Estas prácticas no son novedosas: los EE.UU. las han hecho por años en
decenas de países de América Central, Asia y África, a través de la propia
tropa, de mercenarios o de gobiernos títeres. Claro que jamás se atreverían con
Corea del Norte, con China o con Cuba, países que dispuestos a defenderse
dejarían al pueblo norteamericano sin madera para los ataúdes, sin lugar para
enterrar a sus muertos y con una crisis del sector de seguros de vida que
duraría por años.
Pero aún en esos países que son débiles militarmente, después de cada
invasión comienza la resistencia con lo que se tiene a mano y es ahí cuando
comienzan los problemas para justificar la estadía de los soldados en tierras
extrañas y no solo bajo el fuego de morteros, sino prestos a morir despedazados
por bombas, por ataques suicidas, por el síndrome de la guerra, y por la locura
que origina el consumo de drogas desmedido para poder sostenerse en pie y
mantener el fusil erguido mientras son atacados.
Primer premio de World Press Photo, tomada por el periodista británico Tim
Hetherington y publicada en Vanity Fair. Muestra a un joven militar
norteamericano no identificado, agotado e intentando descansar en Korengal
Valle, Afganistán. Seleccionada entre 80.536 imágenes, la foto "muestra el
agotamiento de un hombre y el agotamiento de una nación", según la conclusión
del presidente del jurado que le dio el premio mayor.
Las cifras más modestas de soldados estadounidenses y de países aliados
muertos en Afganistán e Irak rondan los 80.000, los heridos sobrepasan los
110.000 y los suicidios ya suman 10.000. De manera que las aventuras
imperialistas no son gratuitas. Lástima que cuestan la vida de seres humanos que
no desean estar ahí o que pensaron que enrolándose en las fuerzas armadas
tendrían trabajos de escritorio y jamás llegarían a ir al frente.
La única razón por la cual EE.UU. todavía no se retiró con el rabo entre las
piernas de estos países es LA MENTIRA. Desde las oficinas del secretario de
estado de turno se tejen innumerables artimañas para ocultar al pueblo el saldo
que deja la verdadera historia de estas guerras.
Hace cinco años, en ese mismo Departamento de Estado, se creó un área de
Relaciones Públicas Internacional al comando de una reconocida publicista cuyo
objetivo principal era no solo convencer a los estadounidenses sino a los
gobiernos de otros países de la necesidad de imponer por medio de las armas "la
democracia en el mundo". Una estupidez semejante no tenía mucho tiempo de vida y
concluyó después de breves escarceos. De modo que se recurrió a la MENTIRA
simple y llana. La información oficial habla de 4.000 muertos en Irak y no se
hace ninguna referencia a la situación en Afganistán.
Cuando los cadáveres llegan a los EE.UU., por lo general vía aérea, el
aeropuerto es cerrado, como mínimo por una hora y la ceremonia de entrega del
cuerpo es restringida únicamente a familiares directos. De allí salen en
ambulancias y el periodismo es alejado de la zona en un área de 10 kilómetros.
El movimiento de ambulancias es común y no puede llamar la atención, por lo
tanto, no hay ni responso, ni embanderamientos visibles ni nada que se le
parezca. Los muertos de la guerra son SECRETO DE ESTADO y todos los gastos
también corren por su cuenta.
No hay duda que el conocimiento de las verdaderas cifras hubieran dado por el
traste con la administración Bush hace rato y en este momento el sátrapa estaría
más preocupado por evitar a la justicia que por estar extorsionando para sus
aventuras bélicas al Congreso de los EE.UU., cada vez que necesita un aumento
del presupuesto para seguir manteniendo su infraestructura militar en países
que, a pesar de haber sido arrasados, no están vencidos.
En Londres, capital de su principal aliado, en lo alto de un edificio público
hay un contador electrónico que arroja la cifra en segundos del dinero que
invierte los EE.UU. en la guerra.
Una estadística de hace 10 años hacía referencia a que "por cada dólar que
las Naciones Unidas gastan en sus misiones de paz, el mundo invierte dos mil
dólares en gastos de guerra." Bien decía don Teodoro Roosevelt que "ningún
triunfo pacífico es tan grandioso como el supremo triunfo de la guerra". Habrá
sido por eso que en 1906 le dieron el Premio Nóbel de la Paz.
Todavía habrá muchas más cruces que instalar en cementerios norteamericanos
para honrar a "aquellos que dejaron su vida por la libertad de los pueblos".
Si ellos lo creen así no hay porque contradecirlos, son sus muertos, no los
nuestros...
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