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Bill e Hillary Clinton, en una fotografía de
los años 70 |
No fue una vida sencilla. Tuvo un padre duro casi maltratador y los
amiguitos la llaman "la monja".
Por
Paula Lugones - enviada especial
Clarín, Argentina
En esta esquina de Park Ridge, a unos 20 minutos de Chicago, las
chicas solían pasear para conquistar muchachos. Pero mirar y ser vista, ese
coqueteo adolescente que no tiene época ni fronteras no era algo que
entusiasmara demasiado a Hillary Rodham. Sus compañeros, por lo bajo, le
decían "monja" y la bautizaron con ironía "Hermana Frigidaire", esa
marca de heladeras tan popular en los 60. Algunos la consideraban algo "rara",
por estar demasiado involucrada en política, en una ciudad acomodada y
conservadora, donde los chicos no debían preocuparse nada más que por
estudiar.
En Park Ridge, 37.000 habitantes cerquita de Chicago, creció y forjó su
personalidad la ex primera dama y hoy precandidata a la presidencia de los
Estados Unidos. Con un padre autoritario, en este enclave casi exclusivo de
blancos, en la época en que una ola de afroamericanos llegaba a la zona
desde el sur, Hillary pasó su infancia y adolescencia hasta que, a los 17, se
fue a estudiar a Massachusetts. Aquí -¿pecado de juventud?- la pequeña Hillary
militó con fervor en el Partido Republicano.
La esquina de Prospect y Touhy es el alma de Park Ridge. Aquí está el teatro
Pickwick y el restorán del mismo nombre donde el hit del momento son las
hamburguesas "Hillary", con aceitunas y pan tostado. "Ella venía siempre acá
con sus amigas", cuenta a Clarín Georgia Kougias, la dueña del
restaurante, el típico comedero estadounidense donde la camarera rubia, amable
y algo rolliza, llena permanentemente el vaso de café -léase bebida oscura de
sabor dudoso- en las mesas. "Volvió y almorzó aquí en 2003 con la periodista
Barbara Walters", dice Georgia. "Aquí todos la queremos, es encantadora",
añade, mientras muestra una foto de la visita colgada en la pared. En verdad,
la senadora por Nueva York ganó por muy poquitos votos en esta ciudad a su
rival Barack Obama, en las elecciones del pasado martes. Una buena noticia
para ella, ya que el senador por Illinois arrasó en todo el Estado.
La infancia de Hillary en Park Ridge no fue fácil. El periodista Carl
Bernstein revela en su biografía sobre la ex primera dama (A woman in
charge) una complicada relación con un padre que llegaba a los límites
del maltrato. Hugh Rodham, un pequeño empresario textil, se mudó de
Chicago a esta ciudad cuando Hillary apenas caminaba. Casado con Dorothy, se
instalaron en una casa en la esquina de Elm y Wisner. Tuvieron otros dos
hijos, Hugh y Tony.
Hoy el lugar sigue siendo un barrio de amplias casas georgianas, rodeadas de
arces, y sumergidas en un silencio rotundo. La nieve amortigua cualquier
sonido. Casi no pasan autos ni tampoco se ve gente. Para los extraños hay un
pequeño cartelito en el poste de teléfono de la esquina: "Rodham córner",
anuncia. Allí está la casa donde creció Hillary, de piedra beige grisácea, dos
plantas y techos nevados. Nadie contesta el timbre: hacia adentro se ve un
living con un piano de cola cubierto de portarretratos.
Hugh Rodham la había comprado, a comienzos de los 50. Militante del Partido
Republicano, tenía un Cadillac estacionado en la puerta, pero retaceaba el
dinero a su esposa y los chicos. Su tacañería llegaba al punto de
apagar la calefacción de noche, en los durísimos inviernos. Según
testimonios a Bernstein, Hugh se sentaba a mirar televisión y daba órdenes a
todos. Si algo no estaba como él quería, se ponía violento. Una vez encontró
destapado el dentífrico y lo tiró de noche por la ventana al medio de la nieve
y obligó a sus hijos a salir a buscarlo. A Hillary no le daba dinero para
comprarse ropa de moda porque lo consideraba suntuario ni tampoco la dejaba ir
a los bailes. Sus comentarios racistas eran frecuentes.
Su esposa, Dorothy, era diferente. Más liberal y flexible, sus hijos se
refugiaban en ella cuando el padre se enfurecía. El desvalorizaba a su mujer
todo el tiempo. La pareja mantenía fuertes discusiones a menudo y cuando ella
amenazaba con irse, él le contestaba: "No dejes que la puerta te golpee el
trasero cuando te vayas". Y ella se quedaba. Siempre. El matrimonio, ante
todo. A la luz de su pasado, no extraña entonces que Hillary haya soportado
estoica los desbordes de su marido, Bill Clinton.
Pese a todo, Hillary adoraba a su padre, según cuenta ella en su autobiografía
(Living history) y se esforzaba por agradarle. En una escuela primaria
exclusiva para blancos, ella fue alumna excelente y también buena deportista y
girl Scout. Cuando comenzó la secundaria, ya eran los tiempos de John Kennedy
en el poder y la política comenzó a atraparla. Sin embargo, más seducida
por las ideas conservadoras del republicano Barry Goldwater, hizo campaña por
él cuando compitió por la presidencia -y perdió- contra Lyndon Johnson, en
1964.
Entonces los chicos no la veían atractiva, según contaron algunos compañeros a
Bernstein. Aunque era bonita, la consideraban algo mandona, autosuficiente y
poco interesada en el sexo. Los mayores, en cambio, se sentían atraídos por su
madurez. Ella, tímida en ese terreno, se escapaba y se refugiaba en otros
temas.
En aquel momento llegó a Park Ridge un nuevo pastor metodista, Don Jones, que
deslumbró a Hillary. Así, en lo que llamó "La Universidad de la vida", ella
fue por años hasta dos veces por semana a la Iglesia para aprender teología,
literatura y artes visuales, y quedó marcada con la idea de que el rol del
cristianismo es esencialmente moral: un balance entre la naturaleza humana,
con pasión por la justicia y la reforma social. La religión es aún hoy una
parte fundamental de su vida, aunque no sea demasiado evidente.
El pastor la llevó un día a ver a Martin Luther King y allí comenzó de a poco
su distanciamiento del conservadurismo. La tensión entonces con su padre se
tornaba insoportable. Ella terminaba la secundaria y decidió entonces ir a
estudiar al Wellesley College en otro Estado. Luego siguió con leyes a Yale,
donde conoció a Bill Clinton, y su historia a partir de allí es conocida.
Pero fue aquí, en Park Ridge, donde forjó su carácter; su inteligencia y
fortaleza, su ambición y su furia, su autosuficiencia y su capacidad para
soportar la humillación, la sensibilidad religiosa y la aversión a la
confrontación. Todo esto que alguna vez se gestó en un suburbio de Chicago se
pone en juego ahora, décadas después, en su dramática carrera hacia la Casa
Blanca.