Prostitutas novatas, que esperaban
cobrar 5.000 dólares la hora, madres que abandonaban a sus clientes antes de
tiempo para ir a buscar a sus hijos, o acompañantes de elevado cachet que no
tenían ni idea de cómo firmar una tarjeta de crédito.
En esta ocasión, Lewis llamó al jefe del Emperors Club, Mark Brener, para
contarle la última historia de incompetencia de parte de una empleada. Le contó
que el 29 de enero pasado, una de las prostitutas habituales del club no había
acudido a una cita y había enviado "mensajes alocados". Lewis supuso que la
prostituta estaba consumiendo drogas.
"Muchas de estas chicas se deterioran hasta llegar a una situación como ésta",
dijo Lewis.
El Emperors Club estaba plagado de problemas mucho antes de que se presentaran
cargos en su contra esta semana y el gobernador de Nueva York Eliot Spitzer
-conocido también como el "Cliente 9&qquot;- renunciara a su cargo luego de un
encuentro con "Kristen", una joven de 22 años identificada ahora como una
aspirante a cantante. En la declaración jurada de 55 páginas que detalla la
investigación que llevó adelante el FBI, en la que se escudriñaron 5.000
llamadas telefónicas al Emperors Club y 6.000 correos electrónicos, esta empresa
parecía una pyme sobrecargada más que una sofisticada red de prostitución.
La investigación del FBI recurrió a agentes encubiertos, vigilancia en los
estacionamientos y todo el poder de las intercepciones para armar un retrato
completo de la prostitución moderna. El Emperors Club hizo más de 1 millón de
dólares en tres años y pagó cerca de 400 mil a más de 50 prostitutas. En su
sitio Web, prometía a los clientes que los servicios del Emperors Club volverían
la vida "más pacífica, equilibrada y hermosa, además de dotarla de sentido".
Los cuatro coordinadores de esta empresa -Brener, la gerenta Cecil Suwal y los
encargados de armar las citas Lewis y Tanya Hollander- debían lidiar con una
lista interminable de problemas cotidianos al atender a adinerados hombres del
mundo entero. Se quejaban de las deslucidas propagandas en Los Angeles, de
nerviosas empleadas nuevas que preferían "modelar, nada más", de las fallas de
Internet y de dificultades para transferir dinero a dos cuentas bancarias.
El cerebro del Emperors Club se quejaba tanto de la oferta como de la demanda.
Según Bre ner, una de sus prostitutas tenía "el aspecto de un carnicero". Y
Lewis se quejaba también de que el "Cliente 9" enojaba por lo general a las
prostitutas al pedirles "cosas que uno no considera seguras".
Cuando estos cuatro acusados ahora lanzaron en diciembre de 2004 el Emperors
Club, dotaron a su compañía de todos los elementos propios de una empresa
legítima. Abrieron una cuenta bancaria a nombre del QAT Consulting Group Inc., y
más tarde, de la QAT International Inc. Crearon tres números telefónicos
también, con un contestador automático en el que podía oírse una agradable voz
femenina. Diseñaron un elegante sitio en Internet con una página en la que
aparecía una mujer desnuda tirándose para atrás su cabello castaño enrulado y la
frase "Todo cliente es un emperador".
El club incluía en esta página, con letras mayúsculas, la siguiente aclaración:
"El dinero que se intercambia es nada más que para el baile, modelaje,
entretenimiento o mensaje (sic) de relax de nuestras empleadas. Bajo ninguna
circunstancia nuestras acompañantes aceptarán dinero por servicios considerados
indecentes."
En reuniones entre ellos, Brener, Lewis, Suwal y Hollander asignaron a cada
prostituta un puntaje de entre 1 y 7 "diamantes" y los precios se ajustaban a
esta categoría. Las prostitutas más baratas costaban 1.000 dólares la hora. Las
de 7 diamantes 3.100. Pero también había un grupo selecto, cuyas integrantes
eran ofrecidas a los clientes más fieles por 5.500.
El equipo gerencial se quejaba a veces de los clientes, que podían llegar a ser
difíciles. Uno dijo que la prostituta que le habían enviado era "más sexo que
sexy". Otro quería a cuatro mujeres a las que les gustara "la fiesta", que
debían volar a Miami y aceptar cuatro horas de servicio cada una.