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Jhon McCain, el casi seguro rival de
los demócratas en las elecciones presidenciales de noviembre |
Hace seis meses estaba
prácticamente descartado, pero ahora, tras el retiro de su rival Mitt
Romney, tiene la nominación republicana al alcance de la mano. Sin
embargo, para pavimentar su camino a la presidencia, el senador y
veterano de Vietnam tendrá que conquistar todavía el respeto, y los
votos, del ala más dura de su partido.
Por
Corine
Lesnes -
Le Monde /
The New York Times Syndicate
Hace seis meses, la carrera electoral parecía una causa perdida para John
McCain. La prensa hacía las cuentas: al candidato republicano no le quedaba ni
un millón de dólares en el banco. Sus dos encargados de campaña se habían ido.
La mitad del personal había sido despedida y los ayudantes que quedaban habían
aceptado trabajar sin cobrar o con un sueldo muy bajo.
Después de haber partido como uno de los favoritos en la carrera de los
pretendientes republicanos a la presidencia, John McCain iba a la zaga. Y las
razones que se aducían eran diversas: su edad (71 años), su postura respecto de
la guerra en Irak alineada con la del Presidente George W. Bush, no menos
impopular y sus conceptos sobre la inmigración, demasiado centristas para la
opinión de la franja más nacionalista del Partido Republicano.
Cuando se veía a John McCain casi daba lástima, con su actitud todavía un
poco arrogante y orgullosa. Mientras los favoritos guardaban su agenda casi en
secreto, para evitar el acoso de la prensa, la suya era completamente accesible.
Invariablemente, el empleo de su tiempo implicaba varios "encuentros con los
medios", signo inequívoco de una campaña necesitada de publicidad a bajo costo.
Pero los periodistas no se atropellaban para verlo, y a lo más querían saber
cuándo McCain, ante la estrechez de fondos, iba a echar mano de la fortuna de su
esposa, Cindy, heredera del gran distribuidor de cerveza Hensley. Su respuesta,
invariablemente, era: "¡Nunca!".
A fines de septiembre del año pasado, el senador por Arizona se encontraba en
un restaurante del noroeste de Iowa en un "café-encuentro" con los electores de
aquel estado semirrural del Medio Oeste. La audiencia era rala: algunas madres
de familia, un puñado de ex combatientes, varios jubilados. McCain recibió la
primera pregunta sin chistar. "¿Por qué usted defiende tanto a los
inmigrantes?". Él respondió, como ha hecho desde entonces, insistiendo en la
necesidad de "asegurar" las fronteras, más que de regularizar a los
clandestinos. Después habló de los servicios prestados por los latinos al país.
"Les aconsejo que vayan a ver el número de nombres hispanos en el muro a la
memoria de las víctimas de Vietnam, en Washington".
Esa misma tarde, McCain participó en un debate en Sioux Falls. Entre sus
adversarios sólo estaba presente Mike Huckabee, pastor evangélico y gobernador
de Arkansas, en ese tiempo todavía muy desconocido. El debate se convirtió en
diálogo. Mismo tamaño, mismo respeto proclamado uno por el otro: los dos hombres
más parecían compadres que adversarios, al grado que alguien les preguntó si no
aceptarían ser compañeros de fórmula. Evadieron la respuesta.
Luego se lanzó otra pregunta: ¿no era ya tiempo de que John McCain arrojara
la toalla? El senador descartó la idea en menos de medio segundo: "He conocido
peores tiempos que el presente". Tres meses después, el veterano recuperó el
aliento al ganar las primarias de Nueva Hampshire. Sus partidarios mostraron su
alegría: "Mac is back".
También el dinero regresó. El viejo combatiente retomó su autobús de 1999, el
"Straight Talk Express", con el que cautivó a los medios cuando se enfrentó sin
éxito a George W. Bush por la investidura republicana de 2000. En él viaja
también su mamá, Roberta, de 95 años de edad. Al término del "súper martes", en
su discurso de cierre de la velada electoral, el candidato se presentó al lado
de su madre. "Cumple 96 años dentro de dos días", dijo con una sonrisa. "La
llevamos con nosotros a todas partes".
La dinastía McCain
Ésta no es la primera resurrección de John McCain. El 26 de octubre de 1967,
el avión de caza que pilotaba fue alcanzado por un misil y derribado encima de
Hanoi. Era su misión número 23. En el suelo, un guardia norvietnamita lo
traspasó con la bayoneta de su fusil y le hizo polvo la espalda. A la fecha, a
McCain todavía le cuesta trabajo subir los brazos para peinarse. En el "Hanoi
Hilton", la prisión para soldados estadounidenses, sufrió los interrogatorios de
sus captores. Uno de sus camaradas había logrado fabricar una bandera
estadounidense, que él desplegaba cuando iba a las sesiones de tortura.
Antes de su primera candidatura, McCain relató su detención en un libro "La
fe de mis padres" , donde revela que trató de ahorcarse con su camisa, pues
sentía que se iba a rendir y a hablar. Cuarenta años después, el 29 de octubre
de 2007, él festejó ese aniversario con una ceremonia en Sioux Falls, en
presencia de su compañero de detención Bud Day.
Recientemente, el procurador general de la administración de George W. Bush,
Michael Mukasey, se negó a pronunciarse sobre la "cura de agua", la técnica de
tortura utilizada por la CIA para interrogar a los musulmanes detenidos en sus
cárceles secretas. Pero McCain, que sufrió la tortura, no vacila: "Simplemente
está fuera de toda comprensión que alguien pueda aprobar una tortura inaugurada
por la Santa Inquisición, utilizada por Pol Pot y que ahora se aplica contra los
monjes budistas de Birmania [Myanmar]", declaró.
El veterano de guerra pasó cinco años y medio encerrado en Hanoi. Su padre
era entonces el comandante de las fuerzas navales del Pacífico, el almirante
John McCain. Y su abuelo, del mismo nombre, también fue almirante. John McCain
III siempre ha buscado su lugar dentro de la mitología familiar. Según el
informe del siquiatra de la Armada que lo examinó a su regreso de Vietnam, sólo
encontró ese lugar al cabo de los años de detención. En 1973, después de los
acuerdos de París, regresó a Estados Unidos como héroe. Su foto más conocida,
sin duda, es una que lo muestra todavía con muletas, estrechando la mano del
entonces Presidente, Richard Nixon.
En 1974, en una cena, el almirante fue presentado como "el padre del
comandante McCain". Ese día, observó el siquiatra, el joven "supo que había
llegado". Pero la epopeya de los McCain continúa. John McCain IV, de 21 años,
acaba de salir de la Academia Naval. Su hermano Jim, de 19 años, es cabo del
Cuerpo de Infantes de Marina y pasó cinco meses en Irak. El senador ha exigido
el envío de refuerzos a Irak. Para él, es una cuestión existencial. Ganar la
guerra de Irak sería darle vuelta a la página de Vietnam.
Mirando a la derecha
John McCain se prepara para ser el paladín republicano en las elecciones de
noviembre. Si ello ocurre, habrá necesitado años para conquistar el partido. Y
probablemente también necesitó que el movimiento conservador, que nunca lo ha
querido, estuviera en plena introspección como lo está después de ocho años de
presidencia de Bush y dividido entre sus "conservadores fiscales", sus
fundamentalistas y sus nacionalistas.
Desde la tarde de la desbandada electoral de noviembre de 2006, McCain tomó
nota. Para él, la derrota republicana se debió menos a Irak que al desorden de
los gastos públicos y a los casos de corrupción. Ante su auditorio, el senador
nunca deja de agitar "la pluma que le dio Ronald Reagan" y decir que promete
usarla para reducir el déficit fiscal. "Es lo mejor que le puede suceder a la
economía estadounidense", asegura.
McCain finalmente convenció a buena parte de su partido, pero ahí queda
todavía un grupo de irreductibles que han desarrollado contra él un odio
comparable sólo al que sienten por la ex primera dama Hillary Clinton. Circulan
mensajes por internet que acusan a John McCain de haber hablado bajo tortura y
de haber abandonado a su primera esposa al regresar de Vietnam, mientras los
fundamentalistas conservadores no le perdonan que en 2000 los haya llamado
"agentes de la intolerancia".
Desde entonces, él ha tratado de retractarse de aquellas críticas, un
espectáculo "poco grato de ver", como lo describió "The Washington Post". Y
repite cada vez que puede que siempre se ha opuesto al aborto y que nombrará en
la Suprema Corte a jueces "estrictamente conservadores", pero eso parece no ser
suficiente. Los tenores de la derecha cristiana, sin duda, esperan un gesto
bastante más espectacular de su parte (ver recuadro).
La ultraderecha le reprocha al senador por Arizona haberle puesto su nombre a
la reforma del financiamiento de los partidos políticos. A la cabeza del Comité
Senatorial de Asuntos Indígenas, también se permitió impulsar la investigación
sobre el escándalo que afectó al lobbysta republicano Jack Abramoff, hasta
convocar en esa campaña al gurú neoliberal Grover Norquist, uno de los ideólogos
del movimiento conservador.
McCain sigue salpicando su discurso con referencias a sus "amigos". Pero es
para hablar con la verdad, como promete el nombre de su camión de campaña. Sus
colegas senadores lo consideran colérico y él se jacta de ser llamado el
"sheriff" de las asignaciones de presupuesto. "No trato de ganar un concurso de
popularidad", reconoce. De niño era revoltoso y llegaba a contener la
respiración hasta ponerse morado. En el Ejército se ganó fama de temerario, y
terminó en la Academia Naval entre los últimos de su clase.
En la senda de campaña, sin embargo, McCain no se arruga cuando hay que
recurrir a un chiste fácil o de mal gusto. El año pasado cantó "Bombardeen Irán"
con música de los Beach Boys. Y una de sus observaciones preferidas causó risa a
expensas de Francia. "El Presidente francés [por Nicolas Sarkozy] ama a Estados
Unidos. ¡Lo que podemos llegar a ver si vivimos mucho tiempo!".
Los estadounidenses, que buscan desesperadamente un héroe, tendrán que
decidir en noviembre si es John McCain el héroe que les hace falta.
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Contra los talibanes de la derecha
Considerado demasiado independiente, socialmente moderado
y por lo general dispuesto a buscar acuerdos con los demócratas –tanto que
en 2004 incluso sonó como compañero de fórmula para John Kerry–, John McCain
se convirtió, desde el inicio de las primarias, en el enemigo público número
uno para los poderosos telepredicadores y comentaristas radiales de la
ultraderecha republicana.
El principal de ellos es el popular conductor
Rush Limbaugh, cuyo programa semanal tiene una audiencia de 13,5 millones de
personas y lleva semanas disparando contra el héroe de Vietnam. Mientras más
se acerca a la nominación, peores son los ataques. McCain “ha apuñalado
tantas veces a su partido por la espalda. Ni siquiera puedo decir cuántas
veces”, se indigna Limbaugh, para quien sería preferible que su partido
pierda la elección a que la gane McCain. James Dobson, jefe de la brigada
cristiana ultraconservadora Focus on the Family, advirtió a su vez: “Estoy
convencido de que el senador McCain no es un conservador y que, de hecho, se
ha esmerado en meterles su dedo en los ojos a quienes lo son”.
En la misma línea están el locutor Sean Hennity, que tiene casi tantos
oyentes como Limbaugh y además dispone de un programa en Fox News, y la
comentarista y escritora Ann Coulter, otra lengua envenenada de la derecha
radical, quien incluso prometió votar por Hillary Clinton, a quien calificó
como “más conservadora que McCain”.
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