Por Alfredo Jalife Rahme - La Jornada (*)
Se trata de dos objetivos incompatibles, ya que una guerra contra Irán
desembocaría en el cierre del Estrecho de Ormuz, que pudiera disparar el precio
del oro negro a más de 200 dólares el barril.
La congruencia no es el fuerte del régimen torturador bushiano, catalogado
hoy como el peor de la corta historia de Estados Unidos, ya que el contenido de
su pensamiento es poco sofisticado y asemeja lineal y maniqueamente a los
reflejos condicionados pavlovianos de los invertebrados. El Medio Oriente es
mucho más complejo en su estructura mental y difícilmente los nueve días del
extenso periplo de Cheney puedan hacer cambiar el parecer de los mandatarios de
la región, quienes en su conjunto se han percatado de la decadencia del imperio
estadounidense cuyo símbolo mayúsculo, el dólar, vale menos que una acción
bursátil del insolvente banco Bear Stearns.
Llama la atención que el vicepresidente del país que controló el precio del
barril del petróleo durante prácticamente dos siglos, tenga que implorar a su
otrora aliado saudita la disminución de su valor que rompió el umbral sicológico
de los 100 dólares.
Tom Coghlan asevera que la “gira de Cheney ha desencadenado los rumores de
una guerra contra Irán” (The Daily Telegraph; 21/03/08). Para que
Cheney, arquitecto con los neoconservadores straussianos de la catástrofe
militar en Irak y del empantanamiento de la OTAN en Afganistán, consiga seducir
a Arabia Saudita –y en extenso a las petromonarquías del Consejo de Cooperación
del Golfo (CCG)– necesita proporcionarles algo mejor que el acomodamiento que
han negociado tras bambalinas con Irán. Lo que menos le conviene al CCG, a
riesgo de su propia perdición, es una guerra en el Golfo Pérsico.
El periplo de Cheney se realiza seis semanas después al de Baby Bush,
cuando el pueril presidente texano imploró –literalmente– a la OPEP, de la que
no hay que olvidar que Venezuela e Irán conforman parte estructural de su
andamiaje, reducir la producción con el fin de satisfacer las necesidades del
adicto consumidor de gasolina estadounidense.
Mucho más que cualquier otra materia prima de la vía láctea, pareciera que el
oro negro marca el diapasón de los tiempos modernos: su alza significa el fin
del dolarcentrismo, mientras que su baja simbolizaría la resurrección de la
influencia perdida del imperio estadounidense.
Mucho más allá de su múltiple agenda ambiciosa –desde los superfuegos
incendiados en la costa oriental del mar Mediterráneo (v.gr. Gaza, Líbano y
Siria), pasando por Irak, hasta Afganistán–, la cotización del oro negro marcará
el éxito o el fracaso de la gira de Cheney.
La dupla Bush-Cheney, a la cual ningún candidato sensato a la presidencia se
atrevería a citar a riesgo de su propio suicidio, representa un cadáver viviente
a quien no habría que menospreciar, al no tener nada más que perder, ya que
podría desencadenar una guerra contra Irán.
La renuncia intempestiva del lúcido almirante William Fallon, comandante del
teatro de operaciones bélicas de Estados Unidos en el Medio Oriente, no presagia
nada bondadoso.
No es ningún secreto señalar que el almirante Fallon se opuso el año pasado a
la aventura de un bombardeo a las plantas nucleares de Irán por la dupla Bush-Cheney,
lo cual ha sido motivo de la reseña filtrada de la revista Esquire. Es
evidente que la filtración inducida, que destaca el enfrentamiento del almirante
Fallon con su comandante en jefe, es decir, el pueril Baby Bush, exigía
su defenestración.
Robert Parry, veterano analista de Ap y Newsweek en la temática
iraní, no oculta su perturbación debido al nuevo giro que ha tomado la
confrontación de Estados Unidos contra Irán, como consecuencia de la salida
precipitada del almirante Fallon (Consortium News; 14/03/08).
Desde Omán, Cheney volvió a resucitar el “peligro” que supuestamente
representa la dotación nuclear de Irán, en lo que fue secundado por una serie de
declaraciones delirantes de Baby Bush sobre las “intenciones” perversas
de la teocracia chiíta para aniquilar al género humano con las bombas nucleares
que, por cierto, aún no posee. Más aún: el ministro de Defensa israelí, Ehud
Barak, conminó al canciller ruso Sergei Lavrov a que cese de cooperar con el
programa nuclear iraní (Ynet; 21/03/08).
En medio de los tambores de guerra de Cheney, el anterior secretario general
de la ONU, Kofi Annan, advirtió que una acción militar contra Irán significaría
un “desastre real” que desembocaría en una explosión generalizada del Medio
Oriente (Ap; 20/03/08)
Regresemos a la cuadratura del círculo. Lo de menos es bombardear Irán,
independientemente del incendio generalizado y quizá del inicio de una tercera
guerra mundial que se escenificaría en todo el “gran Medio Oriente”, pero los
iraníes detentan la llave maestra de la colisión: el cierre del Estrecho de
Ormuz llevaría el precio del barril de petróleo a los niveles que no desea la
dupla Bush-Cheney.
El grave problema de la estratagema de Cheney es que tampoco juega sólo en la
región, adonde ha concurrido el canciller ruso Sergei Lavrov, quien visita
Siria, Israel y el territorio controlado por la Administración Nacional
Palestina.
Rusia propicia la resolución del conflicto de Israel y Siria, con el fin de
crear un andamiaje pacífico en la costa oriental del mar Mediterráneo, mientras
Cheney intenta sabotear el acercamiento entre Damasco y Tel Aviv.
No se puede soslayar que la gira del ruso Lavrov (Ria Novosti;
19/03/08) se realiza en vísperas de la desangelada cumbre de la Liga Árabe,
prevista para finales de marzo en Damasco y que Cheney busca torpedear con el
fin de aislar internacionalmente a Siria.
Si Cheney peca de ambicioso fantasioso, es probable que Lavrov actúe como un
optimista hiperquinético al convocar a una conferencia internacional sobre el
Medio Oriente en Moscú, como relevo de la conferencia de Annapolis que, por sus
resultados, no ha logrado el éxito que se vislumbraba
Sea lo que fuere, la respuesta de los oráculos no estará en los vientos, sino
en la futura cotización del petróleo.