(IAR Noticias) 02-Abril-08
Por Mark Danner(*) - Tom Dispatch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
Mark Danner, los generales Bin Laden y Bush
(Introducción del editor de Tom Dispatch)
Hoy, notablemente como siempre, Mark Danner hace un balance de la
fracasada Guerra contra al Terror del presidente en el exterior. Algún día,
también tendremos que hacer un balance completo de la Guerra contra el
Terror en el interior de George W. Bush. Después de todo, hablando
conceptualmente, la Guerra contra el Terror estuvo en el centro de todo lo
que él y sus máximos funcionarios esperaban de un gobierno – de, como lo
llamaban, un “ejecutivo unitario” que no estuviera restringido por las
limitaciones y los controles ni del Congreso ni de los tribunales. El
anuncio (no la declaración) de “guerra” fue, en los hechos, una necesidad
para este gobierno, la única palanca disponible con la cual extraer una
presidencia de comandante en jefe de los ataques del 11 de septiembre de
2001.
Sin la Guerra contra el Terror autoproclamada por el presidente, no
habría habido “guerra” alguna, y por lo tanto no se podría invocar alguna
atmósfera “bélica” o una presidencia de “tiempos de guerra” para intimidar
al Congreso para obtener su respaldo en la futura guerra elegida por Bush en
Irak. Sin “guerra” y “tiempos de guerra”, hubiera sido imposible arrastrar
con tanta facilidad al pueblo estadounidense para aplicar “reglas de guerra”
aplicadas desde el complejo carcelario de Guantánamo en Cuba y la Base Aérea
Bagram en Afganistán a Abu Ghraib en Irak. De otro modo, como recientemente
señalaran Philip Gourevitch y Errol Morris en New Yorker, ¿cómo
podrían responsables y comandantes estadounidenses haber designado a los
prisioneros capturados por los militares de EE.UU. en Irak como “detenidos
de seguridad,” una etiqueta que había ganado adeptos en la guerra contra el
terror, para describir a “combatientes ilegales” y a otros prisioneros a los
que se había negado la condición de prisioneros de guerra y que pudieran ser
mantenidos indefinidamente, en aislamiento y secreto, sin recurso a los
tribunales.
Toda esperanza que los máximos responsables del gobierno Bush tenían de
su futuro poder dependía de la Guerra contra el Terror que precedió por
doquier a la guerra real. Es verdad que, en la Primera Guerra Mundial, no 19
secuestradores, sino un solo asesino provocó la movilización de los
ejércitos de todas las Grandes Potencias de Europa, lo que ciertamente
condujo a la guerra global. Pero, después del 11-S, sólo una potencia se
movilizó gracias a la provocación de 19 hombres (y las bandas dispersas
detrás de ellos), lo que significó, según las normas de la historia, que no
habría guerra alguna. Sólo agresión.
Todavía tiene que surgir el equivalente de un Cálculo Nacional de
Inteligencia sobre la toma del poder interior que el presidente y sus
hombres (y unas pocas mujeres) creían que llevaría no sólo a una Pax
Americana, sino a una Pax Republicana interior. Pero que el antiguo jefe de
la mayoría en la Cámara de Representantes, Dennis Hastertla, perdiera
recientemente su escaño en Illinois, de lo que se tomó poca nota, – en una
contienda en la que un aporreado Comité Nacional Republicano del Congreso
invirtió 1,2 millones de dólares (un 20% del dinero en sus arcas) contra un
candidato demócrata neófito – es una espectacular señal de que la Pax
Republicana de Bush puede ser mucho menos que generacional. Mientras tanto,
consideremos con Mark
Danner, autor hace muy poco de “The Secret Way to War” [El camino
secreto a la guerra], la suerte de esa Pax Americana global que debía
posibilitar la Guerra contra el Terror.
[Este ensayo fue adaptado de un discurso presentado por primera vez en
febrero en la Décima Conferencia de Seguridad de Asia en el Instituto para
Análisis de Seguridad y Defensa en Nueva Delhi.]
C ontemplar – como lo hago con el que tengo frente a mí – un mapa de Bagdad
anterior a la guerra, con vecindarios sectarios trazados en azul, rojo y
amarillo, es ver un Bagdad perdido, un Bagdad de nuestros sueños. Mi mapa de
2003 está coloreado sobre todo en un amarillo bastante neutral, indicando los
vecindarios “mixtos,” predominantes hace sólo cinco años. Al tomar un mapa
contemporáneo uno se enfrenta a una confusión de color brillante: el azul chií
se ha mudado irrevocablemente desde el este del Tigris; el rojo suní ha huido
ante su llegada, a medida que las milicias chiíes empujaban inexorablemente a
los suníes hacia el oeste, hacia Abu Ghraib y la provincia Anbar, y casi
afuera de la propia capital. Y al parecer, por doquier, el amarillo pálido de
esos vecindarios mixtos ha desaparecido, obliterado en los meses y años de
guerra sectaria.
Comienzo con esos mapas movido por una pasión por algo concreto, mientras
tanteo en lo abstracto, luchando por cuantificar lo incuantificable. ¿Cómo
arreglárselas para “hacer un balance” de la Guerra contra el Terror? Es una
bestia tan extraña como una de esas criaturas mitológicas que es en parte
cabra, en parte león, en parte hombre. Tomemos un momento e identifiquemos
cada una de esas partes. Porque si miramos de cerca sus contornos deformes,
podemos ver en la Guerra contra el Terror:
Una parte de lucha contra la guerrilla en la montaña, como en Afganistán;
Una parte de guerra a tiros y a la vez ocupación y a la vez
contrainsurgencia, como en Irak;
Una parte de espionaje, lucha clandestina de espía contra espía, librada en
silencio – “del lado oculto,” como lo describió hace poco el vicepresidente
Dick Cheney, después del 11-S – en un vasto territorio que va del sur de las
Filipinas al Magreb y al Estrecho de Gibraltar;
Y finalmente, la Guerra contra el Terror, que es posible que sea su mayor
parte: Guerra Virtual – una lucha continua, permanente, y en su continua
utilidad política no diferente por entero de la famosa guerra mundial de
Orwell entre Eurasia, Extremo Oriente, y Oceanía que ilimitada en el espacio y
el tiempo, interminable, en permanente expansión.
Copos de nieve que caen sobre el Guerra contra el Terror
El presidente Bush anunció esta guerra virtual tres días después del 11 de
septiembre de 2001, de modo bastante apropiado en la Catedral Nacional en
Washington, cuando dijo a los estadounidenses que “nuestra responsabilidad
ante la historia ya está clara: responder a estos ataques y librar al mundo
del mal.”
Palabras sorprendentes de un líder mundial – declarando que “libraría al
mundo del mal.” Por si alguien pensara que podría haber oído mal la dimensión
de la ambición del presidente, se cuidó de que la Estrategia Nacional de
Seguridad, publicada unos pocos meses después, especificara que “el enemigo no
es un régimen político aislado, o una persona, o una religión o una ideología.
El enemigo es el terrorismo – violencia premeditada, políticamente motivada,
perpetrada contra inocentes.”
De nuevo, una declaración notable, como numerosos comentaristas no tardaron
en señalar; porque declarar la guerra al “terrorismo” – una técnica bélica,
utilizada no contra un grupo u objetivo identificable – simplemente carecía de
precedentes y, por cierto, era desconcertante en sus implicaciones. Como me
señalara un especialista en contrainsurgencia: “Declarar la guerra al
terrorismo es como declarar la guerra al poder aéreo.”
Seis y medio años después, el mal sigue entre nosotros y lo mismo pasa con
el terrorismo. En mi busca de un punto inicial para el balance de esos años,
me encuentro en la triste posición de ponderar afectuosamente en lo que ha
pasado con dos de las palabras más tristes del idioma inglés: Donald Rumsfeld.
¿Lo recuerdan? A fines de octubre de 2003, cuando estuve en Bagdad
observando el lanzamiento de la así llamada Ofensiva de Ramadán – cinco
atentados suicidas simultáneos, comenzando con uno en la central de la Cruz
Roja, cuyas secuelas en llamas presencié – el entonces Secretario de Defensa
Rumsfeld se encontraba en Washington, y seguía negando que hubiera una
insurgencia en Irak. También estaba redactando uno de sus famosos “copos de
nieve,” esos memorandos de última hora que solía hacer llover sobre sus
empleados aterrorizados del Pentágono.
Ese copo de nieve en particular, con fecha 16 de octubre de 2003, con el
título “Guerra Global contra el Terrorismo,” suena casi patético actualmente,
ya que el Secretario de Defensa anda a tientas tratando de definir la guerra
que le ha tocado librar: “Hoy carecemos de sistemas de medidas para saber si
estamos ganando o perdiendo la guerra global contra el terror.” “¿Estamos
capturando, matando o haciendo desistir, o disuadiendo, a más terroristas cada
día que los que las madrazas y los clérigos radicales están reclutando,
entrenando y desplegando contra nosotros?”
Rumsfeld formula la pregunta correcta, porque más allá de las medidas
obvias como el número de ataques terroristas en todo el mundo – que han
aumentado continua y precipitadamente desde el 11-S (para 2006, el último año
para el que hay cifras del Departamento de Estado, en cerca de un 29%, a
14.338); y las algo más sutiles como el porcentaje de los que en Oriente
Próximo y en el mundo musulmán más allá, tienen opiniones desfavorables sobre
EE.UU. (que aumentaron rápidamente después de la invasión de Irak y han bajado
sólo un poco desde entonces) – aparte de esos tipos de cifras que, por varios
y obvios motivos, son en sí problemáticas, la cuestión clave es; “¿Cómo se
“realiza un balance” de la Guerra contra el Terror? A fin de cuentas, como
percibió el Secretario Rumsfeld, se trata de un juicio político porque, en su
esencia, tiene que ver con la evolución de la opinión pública y la disposición
de aquellos con ciertas simpatías políticas de pasar de sostener esas
opiniones a actuar en su apoyo.
¿De qué “sistemas de medidas” disponemos para contabilizar el progreso de
esta “evolución”? Bueno, de ninguno, en realidad – pero tenemos las cautelosas
opiniones de las agencias de inteligencia, notablemente esta declaración
bastante explícita del Cálculo Nacional de Inteligencia (NIE) del gobierno de
EE.UU. de abril de 2006, intitulado “Tendencias en el Terrorismo Global:
Implicaciones para EE.UU.,” que dice en parte: “Aunque no podemos medir con
precisión la dimensión de la propagación” – de nuevo esas medidas – “un
nutrido grupo de informes de toda clase de fuentes indica que activistas que
se identifican como yihadistas, aunque siguen siendo un pequeño porcentaje de
los musulmanes, aumentan tanto en cantidad como en distribución geográfica. Si
esta tendencia continúa, las amenazas a los intereses de EE.UU. en el país y
en el exterior se harán más diversas, llevando a un aumento de los ataques en
todo el mundo.”
Palabras sombrías, y a pesar de todo ese informe de 2006 parece
positivamente optimista, al compararlo con dos informes de un año después,
ambos filtrados en julio de 2007. Un Cálculo Nacional de Inteligencia
intitulado “La Amenaza Terrorista en el Interior de EE.UU.” señaló que al
Qaeda había logrado – en el resumen del Washington Post – reestablecer
“su organización central, infraestructura de entrenamiento y líneas de
comunicación global,” durante los dos años anteriores y había colocando a
EE.UU. en un “entorno de elevada amenaza... El interior de EE.UU. enfrentará
una amenaza persistente y creciente durante los próximos tres años.”
Este NIE – la opinión combinada de las principales agencias de inteligencia
del país – sólo confirmó un informe que había sido filtrado un par de días
antes del Centro Nacional de Contraterrorismo, tristemente intitulado “Al
Qaeda mejor posicionado para atacar a Occidente.” Este informe concluyó que al
Qaeda, en boca de un funcionario que informó sobre su contenido a un
periodista del Christian Science Monitor, era “considerablemente más
fuerte desde el punto de vista operativo que hace un año,” “Se ha reagrupado
en una medida no vista desde 2001,” y ha logrado crear “el programa de
entrenamiento más robusto desde 2001, con interés en el uso de agentes
europeos.” Otro responsable de los servicios de inteligencia, resumiendo el
informe para Associated Press, presentó una conclusión directa y poco
prometedora: al Qaeda, dijo, “muestra más y más capacidad de planificar
ataques en Europa y EE.UU.”
Ante estos sombríos resultados, hay que volver a uno de los pasajes más
impresionantes en el “copo de nieve” del Secretario Rumsfeld, publicado para
que cayeran revoloteando sobre sus pobres subordinados del Pentágono en esos
días de miras estrechas de octubre de 2003. Después de preguntarse por los
sistemas de medidas, y lo que podía y no podía ser medido en la Guerra contra
el Terror, el Secretario de Defensa formuló una pregunta crítica: “¿Necesita
EE.UU. crear un plan amplio, integrado, para detener a la próxima generación
de terroristas?”
Para mí, lo impresionante es que Mr. Rumsfeld sea incapaz de ver que, en
efecto, él y su jefe ya habían “creado” el “plan amplio, integrado” que estaba
pidiendo. Fue llamado la Guerra de Irak.
El general Bin Laden
Que la Guerra de Irak “alimenta la propagación del movimiento yihadista,”
como lo describió el Cálculo Nacional de Inteligencia 2006, ha sido una
perogrullada en los informes de inteligencia desde el comienzo de la guerra;
de hecho, desde antes que comenzara. “El conflicto de Irak se ha convertido en
la cause célèbre para los yihadistas, alimentando un profundo resentimiento
por la intervención estadounidense en el mundo musulmán y cultivando el apoyo
para el movimiento yihadista global” – este punto del NIE 2006 es
verdaderamente un ejemplo de una “crónica de una guerra anunciada” (un
préstamo de García Márquez). En los hechos, ese NIE cita la “yihád Irak” como
el segundo de cuatro factores “que alimentan el movimiento yihadista,” junto
con “agravios arraigados, como ser la corrupción, la injusticia, y el temor de
la dominación occidental, llevando a la cólera, la humillación, y a un sentido
de impotencia”; “el ritmo lento de verdaderas y sostenidas reformas
económicas, sociales y políticas en numerosas naciones musulmanas”; y
“omnipresentes sentimientos anti-EE.UU. entre la mayoría de los musulmanes.”
Todo intento de “hacer un balance de la Guerra contra el Terror” tiene que
comenzar por el triste hecho de que la historia de la guerra también se ha
convertido en gran parte en la historia de la guerra en Irak, y que la
historia de la Guerra en Irak (dejando de lado toda discusión de la así
llamada Oleada) ha sido en cierto grado un desastre no mitigado para la
seguridad de EE.UU. y para la posición de EE.UU. en Oriente Próximo y en el
mundo. Lo que significa que contar la historia de la Guerra contra el Terror,
media docena de años después – y “hacer un balance” de esa Guerra – se funde
inevitablemente con la triste historia de cómo esa así llamada guerra, la
extraña y multiforme bestia que es, se incorporó en un intento atrevido e
incompetente en extremo de ocupar y rehacer a un importante país árabe.
La historia en líneas más amplias se reduce a un asunto de dos estrategias
y dos generales: el general Osama bin Laden y el general George W. Bush. El
general bin Laden, ha estado conduciendo, desde el comienzo, una campaña de
tortuosidad y de provocación: es decir, los objetivos en última instancia de
bin Laden son los así llamados regímenes blasfemos del mundo musulmán – sobre
todo, entre ellos, el régimen de Mubarak en Egipto y la Casa de Saud en la
península arábiga – que espera derrocar y suplantar con un Nuevo Califato.
Para bin Laden, estos son los “enemigos cercanos,” que basan su existencia en
el apoyo vital del “enemigo lejano,” EE.UU. Al atacar a este enemigo lejano,
desde mediados de los años noventa, bin Laden esperaba llevar a vastas
cantidades de nuevos reclutas musulmanes a unirse a al Qaeda y debilitar el
apoyo de EE.UU. para los regímenes de Mubarak y Saud. Esperaba tener éxito,
mediante la oblicuidad, en “cortar las cuerdas de las marionetas,” conduciendo
en última instancia al colapso de esos regímenes.
En este sentido, el 11-S resultó ser la culminación de una estrategia a
largo plazo, después de una serie de ataques de creciente letalidad desde
mediados a fines de los años noventa, en Riyadh, Nairobi, Dar es Salaam, y
Aden. Los atacantes del 11-S utilizaron como su arma máxima no aeronaves
transcontinentales o corta-cartones sino el televisor – porque la imagen fue
la verdadera arma ese día, la imagen abrumadoramente poderosa del derrumbe de
las torres – utilizada no sólo para “mancillar la cara del poder imperial” (la
descripción de Menachim Begin de lo que hacen los terroristas), sino también
para provocar a EE.UU. a atacar profundo en el mundo islámico.
Es obvio en varios documentos y en el asesinato, días antes del 11-S, del
líder de la Alianza afgana del Norte, Ahmed Shah Masud,
que bin Laden esperaba este contraataque estadounidense en Afganistán, lo que
habría dado a al Qaeda la oportunidad de hacer con la superpotencia restante
lo que había hecho – en todo caso ése es el mito – con la Unión Soviética doce
años antes: atrapar a sus arrogantes, gigantescas, fuerzas armadas en un
cenagal y, mediante una paciente e incansable guerra de guerrillas, forzarlas
a retirarse en ignominiosa derrota. En todo caso, desde luego, los
estadounidense, basándose en bombardeos aéreos y las fuerzas terrestres de sus
aliados afganos en la Alianza del Norte, evitaron el cenagal de Afganistán –
por lo menos en esa fase inicial en el otoño de 2001 – y en su lugar
ofrecieron a bin Laden un regalo mucho mayor. En marzo de 2003, invadieron
Irak, un país islámico mucho más importante y mucho más cercano al corazón de
las preocupaciones árabes.
El general Bush
¿Por qué lo hizo el general George W. Bush? Careciendo de legitimidad y en
la defensiva política, el presidente y su gobierno actuaron instantáneamente
para transformar la Guerra contra el Terror en una cruzada ideológica,
construida implícitamente como una Nueva Guerra Fría.
“Odian nuestras libertades,” dijo Bush al Congreso y a la nación unos pocos
días después de los ataques del 11-S. “Nuestra libertad de expresión, nuestra
libertad de votar y de reunirnos y de estar en desacuerdo con otros... No nos
engañan sus pretensiones miedosas. Lo hemos visto antes. Son los herederos de
las asesinas ideologías del Siglo XX. Al sacrificar la vida humana para servir
sus visiones radicales – al abandonar todo valor excepto su voluntad de poder
– siguen el camino del fascismo, y del nazismo, y del totalitarismo. Y
seguirán ese camino hasta el fin, a donde termina: en la tumba anónima de las
mentiras descartadas,”
Pintando un cuadro espeluznante de una Nueva Guerra Fría en la que
terroristas tienen el rol de comunistas, Bush unió al país detrás de la Guerra
contra el Terror, erradicando las sutilezas de la lucha contra al Qaeda, y con
ellas la crítica de la política para Oriente Próximo de EE.UU., implícita en
el ataque. “Esto no tiene que ver con nuestras políticas,” como lo describiera
Henry Kissinger poco después del ataque. “Tiene que ver con nuestra
existencia.” Desde este punto de vista, el ataque tuvo lugar no por lo que
EE.UU. hizo realmente en Oriente Próximo – a qué regímenes apoyó, por ejemplo
– sino por lo que representa: las aspiraciones universalistas que simboliza.
Irak se hizo rápidamente parte de esa cruzada: la gran lucha por proteger, y
ahora por propagar, la libertad y la democracia.
Se puede discutir largo y tendido sobre las raíces de la Guerra de
Irak,
pero a fin de cuentas hay que extraer una serie de compulsiones realistas
(relacionadas centralmente con la restauración de la credibilidad
estadounidense y del poder disuasivo estadounidense) y aspiraciones idealistas
(formadas alrededor del así llamado efecto Dominó Democrático). El caso
realista fue bien resumido, una vez más, por Henry Kissinger, quien, cuando un
escritor de discursos de Bush le preguntó por qué apoyaba la Guerra de Irak,
respondió: “Porque Afganistán no fue suficiente.” En el conflicto con el Islam
radical, continuó: “Quieren humillarnos y tenemos que humillarlos a ellos.” La
guerra de Irak era esencial a fin de dejar en claro que “no vamos a vivir en
el mundo que ellos quieren imponernos.”
Ron Suskind, en su excelente libro “The One Percent Doctrine [La
doctrina del uno por ciento], dice lo que es esencialmente el mismo punto
en términos “geoestratégicos”, informando que, en reuniones del Consejo
Nacional de Seguridad en los meses después de los ataques del 11-S, la
principal preocupación “fue convertir a [Sadam] Husein en un ejemplo, crear un
modelo demostrativo para guiar la conducta de cualquiera con la temeridad
suficiente para adquirir armas destructivas o, de alguna manera, despreciar la
autoridad de EE.UU.”
Junto a esto hubo el “tsunami democrático” que seguiría al triunfo de
choque y pavor sobre Sadam. Azotó a todo Oriente Próximo de Irak a Irán y
luego a Siria y Palestina. (“El camino a Jerusalén” – era el evangelio
neoconservador en la época – “pasa por Bagdad”) Como escribí en octubre de
2002, cinco meses antes de que fuera lanzada la Guerra de Irak, esta visión
fue detallada y bien elaborada:
“Tras la noción de que una intervención estadounidense convertirá a
Irak
en la ‘primera democracia árabe’, como lo describió el Secretario Adjunto de
Defensa, Paul Wolfowitz, se encuentra un proyecto muy ambicioso. Imagina un
Irak post Sadam Husein – secular, de clase media, urbanizado, rico en
petróleo – que reemplazará la autocracia de Arabia Saudí como el aliado
clave de EE.UU. en el Golfo Pérsico, permitiendo el retiro de las tropas de
EE.UU. del reino. La presencia de un ejército estadounidense victorioso en
Irak serviría entonces como un estímulo poderoso para elementos moderados en
el vecino Irán, acelerando la evolución de ese país crítico lejos de los
mullahs y hacia un curso más moderado. Una evolución semejante en Teherán
llevaría al retiro del apoyo iraní a Hizbolá y a otros grupos radicales,
aislando así a Siria y reduciendo la presión sobre Israel. Este menoscabo de
los radicales en las fronteras septentrionales de Israel y dentro de
Cisjordania y Gaza sería el fin definitivo de Yasir Arafat y llevaría
eventualmente a una solución favorable del problema árabe-israelí.
“Esta es una visión de gran alcance e imaginación: exhaustiva, profética,
evangélica. En sus ambiciones, es totalmente extraña a la modestia de la
contención, a la ideología de una potencia del status-quo que estuvo al centro
de la estrategia de EE.UU. durante medio siglo. Significa rehacer el mundo,
ofrecer una respuesta política a una amenaza política. Representa un gran paso
en el camino hacia la visión final del presidente Bush del ‘triunfo de la
libertad sobre sus enemigos de hace mucho tiempo.”
Hay dos factores subyacentes a esta visión que pueden ser identificados:
primero el gran entusiasmo por una política exterior moralista basada en
principios universalizados y la reforma democrática que data del principal
rival de la contención, el movimiento de “rollback” [hacer retroceder] de los
años cincuenta, y eso ha sido revivificado por la estremecedora serie de
revoluciones europeas orientales de fines de los años ochenta y por escenas de
triunfo democrático popular con la ayuda de EE.UU. (como se pensó que era el
caso) en Afganistán; y, en segundo lugar, el reconocimiento de que el
terrorismo, a fin de cuentas, era un problema político que surgía del orden
autoritario calcificado en Oriente Próximo y que sólo una dosis de
“desestabilización creativa” podía estremecer ese orden. “La transformación de
Oriente Próximo,” en boca de Condoleezza Rice, “es la única garantía de que ya
no seguirá produciendo ideologías de odio que llevan a hombres a maniobrar
aviones contra edificios en Nueva York y Washington.”
Esta última percepción – que el terrorismo tal como atacó a EE.UU. surgió
de factores políticos y que sólo podía ser enfrentado y derrotado con una
reacción política – me parece más allá de toda duda. El problema que afrontó
el gobierno, o más bien no quería afrontar, fue que el orden calcificado que
forma la raíz del problema era precisamente el orden que, durante casi seis
décadas, había sido conformado, guiado, y sostenido por EE.UU. Vemos un
reconocimiento explícito de este hecho en el informe "Bletchley II" preparado
después del 11-S por una serie de intelectuales próximos al gobierno por
presión del Departamento de Defensa: “El análisis general,” dijo uno de sus
autores a Bob Woodward del Washington Post, “fue que Egipto y Arabia
Saudí, de donde provenía la mayoría de los secuestradores, constituían la
clave, pero que los problemas en esos países son intratables. Irán es más
importante... Pero Irán era similar en la dificultad de visualizar la manera
de encararlo. Sadam Husein era diferente, más débil, más vulnerable...”
Una guerra muy complicada
En este sentido, muchos de los principales partidarios de la Guerra de
Irak
en el gobierno de Bush formaban parte de una especie de fuerza de guerrilla
dentro del gobierno de EE.UU., combatiendo contra un alineamiento estratégico
de larga duración en Oriente Próximo. Esta condición de guerrilla, que definía
a muchos de los veteranos más conocedores de Oriente Próximo como enemigos que
debían ser aislados e ignorados, ayuda a explicar, por lo menos en parte,
muchas de las extraordinarias incompetencias y desastres de la guerra en sí.
Que las raíces de la guerra estén en rematada oposición a la política
establecida de EE.UU. también ayuda a explicar el enigma central de la actual
posición estratégica de EE.UU. en Irak y Oriente Próximo. Esto me lo definió
con concisión y aplomo típicos
Ahmed Chalabi. “La tragedia estadounidense en Irak,” dijo Chalabi, “es que
sus amigos en Irak están aliados con sus enemigos en la región, y sus enemigos
en Irak están aliados con sus amigos en la región.”
La concisión e ingenio de Chalabi son admirables (y típicos); pero lo que
afirma, si se mira el mapa, es obvio. EE.UU. ha posibilitado el ascenso al
poder en Irak de un gobierno chií que está aliado con su mayor antagonista
geopolítico en la región, la República Islámica de Irán. Y EE.UU. ha estado
combatiendo con gran persistencia y resultados evidentemente mixtos una
insurgencia suní que está aliada con los saudíes, los jordanos, y sus antiguos
amigos entre las autocracias suníes del Golfo.
Es otra manera de decir que la política de EE.UU. edificada en la famosa
reunión entre el presidente Franklin D. Roosevelt y el rey ibn Saud a bordo
del crucero de Roosevelt en Great Bitter Lake
cerca del fin de la Segunda Guerra Mundial – una política que preveía una
alianza vital, con beneficios para las dos partes, y duradera, entre los
saudíes y los estadounidenses – puesta gravemente en duda por los insurgentes
saudíes en los controles de esos poderosos aviones del 11 de septiembre, y
ahora hecha añicos en el ataque estratégico perpetrado por lo insurgentes del
gobierno de Bush dirigidos por Paul Wolfowitz y sus socios. Su
“desestabilización creativa” apuntaba no sólo al Irak de Sadam Husein, sino a
más de medio siglo de política estadounidense en Oriente Próximo. Al Qaeda,
oportunista como siempre, estuvo dispuesta a jugar ese juego, aprovechando la
ocupación de Irak como la oportunidad dorada que ciertamente ofreció y
concentrándose en la división chií-suní que llevaba al derrumbe de la política
de EE.UU... La famosa carta interceptada de Abu Musab al-Zarqaui a Ayman al-Zawahiri
y bin Laden, en la que el líder insurgente de al Qaeda en Mesopotamia dijo a
los potentados de al Qaeda – la fachada en realidad, que su objetivo en Irak
era “despertar a los suníes durmientes” lanzando una vasta campaña con bombas
contra los “herejes chiíes,” describe precisamente tanto la estrategia
nacional como la regional: “Si logramos atraerlos al terreno de la guerra
partidaria, será posible arrancar a los suníes de su inconsciencia, porque
sentirán el peso de la inminencia del peligro.”
Esta es la estrategia que produjo terribles frutos después del atentado
contra la reverenciada mezquita y santuario al-Askari en Samarra en febrero de
2006. Mi mapa que muestra líneas divisorias que pasan por Bagdad presenta, si
se pasa a mirar de lejos, esas mismas líneas divisorias que pasan a través de
Irak y más allá de sus fronteras. Como la antigua Yugoslavia, Irak es una
nación que reúne en su interior las líneas de falla culturales y sectarias de
la región; la línea divisoria suní-chií que pasa por Irak, pasa en efecto por
todo Oriente Próximo. EE.UU. al elegir este sitio para montar su Revolución
Democrática, no podía haber hecho un mejor favor a al Qaeda.
En este momento, la Guerra de Irak se encuentra en un impasse. Enfrentado a
una creciente amenaza de esos “enemigos aliados con sus amigos en la región,”
los insurgentes suníes, el gobierno de Bush ha adoptado una estrategia
estadounidense práctica y típica: los ha comprado. Los estadounidenses han
comprado a la insurgencia, contratando a sus subordinados por 300 dólares por
mes. Los combatientes suníes, que solían ser llamados insurgentes, ahora los
llamamos “miembros de las tribus” o “ciudadanos preocupados.”
Esto ha aislado a al Qaeda, una victoria táctica. Pero, porque esos
combatientes suníes comprados no han sido aceptados por el gobierno chií – los
aliados de nuestros enemigos – EE.UU. ha puesto en movimiento una política que
requerirá, para mantener la violencia a los niveles actuales, su propia
presencia permanente en el país. Esto, cuando dos de tres estadounidenses
piensan que la guerra fue un error y cuando ambos candidatos demócratas
supervivientes prometen comenzar a traer a los soldados a casa en “el primer
día” de un gobierno demócrata. En el horizonte, después de una tal retirada,
se ve un renacimiento de la guerra civil a un nivel aún más brutal, con la
ayuda del rearme de las fuerzas suníes por EE.UU. - y por cierto también del
armamento estadounidense de las fuerzas del gobierno chií. Es una realidad
curiosa, si volvemos a considerar el mapa regional, que la situación
geoestratégica en Oriente Próximo se parece más que nada a la Guerra Irak-Irán
de los años ochenta, en la que EE.UU., junto con Egipto, los saudíes, y los
jordanos, apoyaron al Irak de Sadam Husein en su gran guerra contra el Irán
del ayatolá Jomeini. Vemos actualmente un despliegue parecido de fuerzas, con
las siguientes dos diferencias:
Primero, debemos mover la línea del conflicto unos 320 kilómetros hacia
oeste, llevándolo de la frontera entre Irak e Irán a una línea que va a través
de Bagdad a lo largo del río Tigris.
Segundo: EE.UU. arma y apoya actualmente a ambos lados. Y detrás de la
actual configuración y el supuesto “éxito de la Oleada” amenaza la infausta
amenaza de la regionalización – una lucha en el ámbito regional librada sobre
el cadáver de Irak después de una retirada estadounidense. Se ha convertido,
para apropiarse de una frase, en una Guerra Muy Complicada.
Una derrota que sólo podía ser provocada por el poder de EE.UU.
Sólo los analistas de los servicios de inteligencia y nuestros propios ojos
nos dirán si o no esta más tenebrosa de las visiones sombrías llegará a
ocurrir, esa guerra muy complicada en Irak, pero continuará rindiendo vastos
dividendos en el balance de los agravios políticos utilizados en el
reclutamiento de grupos terroristas.
Esto sólo tiene que ver en parte con al Qaeda original propiamente tal (o
“al Qaeda principal,” como algunos analistas lo llaman actualmente); porque
gran parte ha logrado “reconstituirse”; el verdadero juego se ha ido a otra
parte, hacia “al Qaeda viral” – “grupos espontáneos de amigos,” en las
palabras del ex analista de la CIA y psiquiatra Marc Sageman, “como en los
atentados de Madrid y Casablanca, que tienen pocos vínculos con alguna
dirigencia central, que generan a veces operaciones terroristas muy
peligrosas, a pesar de sus frecuentes errores y mal entrenamiento.”
Mientras las agencias de inteligencias de EE.UU. y sus aliados han tenido
un éxito considerable en el ataque contra los nodos formales de al Qaeda
principal en la península arábiga y en otros sitios, esas luchas tienen el
aire del pasado; en realidad hemos pasado a una era diferente, la era de los
aficionados. La red actual es auto-organizada, basada en Internet, y
descentralizada, dependiente no de ejércitos, entrenamiento, o incluso
tecnología, sino del deseo y de la voluntad políticos. Y hemos asegurado, por
la manera como hemos luchado esta guerra eterna, que sean precisamente esas
cualidades vitales las que nuestros enemigos poseen en cantidades grandes y
crecientes.
¿Así que, cómo, finalmente, “hacemos un balance de la Guerra contra el
Terror”?
Quisiera sugerir tres palabras:
-
Fragmentación – causada mediante
“desestabilización creativa,” como vemos no sólo en Irak, sino en el Líbano,
Palestina, y en otros sitios en la región;
-
Disminución – del prestigio de EE.UU., tanto
militar como político, y por lo del poder de ese país.
-
Destrucción – del consenso político dentro de
EE.UU. para un fuerte papel global.
Observad un instante esas tres palabras y sorprendeos por dónde hemos
llegado en media docena de años.
En septiembre de 2001, EE.UU. enfrentó una grave amenaza. Los ataques que
se convirtieron en sinónimos de esa fecha no tenían precedentes en su
destructividad, en su letalidad, en el puro choque apocalíptico de su
espectáculo. Pero en su secuela, los responsables de la política de EE.UU., en
parte por ceguera política y por su jactanciosa exageración del poder
estadounidense, tomaron decisiones que llevaron a una derrota sólo como
resultado de sus propias acciones – que sólo el propio poder de EE.UU. –
podría haber provocado.
Un pequeño aquelarre de enemigos de EE.UU., utilizando la estrategia de
provocación tan familiar en la guerra de guerrillas, había lanzado de modo
espectacular en esa brillante mañana de septiembre, un plan para utilizar la
fuerza de la superpotencia contra ella misma. Para usar una metáfora
diferente, estaban tratando de cumplir el celebrado alarde de Arquímedes; al
haber encontrado la palanca perfecta y el sitio donde apoyarla, se proponían
mover la Tierra. En una medida que estoy seguro que ni ellos mismos
anticipaban, en su elección de oponente: un régimen evangélico, redentor,
desdeñoso de la historia y determinado a rehacer el mundo perdido, sembró el
germen de su éxito.
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(*)Mark Danner es autor, hace muy poco, de “Torture and
Truth: America, Abu Ghraib and the War on Terror” (2004) y de “The Secret Way
to War: The Downing Street Memo and the Irak War's Buried History” (2007).
Ha cubierto la guerra de Irak desde su comienzo para New York Review
of Books. Enseña en Bard College y en la Escuela de Postgrado de
Periodismo en la Universidad de California, Berkeley. Su obra está archivada
en MarkDanner.com.
Copyright 2008 Mark Danner
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