ambién
parece casi seguro que crecerán las mayorías demócratas en el Senado y la Cámara
de Representantes. Entonces, parece que Obama podría asumir el cargo con un
mandato relativamente fuerte de parte de los votantes. Si uno se pregunta cómo
es que Obama fue capaz de lograr esto, cuando entró a la carrera apenas hace
seis meses como joven y poco probable vencedor, la respuesta parece clara. Obama
enfatiza el asunto del “cambio” y este punto parece haberle resonado a los
votantes, incluidos muchos que no habían votado antes.
Por supuesto, cambio es un término
ambiguo y su significado varía según quienes lo pregonen. Pero parece ser que el
asunto del “cambio” responde a un alto grado de incomodidad en Estados Unidos en
el contexto de la actual situación general del país en el mundo. Las dos zonas
de máxima incomodidad son la guerra de Irak y el estado de la economía. Lo que
la mayoría de los votantes parece estar diciendo es que piensa que la guerra en
Irak es un pantano, y que fue un error haber invadido ese país. En cuanto a la
economía, los votantes parecen decir que su nivel actual de vida ha ido bajando
y que tienen mucho miedo de que continúe cayendo todavía más. Así que,
básicamente, rechazan las principales líneas de argumentación del régimen de
Bush, y en gran medida lo culpan por sus incomodidades. Es menos claro cuáles
son los cambios específicos que los votantes quieren, pero algo desean.
Obama tiene un segundo atractivo más
allá de acometer el asunto del cambio. Es una cuestión de estilo. Él afirma que
está deseoso de hablar con todo mundo. A nivel internacional con las supuestas
fuerzas no amistosas y con los supuestos aliados, y a nivel interno con personas
de todas las facciones políticas. Esto contrasta con la repetida insistencia de
Bush de que hay todo tipo de grupos con los que Estados Unidos no debería
“negociar” jamás.
Hay una segunda clase de atractivo
estilístico de Obama. Él dice, una y otra vez, “¡Sí, nosotros podemos!” Éste es
un punto que retomó de César Chávez, el legendario líder hispano de los
trabajadores agrícolas, cuyo lema era “¡Sí, se puede!” Este punto atrae
particularmente a todos aquellos que se han sentido marginados en el sistema
político estadounidense, y que encuentran que este punto los empodera.
Así, ahora que Obama parece cerca de
convertirse en presidente, ha comenzado una considerable discusión en la prensa,
en el Internet, y en el debate público, en torno al tipo de cambios que intenta
emprender, de hecho, Obama. Ésa, me parece, es la pregunta equivocada. La real
cuestión es qué tipo de cambios puede hacer, cuestión totalmente diferente.
El historial de Obama es el de un
demócrata liberal que se opone a la guerra de Irak y cuyo modo de actuar ha sido
siempre de centro-izquierda, algunas veces con fuerza y otras con mucha
prudencia. Es seguro que intenta conferirle un estilo diferente a la Casa
Blanca. Lo que es bastante menos claro es qué tan radicalmente diferentes serán
las políticas que intenta implantar. Pero aun suponiendo que fuera más radical
políticamente de lo que parece a simple vista, la cuestión continúa siendo ¿qué
puede hacer?
Sin duda, los presidentes de Estados
Unidos pueden afectar las políticas de modos importantes –George W. Bush lo ha
demostrado– pero también quedan prisioneros de su propio cargo. Es por eso
importante revisar cuáles son las opciones en política exterior, en política
económica, y en aquel ámbito más suelto que podríamos llamar política cultural.
En política exterior, el asunto más
inmediato y avasallador es Medio Oriente –no sólo vis-à-vis Irak, sino
también vis-à-vis Afganistán, Irán, Paquistán e Israel/Palestina. Bush
ha trabajado muy duro para atarle las manos a su sucesor. Pero cometió el error
de pensar que la política estadounidense en Medio Oriente está primordialmente
en manos del gobierno estadounidense. Yo ya no pienso que ése sea el caso. Hay
un torbellino de fuerzas en esta región que están más allá del limitado poder
del gobierno de Estados Unidos, como para poder canalizar su dirección. En Irak,
lenta, pero seguramente, acumula vapor el nacionalismo antiestadounidense. En
Afganistán, los talibanes regresan subrepticiamente al poder de facto y
como subproducto amenazan perturbar el funcionamiento de la OTAN como fuerza
internacional. En Pakistán, parece que Estados Unidos quedará reducido a rezar
en silencio para que su amigo Pervez Musharraf, cada día menos popular, pueda
capear el temporal. Los iraníes han decidido que simplemente pueden desafiar a
Estados Unidos sin incurrir en ningún peligro real. Y tanto Israel como la
Autoridad Nacional Palestina se hallan en terrenos mucho más inestables que
nunca, interna e internacionalmente. En gran medida, Condoleezza Rice es
ignorada por todos. ¿Tratarán diferente al secretario de Estado de Obama?
Si el torbellino deshace las
políticas estadounidenses en la región y si incluso las fuerzas estadounidenses
se retiran de Irak, ¿será la consecuencia que Europa occidental, Rusia, China y
América Latina se acerquen, de hecho a Estados Unidos, aun cuando aprecien el
estilo más amigable e inteligente de Obama? Las tendencias geopolíticas
subyacentes están en contra de Estados Unidos. Obama puede hacerlo mejor que
Bush, pero ¿qué tanto mejor?
La historia no es muy diferente si
miramos el estado de la economía estadounidense. Sin duda, una administración
demócrata tendrá políticas diferentes en cuanto a impuestos, atención a la salud
y medioambiente. Y probablemente 80 por ciento de la población más pobre la
pasará mejor. Pero los empleos en el ámbito de la manufactura no regresarán, aun
cuando Estados Unidos hundiera sus propios pactos neoliberales de comercio. En
este ámbito, hay también un torbellino, uno tal vez aún más poderoso que el
torbellino político de Medio Oriente, y Estados Unidos no controla su
despliegue.
Esto deja un ámbito donde Obama puede
contar con cierto margen, ése que llamo sueltamente el ámbito cultural. Su
campaña ha movilizado una fuerza popular que cobra fuerza y autonomía. Es ésa
donde la gente dice: “sí, nosotros podemos”. Obama pudo haber sido de ayuda para
encender esa fuerza, pero es una fuerza que cobra impulso propio y que tendrá
mucho impacto en lo que haga como presidente. En un sentido amplio, es una
fuerza que lo empuja, como presidente, hacia la izquierda, directamente y a
través de los miembros del Congreso. Es muy difícil decir con exactitud adónde
empujará esta fuerza a Obama. Pero su impacto puede resultar comparable a aquel
que tuvo la llamada derecha religiosa en las políticas del Partido Republicano
en los últimos 30 años.
Martin Luther King Jr. dijo: “Tengo
un sueño”. El sueño de un Estados Unidos diferente con prioridades diferentes y
convenciones más igualitarias. Si este próximo periodo conduce aunque sea a la
realización parcial de un sueño así, tendrá, por supuesto, un impacto de largo
plazo en el papel que juega Estados Unidos, y en el que desea jugar, en el
sistema-mundo. Tendrá un impacto de largo plazo sobre el tipo de estructuras
económicas que Estados Unidos mantiene para sí mismo y que el mundo mantiene
para sí mismo. El cambio es de hecho posible, y es potencialmente un cambio
positivo. Todo depende mucho menos de Obama que del resto de nosotros. Pero
Obama, podría, únicamente podría, darnos el espacio para que el “nosotros” de
“sí, nosotros podemos”, lo empujara a él y a Estados Unidos.