Las elecciones
legislativas estadounidenses de noviembre de 2006 se tradujeron, o por lo
menos algunos lo pensaban así, en el envío de un mensaje claro: al votar
contra los republicanos (que perdieron más del 5% de los votos y una treintena
de escaños en la Cámara de Representantes), una mayoría de estadounidenses
mostraba su voluntad de cambiar la política exterior del país. Y, más
precisamente, la de salir del atolladero iraquí. Por eso la elección de una
nueva mayoría demócrata, tanto en el Senado como en la Cámara de
Representantes. Pero transcurrido más de un año y con más de 160.000 soldados
estadounidenses desplegados en Irak, resulta que los parlamentarios demócratas
no han cambiado en nada el despliegue estadounidense. De hecho, apenas habían
conquistado la mayoría en las dos cámaras del Congreso cuando el presidente George W. Bush decidió aumentar la cantidad de tropas en Irak enviando
21.500 soldados adicionales. La política militar de Bush y la reafirmación de
sus prerrogativas en este ámbito ilustran el poder que tiene el jefe del
ejecutivo estadounidense (y comandante de las fuerzas armadas) en tiempos de
guerra. Implícitamente, muestran la importancia del desafío que enfrenta el
Congreso cuando piensa en modificar, en ese tema preciso, la estrategia de la
Casa Blanca.
Desde la Segunda Guerra Mundial y hasta la presidencia de William Clinton,
cada vez que se planteó la cuestión de los poderes constitucionales
estadounidenses relativos a la guerra, el Congreso se desdibujó ante el
“comandante en jefe”. Todos los presidentes, o casi todos, han reafirmado su
poder. Sólo en 1973-1975, en el contexto de una Casa Blanca debilitada por el
escándalo de Watergate, los movimientos pacifistas y los desastrosos
resultados de la generalización de la guerra de Vietnam al conjunto de
Indochina, el Congreso pudo imponer el final del conflicto, al negarse a
financiar su prosecución y la intensificación de las operaciones armadas. Esta
jurisprudencia permite dimensionar mejor las dificultades de algunos
representantes en el Congreso cuando pretenden refrenar al comandante en jefe.
Poderes de guerra
En su origen, la Constitución fue redactada para instaurar un sistema de
control y de equilibrio (checks and balances) entre las tres ramas del
gobierno nacional de Estados Unidos, incluyendo al poder judicial. En lo que
se refiere a la guerra y al uso de la fuerza militar en el exterior, los
padres fundadores de la Constitución fueron claros: ningún presidente puede
comprometer las fuerzas armadas sin el apoyo explícito del Congreso, salvo en
la hipótesis de que Estados Unidos deba “rechazar ataques repentinos”. Le
corresponde al Congreso la tarea de “declarar la guerra”, “reclutar y mantener
ejércitos”, “crear y mantener una marina de guerra”, y “proveer a la defensa
común”, entre otras prerrogativas militares (1). Aunque se confiere la función
de “comandante en jefe” al presidente, el Congreso tiene una autoridad
considerable en materia de poderes militares, tal como lo precisa el análisis
histórico de los debates que tuvieron lugar en ocasión de la ratificación de
la Constitución. El Congreso, en caso de que decida usarlos, dispone también
de diferentes medios para limitar las acciones del Presidente en tiempos de
guerra. El más importante es el poder de controlar –y, dado el caso, de
interrumpir– el financiamiento de las operaciones militares (2).
Durante el primer siglo y medio de existencia de la república
estadounidense, el Congreso logró proteger sus poderes constitucionales de
guerra contra la codicia del presidente (3). Pero desde la Segunda Guerra
Mundial y el comienzo de la Guerra Fría, los congresistas estadounidenses
dudan en usar esos medios de control. Cuando, en la presidencia de Richard
Nixon (1969-1974), el Congreso descubrió que el ministerio de Defensa había
ordenado operaciones clandestinas de bombardeo en Camboya, durante la guerra
de Vietnam, se mostró poco diligente para imponer al comandante en jefe
límites estrictos destinados a impedir que se reprodujeran acciones similares
(4).
En 1973, el Congreso, pasando por alto el veto del presidente Nixon, votó
la ley sobre los poderes de guerra (War Powers Act) que obliga al presidente a
“consultar” al Congreso antes y durante las operaciones militares (5). Esta
ley estipula también que las operaciones exteriores no pueden proseguirse más
allá de sesenta días sin que el Congreso las apruebe. Pero tal disposición,
destinada a frenar la acción de la Casa Blanca, se reveló ineficaz, porque los
diferentes presidentes la han interpretado en su propio beneficio: en lugar de
“consultar” al Congreso, en general se han limitado a “informar” a algunos
congresistas de peso, poco antes de lanzar una operación militar.
El presidente George H. W. Bush (1989-1993), por ejemplo, sólo comunicó al
Congreso en 1989 su decisión de invadir Panamá cinco horas antes del comienzo
de los combates. En 1986, el presidente Ronald Reagan (1981-1989) sólo reveló
a un pequeño grupo de congresistas importantes el proyecto de bombardeo contra
Libia tres horas antes de su inicio. En el caso de la invasión estadounidense
a la isla de Granada en 1983, no se hizo ninguna consulta. De manera parecida,
cuando en 1980 el presidente demócrata James Carter (1977-1981) lanzó la
operación para recuperar a los rehenes estadounidenses detenidos en Irán –en
la cual hizo intervenir a las fuerzas para operaciones especiales y que
terminó en un fracaso vergonzoso– ignoró la opinión de los miembros de su
propio partido y no se preocupó por la opinión del Congreso (donde sus amigos
demócratas eran mayoría) (6).
La ley sobre los poderes de guerra fue casi sistemáticamente abusada por el
comandante en jefe, así fuera republicano o demócrata; y el Congreso mostró su
disposición a tolerar la prosecución de misiones militares, una vez que habían
sido iniciadas (7). Cuanto más se reforzaba el poder y la influencia del
ejecutivo, a medida que se atenuaba el recuerdo de los abusos de poder del
Watergate, más el Congreso renunciaba a sus prerrogativas militares
constitucionales (8). Esta situación también caracterizó a los ocho años que
precedieron a la actual administración Bush.
La administración Clinton
Bajo la presidencia de William Clinton (1993-2001), los altos responsables
de la Casa Blanca continuaron sosteniendo que el comandante en jefe estaba
habilitado para utilizar la fuerza sin consentimiento previo del Congreso.
Tanto si se trataba de los bombardeos contra Irak ordenados por el presidente
Clinton en varias ocasiones, o de su decisión de desplegar 10.000 soldados
estadounidenses en Haití en 1994, como de lanzar misiles contra las guaridas
de Osama Ben Laden en 1998, esa manera de proceder se volvió rutinaria (9).
Pero hay dos casos de intervención militar que merecen una atención
especial: Bosnia en 1995 y Kosovo en 1999. Cuando Estados Unidos usó la fuerza
en Bosnia, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y la Organización
del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) aprobaron explícitamente esta decisión.
Fueron militares estadounidenses los que efectuaron la mayoría de los
3.500 bombardeos de la OTAN contra las fuerzas de Bosnia y Serbia. Para
justificar esta acción ante los parlamentarios estadounidenses, el presidente
Clinton afirmó que sus poderes de comandante en jefe autorizaban tales
bombardeos, sin requerir un aval legislativo (10). El Congreso, que en ese
momento tenía mayoría republicana, no se pronunció sobre la constitucionalidad
de esta decisión, esperando evaluar sus consecuencias políticas. Cuando, más
adelante, la administración Clinton envió miles de soldados estadounidenses
para integrar las filas de las fuerzas de paz de la OTAN en Bosnia, los
parlamentarios republicanos se pronunciaron a favor de un “apoyo a las tropas
pero no a la política” (11). En suma, trataban de evitar cargar con la
responsabilidad constitucional de la misión, pero haciendo al mismo tiempo una
demostración simbólica de su patriotismo y de su “apoyo a las tropas”.
La misma ambigüedad (o el mismo doble juego) se manifestó del lado de la
Casa Blanca. Antes de los bombardeos aéreos de la OTAN a Kosovo (marzo-mayo de
1999), Clinton deseaba que la intervención estadounidense obtuviera el aval
del Congreso. Sin embargo, hizo prevalecer al mismo tiempo su poder de actuar,
dado el caso, independientemente de la voluntad de los congresistas. De esa
manera el presidente estadounidense contaba con una garantía, sin querer
asumir el riesgo de crear un precedente que cuestionara los poderes militares
del jefe del Poder Ejecutivo (12). En ese caso, la Cámara de Representantes
prefirió no tomar posición, contentándose con dejar hacer al presidente.
Una vez comenzados los bombardeos, el diputado republicano de California (y
ex profesor de Derecho) Thomas Campbell, un francotirador en su propio
partido, trató de probar los poderes de guerra del Congreso pidiendo, durante
una primera votación, el retiro de todas las fuerzas estadounidenses de la
zona del conflicto. Luego, en ocasión de una segunda votación, reclamó que el
Congreso declarara la guerra a Serbia. Con esto, Campbell esperaba que fueran
los tribunales los que tuvieran que decidir (y, llegado el caso, la Corte
Suprema) la conformidad de la política yugoslava de Clinton con sus poderes
constitucionales. Sin apoyo en la dirección de su partido, y tampoco en las
filas demócratas, sólo pudo constatar el fracaso sucesivo de sus dos
propuestas de ley. Los diputados demócratas propusieron, por su lado, una
moción de apoyo a la participación militar de Estados Unidos. Pero tampoco
consiguieron los suficientes votos republicanos como para que fuera aprobada
(13).
En resumen, el Congreso de mayoría republicana no cuestionaba la
constitucionalidad de la acción del presidente demócrata, pero tampoco le
otorgaba su apoyo… Numerosos representantes demócratas, y el presidente del
grupo, Richard Gephardt, declararon que a ellos les parecía inoportuno que el
Congreso emitiera una opinión sobre la constitucionalidad de los bombardeos en
momentos en que los combates se llevaban a cabo (14).
Este esquema de un Congreso con espíritu partidario, que otorga su aval al
presidente, caracteriza la interacción entre el poder ejecutivo y el poder
legislativo en materia de poderes de guerra. Y permite comprender mejor el
caso actual de Irak. Porque ese mismo espíritu partidario se manifiesta ahora,
pero esta vez los amigos son los parlamentarios republicanos que pretenden que
el Congreso (de mayoría demócrata) no disponga de autoridad constitucional
para oponerse a la voluntad del jefe de los ejércitos, a pesar del claro
principio constitucional de check and balances. También muchos representantes
demócratas se opusieron al senador Edward Kennedy, miembro eminente de su
partido, cuando condicionó el reciente aumento de los efectivos militares
estadounidenses en Irak al voto de los congresistas. Varios dirigentes
demócratas cuestionaron entonces la constitucionalidad de tal propuesta, lo
que afianzó el propósito de la Casa Blanca (15).
En resumen, en el período reciente, casi cada vez que un presidente
estadounidense envió tropas al extranjero, el Congreso abdicó de sus
prerrogativas constitucionales. En general se limitó a emitir protestas
simbólicas o a votar resoluciones –no obligatorias– que criticaban la acción
del Presidente. Lo mismo ocurre en este momento. Esa es la causa de los
obstáculos que enfrentan ahora los demócratas realmente deseosos de poner fin
a la guerra en Irak. En cambio, podría haber una oposición ante el
desencadenamiento de una operación militar contra Irán, por la creciente duda
que ahora provoca cualquier revelación de la Casa Blanca de que una amenaza
inminente pesa sobre la seguridad del mundo.
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Notas:
1 James Madison, Notes of Debates in the Federal Convention of 1787 (1966;
reedición W.W. Norton, Nueva York, 1987). Constitución de Estados Unidos,
artículo 1, sección 8.
2 Charles A. Lofgren, “War-Making under the Constitution: The Original
Understanding”, Yale Law Journal, nº 81, 1972, pp. 672-702.
3 Francis D. Wormuth y Edwin B. Firmage, To Chain The Dog of War: The War
Powers of Congress in History and Law, 2ª edición, University of Illinois
Press, Urbana, 1989.
4 John Hart Ely, War and Responsability: Constitutional Lessons of Vietnam
an Its Aftermath, Princeton University Press, Princeton, 1993.
5 El Congreso puede desconocer el veto presidencial si obtiene una mayoría
de dos tercios en ambas cámaras.
6 Robert A. Katzman, “War Powers: Toward a New Accommodation”, en Thomas E.
Mann (dir.), A Question of Balance: The President, the Congress, and Foreign
Policy, Brookings Institution, Washington, DC, 1990.
7 En cambio, en el caso de la guerra del Golfo (1991) el Congreso aprobó la
iniciación de las operaciones militares, porque varios demócratas apoyaban al
presidente George H. W. Bush.
8 Sobre esta noción más amplia de ejecutivo imperial, véase Arthur M.
Schlesinger, J. The Imperial Presidency, Houghton Mifflin, Boston, 1989.
9 Ryan C. Hendrickson, The Clinton Wars: The Constitution, Congress and War
Powers, Vanderbilt University Press, Nashville, Tennessee, 2002.
10 Bill Clinton “Letter to Congressional Leaders Reporting on the
Deployment of United States Aircraft to Bosnia-Herzegovina”, Public Papers of
the Presidents, 1-9-1995, pp. 1279-1280.
11 Congressional Record, 13-12-1995, H 14849.
12 Bill Clinton, “Letter to Congressional Leaders Reporting on Airstrikes
Against Serbian Targets in the Federal Republic of Yugoslavia (Serbia and
Montenegro)”, Public papers of the Presidents, 26-3-1999, pp. 459-460.
13 Hendrickson, ibid., pp. 130-133.
14 Jon Sawyer, “Congress Faces the Unpleasant Task of Going on Record about
War in the Balkans”, St Louis Dispatch, 25-4-1999, p. A12.
15 Jon Ward, “Kennedy Proposal Uncovers Party Rift, Leave Irak Now vs. slow
Retreat”, The Washington Times, 10-1-07, p. A1.
Ryan C. Hendrickson es profesor de Ciencia Política en Eastern Illinois
University.
Traducción: Lucía Vera