En el universo de la política las líneas paralelas no existen como en la
geometría. Son una aberración cuando parecen estar allí, no la norma. Si uno
mantiene la atención descubrirá que antes o después esas líneas convergen
siempre, en al menos, un punto de su trayectoria. No hay cuestión --doméstica
o internacional-- que pueda ser desgajada de otras muchas. Es lo que está
sucediendo en Estados Unidos con la guerra en Irak --con cinco años de desarrollo
cumplidos esta semana ha durado ya más que la de Secesión y que cada uno de
los dos conflictos globales del siglo XX-- y la crisis económica planteada en
el poderoso sector financiero de ese país. Ambas cuestiones están unidas por un
tramado complejo de dinero público y por resultar parte de una misma herencia,
la de ocho años de George W. Bush.
Sin embargo, no pareciera ser así. En las encuestas preelectorales de estos días
el disgusto que hasta hace poco mostraba la sociedad estadounidense con su
desarrollo --y su censura al hecho de que se la iniciara-- parece haber cedido
en importancia al temor por el futuro económico. Bush y los suyos alientan
esta dicotomía, por cierto.
El presidente cree que este es el momento para reinstalar la idea de una
victoria posible en Irak y mostrar un descenso circunstancial en la violencia
como el resultado de un acierto de su conducción por elevar hace un año el
número de efectivos. Y del éxito del nuevo mando del teatro de operaciones que
designó, el general David Petraeus.
Es incierto que pueda tener en esto un éxito pleno, pero al menos está
esforzándose por reinstalar la idea de que la invasión del 2003 "era necesaria",
como dijo esta semana. Y para ello envió por ejemplo a su vicepresidente halcón
Dick Cheney a Bagdad a pronunciar palabras de triunfo y beneplácito,
aunque lo cierto es que el día en que Cheney pasó en la capital iraquí una bomba
mató a unas cincuenta personas cerca de donde él desarrollaba su misión
imposible.
Pero veamos los vasos comunicantes entre ambas cuestiones. La Reserva Federal
--el banco central estadounidense-- ha debiido poner a disposición del sistema
bancario aproximadamente la mitad de sus fondos (unos 400 mil millones de
dólares) para garantizar la solvencia de las instituciones financieras y de
ellos empleó ya 30.000 millones para que la banca Bear Stearns pudiera ser
adquirida por J. P. Morgan Chase a valor de bicoca. Hace unos pocos meses las
acciones de aquella banca superaban los 200 dólares y Morgan Chase las pagó a
menos del 10% de aquel valor. La bonanza de Morgan Chase provino de la
billetera pública.
Es imposible no comparar estas cifras con otras que, por la guerra, también
pesan sobre el dinero de todos los estadounidenses. En un reciente trabajo ("El
salario de la paz") publicado por el semanario The Nation, el economista
Robert Pollin de la Universidad de Massachusetts calculó el costo hasta el
presente de la guerra en el Golfo Pérsico en 522 mil millones de dólares con
otros 80 mil ya asignados en el presupuesto para el año en curso. Pollin
concluye que la guerra ha sido "un desastre estratégico" para EE.UU.,
pero advierte también que no ha sido comprendida como "el desastre económico"
que también representa.
Su trabajo embiste también contra la idea de que la bonanza que encarnó para la
industria armamentista se haya trasladado al ciudadano común. La guerra "mata
empleos" dice Pollin porque por cada mil millones de dólares invertido en
educación, salud, conservación de energía e infraestructura se crean entre
50% y 100% más puestos de trabajo que cuando se envía la misma cantidad a Irak.
Sólo con los 138 mil millones de dólares del presupuesto bélico del 2007 se
perdió la creación de un millón de empleos.
Un dato asombrosamente revelador es que el presidente de una de las empresas del
complejo militar-industrial Lockheed, Martin Robert Stevens, gana por año en
exceso de 24 millones de dólares, mientras en el mismo período un soldado que
combate en Irak no alcanza los 26.000 dólares. Todo se enlaza.
En las últimas semanas hemos leído y escuchado referencias a los antecedentes de
la decisión de la Reserva Federal, con abundantes alusiones a la Gran
Depresión que arrancó en 1929 y otras al más cercano salvataje en 1998 de un
fondo de inversión (LTCM). Pocos recordaron, sin embargo, las bruscas
reducciones de tasa de interés que, bajo la conducción de Alan Greenspan, adoptó
la Reserva Federal después del 11 de setiembre del 2001.
Todo pronóstico sugiere que una recesión en Estados Unidos es ya inevitable
--discuten su envergadura, no su cercanía--- con lo que las cosas se podrán peor
antes de mejorar. Algunos economistas dicen que es posible que, en alguna
medida, lo actual sea peor que el 29 porque el ingreso real a la Gran Depresión
no fue ese año, sino en el período 30/31 caracterizado por la caída de
instituciones financieras. No pasará mucho sin que la sociedad conecte las
paralelas de su economía y de la insensatez de Irak. Pero aun así no es
seguro que la solución esté al alcance de la mano: la situación generada por la
invasión es tal que parece poco menos que imposible que un presidente de EE.UU.
--cualquiera sea su filiación política-- puueda extraerse de las arenas envenenadas
del Golfo Pérsico con facilidad.