(IAR Noticias) 12-Abril-08
Una de sus
últimas y más controvertidas apariciones públicas fue el 22 de mayo de 2000, en
Charlotte (Carolina del Norte), cuando a los 76 años de edad fue reelegido
presidente de la Asociación Nacional del Rifle (ANR) por tercera vez
consecutiva. Con la voz aguardentosa y una ridícula peluca que más que postiza
parecía la gorra de piel del cazador Davy Crockett, John Charles Carter sostuvo
en alto con su tembloroso brazo un fusil de un solo tiro del siglo XVIII y bramó
en el micrófono que ninguna ley iba a prohibirle tener sus armas: “¡Tendrán que
arrebatarme el fusil de mis manos muertas y frías!”.
Por Roberto Bardini
- Bambú Press
P robablemente
ninguno de los 40 mil individuos que lo escuchaban conocía el verdadero nombre
del viejo, nacido en 1924 en una pequeña ciudad de Illinois. Todos, sin embargo,
sabían que fue un astro de Hollywood durante las décadas del ‘50 y ‘60 y que
interpretó a personajes históricos como Moisés, San Juan Bautista, William F.
Cody, el presidente Andrew Jackson, el Cid Campeador, el pintor renacentista
Miguel Ángel y el cardenal Richelieu.
A lo largo de
su carrera cinematográfica, el ex actor trabajó en 62 películas. Fue
protagonista de El triunfo de Búfalo Bill (1953), Los diez
mandamientos (1956), Horizontes de grandeza (1958), Ben-Hur
(1959, por la que ganó el Oscar), El Cid (1961), 55 días en Pekín
(1963), El tormento y el éxtasis (1965), Mayor Dundee (1965) y
El señor de la guerra (1965), entre muchos otros filmes.
Su última
película de éxito se filmó en 1968: El planeta de los simios. Fue la
primera versión, la que finaliza con la Estatua de la Libertad semienterrada en
la arena. En los años ‘70 la estrella comenzó a declinar y actuó en algunas
súper producciones de desastres como Aeropuerto. Y en los ‘80 su propia
vida se transformó en una catástrofe durante la cual se volvió alcohólico, quedó
completamente calvo y comenzó a insinuarse el cáncer de próstata.
Una ovación
festejó las palabras de John Charles Carter aquel 22 de mayo en Charlotte. Al
asumir por primera vez, en junio de 1998, la Asociación Nacional del Rifle
contaba con tres millones y medio de asociados. Bajo su mandato, un millón de
nuevos adherentes llenó sus fichas de ingreso. Sus palabras fueron impactantes
pero, al mismo tiempo, alejadas de la realidad como cualquier show del mundo del
espectáculo. Y tan ficticias como sus propios roles de patriarca judío,
centurión romano, señor feudal, vaquero del Viejo Oeste y soldado de todas las
guerras.
Lo cierto es
que ese día hasta un niño de diez años podría haberle quitado el fusil sin
ningún esfuerzo a ese anciano conservador que detestaba por igual a los
demócratas, los homosexuales, las feministas y los trabajadores migrantes
hispanoamericanos. Hubiera sido tan fácil como sustraerle el biberón a un bebé o
el bastón blanco a un ciego. La vejez fue implacable con el hombre que encarnó a
Moisés en Los Diez mandamientos: en 1997 se cayó en las escaleras de su
casa en las montañas de Santa Mónica (California) y se rompió la cadera y todos
los dientes.
Nuevamente lo
aclamaron en Charlotte cuando se dirigió al entonces presidente William Clinton
y lo acusó de ser un “deshonesto” que convirtió a la Casa Blanca “en un burdel”:
“América no se fía de usted con la permisividad de homosexuales en el Ejército.
América no le fiaría a usted nuestras hijas de 21 años y, Dios lo sabe, tampoco
confiamos en usted para entregarle nuestras armas”.
El ex
corresponsal de guerra, ex director de la revista Life y escritor de
novelas bélicas John Hersey, ganador del Premio Pulitzer de Literatura 1945,
considera que la estadounidense es “una cultura hambrienta de héroes y no parece
importarle si son reales o de ficción”. El antropólogo Leonel Tiger, de la
Universidad de Rutger (Nueva Jersey), define en pocas palabras las
características que provocan admiración entre los ciudadanos medios:
“Bravuconada sin majestuosidad y heroísmo sin dirección”. Estas opiniones, le
calzan como anillo a John Charles Carter y a sus seguidores en la Asociación
Nacional del Rifle.
La
organización, creada en 1871, posee 60 mil instructores de tiro, más de 15 mil
clubes distribuidos en todo el país y una revista, The American Rifleman.
Tiene casi 40 millones de aficionados al tiro al blanco, más que al béisbol o al
fútbol americano. “Menos leyes y más pistolas” y “Los revólveres salvan vidas”
son algunos de sus lemas más edificantes.
Durante la
campaña presidencial de 2000, la ANR aportó cerca de 20 millones de dólares al
Comité Nacional Republicano que impulsaba la candidatura de George W. Bush. Y
John Charles Carter pidió a los electores que dieran su voto a W –como se conoce
a Bush hijo– y llegó a decir: “Los patriotas de nuestro país ganaron la
independencia gracias a las balas y ahora tenemos que defender esa libertad en
las urnas. La nuestra es una guerra santa”.
El mismo día en
que John Charles Carter era reelegido por tercera vez como presidente de la ANR,
el corresponsal en Nueva York del diario español El Mundo escribió acerca
de los miembros de la organización: “En un anuncio que durante esta semana han
emitido varias televisiones americanas, los pistoleros se escudan tras la
Estatua de la Libertad y se autoproclaman portadores del espíritu de la
revolución norteamericana. Lo llevan haciendo desde hace 129 años, y ni el paso
del tiempo ni las masacres escolares han surtido efecto en esa mentalidad del
Viejo Oeste tan arraigada en la sociedad más violenta de Occidente”.
El “idiota
internacional del año”
El 20 de abril
de 1999, un día de primavera, dos estudiantes entraron a la cafetería del centro
de enseñanza secundaria Columbine, de Littleton (Colorado), y asesinaron a 15
alumnos. Dylan Klebold, de 17 años, y Eric Harris, de 18 años, irrumpieron en el
lugar con un armamento muy superior al que utilizan los miembros de los grupos
SWAT, los marines o las fuerzas de despliegue rápido: un rifle de asalto
de nueve milímetros, una pistola automática con un cargador de 36 balas, dos
escopetas con los cañones recortados y alrededor de tres docenas de granadas
caseras, algunas de las cuales llegaron a lanzar en el ataque. Después, ambos se
suicidaron.
Klebold y
Harris, hijos de familias pudientes de Colorado, planificaron la matanza con un
año de anticipación. Eligieron el 20 de abril porque se cumplía el aniversario
del nacimiento de Adolf Hitler.
Quizá fue una
casualidad que en Colorado se hubiera convocado ese año la convención anual de
la Asociación Nacional del Rifle. Pero lo cierto es que en las pulcras calles de
Littleton también se exhibían los carteles en los que aparecía John Charles
Carter –con un fusil en las manos, desde luego– invitando a afiliarse.
En junio del
2000, el escritor Russell Banks, un crítico de los grandes mitos
norteamericanos, opinó que John Charles Carter “en un tono que recordaba el que
empleó Moisés cuando bajó del monte Sinaí, declaró solemnemente: «Si hubieran
estado presentes guardias de seguridad bien armados, muchas vidas se habrían
salvado.» Al parecer, el undécimo mandamiento es: «No irás por esos mundos de
Dios desarmado»”.
Banks es autor
de varias obras, entre las que destacan The book of Jamaica (1980),
Aflicción (1992), Como en otro mundo (1994), La ley del hueso
(1996) y Searching for Survivers (1999). Con motivo de la masacre de
Littleton, el novelista publicó un artículo titulado “Nuestros hijos se matan
los unos a los otros y se suicidan”, con una triste conclusión: “Durante el
último medio siglo, sin saberlo, los estadounidenses hemos estado inmersos en un
proceso de auto colonización. Faltos de indígenas en tierras lejanas a los que
colonizar, hemos tenido que conformarnos con lo que había en nuestra propia
tierra, y hemos colonizado a nuestros hijos con ayuda del cine, la televisión,
los parques temáticos, Internet y los videojuegos. Es decir, con ayuda de esos
imperios del ocio a los que íntimamente despreciamos, pero cuyas acciones
compramos con avidez, nos hemos convertido en la cerda que se come a sus
cerditos”.
El escritor
iraní Salman Rushdie también opinó sobre la masacre de Littleton y consideró que
el presidente de la Asociación Nacional del Rifle luchaba “por obtener el
disputado titulo de Idiota Internacional del Año”. En una columna de opinión
distribuida por New York Times Special Features en 1999, Rushdie expresó:
“Piensa que en Estados Unidos los maestros deberían andar armados. Él cree que
los institutos educacionales serán más seguros si su personal tiene la facultad
de matar a balazos a los niños que se hallan a su cuidado. [...] El más famoso
promotor de las armas de fuego en Estados Unidos, está haciendo todo lo posible
para lograr que esas armas sigan formando parte integral del mobiliario de todo
hogar norteamericano”
Mientras tanto,
John Charles Carter concluyó el primero de agosto de 2000 un tratamiento de tres
semanas en una clínica de Utah. Según su vocera, Lisa De Matteo, no fue nada
grave: apenas una “terapia de rehabilitación preventiva” contra el abuso en el
consumo de bebidas alcohólicas.
Concluido el tratamiento “preventivo”, el ex actor se retiró a su casa en Santa
Mónica. Allí, en el estudio, exhibía un ejemplar de la Constitución de Estados
Unidos, biografías de los “Padres Fundadores”, libros sobre la Guerra Civil
norteamericana y la Segunda Guerra Mundial, junto con miniaturas de aviones de
combate. En una de las paredes cuelga la espada medieval fabricada en España
cuando filmó El Cid, quien ganó su última batalla contra los árabes
cabalgando aún después de muerto.
Pero a diferencia del legendario señor feudal español, este anciano retrógrado
con el cuerpo y la mente en bancarrota, terminó sus días en posición horizontal,
con sus “manos frías” cruzadas sobre el pecho y sin su fusil. En agosto de 2002,
los médicos le diagnosticaron mal de Alzheimer. Falleció el 5 de abril, seis
meses antes de cumplir 84 años, de un cáncer de
próstata. La
prensa lo recordó en todo el mundo con el nombre artístico que lo hizo famoso:
Charlton Heston.
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