enlazando Alternativas /20, que se constituye
como un puente entre las resistencias a uno y otro lado del océano, se
encuentra preparando actualmente lo que será la Cumbre de los Pueblos que
se celebrará en Lima en mayo de 2008 coincidiendo con la cumbre de Jefes
de Estado de la Unión Europea, América latina y el Caribe, dentro de la
cual se incluirá una sesión del TPP sobre las empresas multinacionales
europeas presentes en aquella región.
La realidad de la
imagen corporativa
Queda patente, pues, que las organizaciones y movimientos sociales de todo
el planeta han ido desarrollando estrategias y nuevas formas de acción
colectiva frente al poder corporativo. Pero, al mismo tiempo, parece claro
que todavía existen bastantes factores que operan en contra de los
colectivos que abogan por otro modelo de sociedad. Entre los más
evidentes, se pueden citar el nulo interés que tienen la mayoría de los
Gobiernos y las instituciones económicas mundiales en salirse de la
ortodoxia neoliberal, el papel de los medios de comunicación, que será
difícil que incluyan críticas a las grandes corporaciones mientras la
publicidad sea una de susprincipales vías de financiación, y la notable
desmovilización de la clase media europea, que se ha transformado en clase
consumista y piensa que ejercer la libertad es poder elegir entre varias
marcas de automóvil. Y, además, durante todos estos años las propias
empresas transnacionales también han ido aprendiendo cómo deben afrontar
las críticas que se le hacen desde la sociedad civil.
Es decir, que, del mismo modo que los colectivos sociales han mejorado sus
campañas para cuestionar a las grandes compañías, éstas, a su vez, han
visto que no les conviene desarrollar una estrategia de confrontación y
que, por el contrario, resulta mucho más eficaz forjar una imagen
corporativa que trascienda el propio objeto de consumo. Y es que tantos
años de denuncias sobre la explotación laboral y ambiental de estas
corporaciones les ha obligado a diseñar un nuevo modelo empresarial que
transmita los valores, imágenes y símbolos que gozan de prestigio social
en la actualidad. Por eso, se han apuntado a la tendencia de vender
valores y no productos, tan exitosamente desarrollada por las grandes
empresas a nivel mundial, y, si hiciéramos caso a sus anuncios
publicitarios, parecería que son organizaciones ecologistas o defensoras
de los derechos humanos en lugar de tratarse de las compañías responsables
de la crisis ambiental y social que vivimos.
En este sentido, la Responsabilidad Social Corporativa (RSC), que nació
cuando las empresas constataron que habían acumulado una lista de graves
impactos sobre los derechos humanos y el medio ambiente y, especialmente,
cuando vieron que se trataba de una forma de crear valor para la compañía,
ha servido para poder proyectar una imagen positiva ante los consumidores
de sus productos y servicios. En este mismo sentido se entiende la firma
de códigos de conducta por parte de las multinacionales, ya que son
voluntarios y no les conlleva ninguna obligación jurídica más allá del
mero cumplimiento de la legislación laboral y ambiental correspondiente
/21. Por lo tanto, como dice Naomi Klein, "nada cambiará mientras las
grandes empresas no se den cuenta de que no tienen un problema de
comunicación. El suyo es un problema con la realidad" /22.
A modo de conclusión, se puede afirmar que las compañías transnacionales,
con más o menos capas de pintura sobre su desgastada imagen, siguen siendo
entidades que buscan incrementar año tras año su volumen de beneficios. Y,
ante esta realidad, la única forma de asegurar que estos gigantes
económicos no pasen por encima de la voluntad y los derechos de millones
de personas es continuar criticando sus operaciones. En definitiva, la
cuestión central no es denunciar, exclusivamente, los efectos negativos
que han generado unas multinacionales, sino las repercusiones sociales,
ambientales y culturales que tienen las operaciones de todas las grandes
corporaciones transnacionales por todo el planeta. Trascendiendo el
discurso oficial, resulta imprescindible acabar con el mito de que las
actividades de las multinacionales son un elemento que contribuye a
disminuir las enormes desigualdades que asolan el mundo. Porque, a pesar
de su tan trabajada imagen corporativa, lo que sucede es justo lo
contrario: únicamente sirven para apuntalar el statu quo.
******
(*) Pedro Ramiro y Erika González trabajan en el Observatorio de
Multinacionales en América Latina - Paz con Dignidad (http://www.omal.info).
Notas:
1/ Klein, N. (2001) No Logo. El poder de las marcas. Barcelona: Paidós.
2/ Verger, A. (2003) El sutil poder de las transnacionales. Barcelona:
Icaria - Observatorio de la Deuda en la Globalización.
3/ Comparación entre los ingresos de las mayores transnacionales del mundo
("Global 500", Fortune, julio de 2006) y la lista de países ordenados
según su Producto Interior Bruto (Base de datos en línea del Banco
Mundial).
4/ UNCTAD (2007) Informe sobre las inversiones en el mundo 2007. Nueva
York y Ginebra: Naciones Unidas.
5/ Discurso de Pedro Solbes, Vicepresidente del Gobierno español y
Ministro de Economía y Hacienda, en la apertura de las jornadas
"Responsabilidad social de las empresas: Alianzas Público-Privadas para el
desarrollo" (Madrid, 20/9/2007).
6/ Hernández Zubizarreta, J. (2006) "El movimiento sindical ante la
globalización neoliberal: algunos ejes de intervención". Lan harremanak:
Revista de relaciones laborales, Especial Propuestas locales para otra
globalización, 193-217.
7/ Klein, N. (2001) op.cit.
8/ Klein, N. (2001) op.cit.
9/ Zacune, J (2006) Coca Cola: El informe alternativo. Londres: War or
Want.
10/ O'Donnell, S. (2007) "Una de piratas". Página 12, 8/4/2007.
11/ Echart, E.; López, S. y Orozco, K. (2005) Origen, protestas y
propuestas del movimiento antiglobalización. Madrid: Los Libros de la
Catarata.
12/ En el Estado español, esta tendencia ha cambiado en los tres últimos
años, ya que se han llevado a cabo campañas contra las multinacionales
Repsol YPF (http://www.repsolmata.info),
Unión Fenosa (http://www.unionpenosa.org),
ENCE y BBVA (http://www.bbvasinarmas.org).
13/ Casilda Béjar, R. (2002) La década dorada. Economía e inversiones
españolas en América Latina. Madrid: Servicio de Publicaciones de la
Universidad de Alcalá.
14/ Carrión Rabasco, J. (2007) "Nicaragua: Privatiza que privatizarás, que
sin luz los dejarás". Pueblos, nº 27, 26-28.
15/ Informe del Latinobarómetro del año 2004, citado en «El regreso al
continente latinoamericano», El País, 14/3/2006.
16/ Ramiro, P.; González, E. y Pulido, A. (2007) La energía que apaga
Colombia. Barcelona: Icaria – Paz con Dignidad.
17/ "El Tribunal Supremo argentino investiga a Repsol y otras petroleras
por daño ecológico", Jorge Marirrodriga, El País, 2/7/07.
18/ El TPP tuvo su origen en 1966, con el llamado Tribunal Russell y el
juicio a los crímenes cometidos en la guerra de Vietnam, y se constituyó
formalmente en 1979. Sus juicios están basados en las convenciones
internacionales y de alguna manera representan la conciencia ética de los
pueblos.
19/ El TPP - Capítulo Colombia se inició en marzo de 2006 y finalizará en
julio de 2008. En los dos años que dura el proceso se habrá juzgado a las
multinacionales por sectores de actividad: alimentación, minería,
biodiversidad, petróleo, servicios públicos, pueblos indígenas y audiencia
deliberativa final. Más información en
http://www.tppcolombia.info.
20/ Esta red, que surgió hace tres años y medio, se arma en torno a tres
ejes de trabajo: acuerdos de libre comercio, integración regional y
empresas transnacionales. Más información en
http://www.enlazandoalternativas.org.
21/ Hernández Zubizarreta, J. (2006) "Las empresas transnacionales
españolas en América Latina. Los códigos de conducta como sistemas
atípicos de regulación de las relaciones laborales". Lan harremanak:
Revista de relaciones laborales, 14, 125-174.
22/ Klein, N. (2002) Vallas y ventanas. Barcelona: Paidós.
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