a rabia y estupor que genera esa
política de genocidio contra el pueblo palestino contrasta con la
condescendencia que algunos medios y sectores muestran ante tamaña brutalidad.
Llama la atención que aquellos que hipócritamente dicen defender el valor de
la vida humana por encima de todo o que “ningún proyecto vale la vida de una
sola persona”, prefieren presentar la muerte de cientos de palestinos como las
consecuencias “de la guerra”, en la que al parecer las únicas víctimas son los
militarizados colonos
Que ocupan las tierras palestinas y los civiles que sostienen un régimen
fundamentalista y reaccionario como el sionismo israelita.
Cabría preguntar a esos sesudos analistas que desde la distancia pretenden
abordar la realidad del pueblo palestino, si en el caso del estado de Israel,
ese proyecto sí puede generarse a costa de las tierras y vidas de todo un
pueblo.
La distorsión malintencionada del proceso electoral en Palestina, donde
Hamas logró la mayoría parlamentaria en unas elecciones que cumplieron los
cánones exigidos en cualquier estado occidental, ha generado una división
formal entre los representantes palestinos, sobre todo entre Hamas y Al Fatah.
Y los dirigentes sionistas han aprovechado esa situación para aumentar esa
fractura política.
Las conversaciones y negociaciones entre Hamas y Al Fatal para buscar una
solución a la división política de facto entre Gaza y Cisjordania no eran del
gusto de Tel Aviv y cualquier acercamiento palestino suponía un serio revés
para la política sionista de “divide y vencerás”.
Pero además hay otras claves para afrontar el ataque indiscriminado de
Israel y las probables consecuencias en el futuro más inmediato.
La cercanía electoral es una de ellas. El próximo mes de febrero se
celebran las elecciones parlamentarias israelíes y es muy probable que el
vencedor sea el ultrareaccionario Likud, con su dirigente y halcón sionista,
Benjamín Netanyahu, como el principal beneficiario de esta nueva crisis. El
posicionamiento de buena parte de la sociedad israelí hacia posturas más
reaccionarias y militaristas es algo que se percibe sociológicamente, a pesar
de los esfuerzos de pequeñas minorías de ciudadanos que pretenden buscar una
salida negociada y definitiva al conflicto con Palestina.
También la clave electoral sobrevuela buena parte de las disputas entre
Hamas y Al Fatah. El nueve de enero acaba teórica y legalmente el mandato del
presidente palestino, Mahmoud Abbas, quien debería ceder sus poderes al
presidente del Parlamento, Abd al-Aziz Dweik, miembro de Hamas. Sin embargo,
Abbas no está por la labor y pretende convocar las elecciones presidenciales
al mismo tiempo que las parlamentarias (que deberían celebrarse en enero del
2010). Hamas se opone al adelanto de las elecciones parlamentarias, ya que en
esta coyuntura, con sus dirigentes y representantes presos el margen para la
celebración de unas elecciones libres es mínimo.
La radicalización del movimiento islamista, o de algunas manifestaciones
de éste, pueden ser otra de las consecuencias de esta maniobra de Israel.
Desde hace algún tiempo se ha venido constatando el flujo de militantes
jihadistas desde Iraq a otros países vecinos como Libano, Jordania o Siria. Si
en el pasado era movimientos puntuales y de tránsito, ahora se ha podido
observar que algunas formaciones han asentado sus operativos en esos estados,
y su disposición a actuar dentro de esas fronteras crece cada día.
La presencia de organizaciones salafistas en Palestina es pequeña de
momento, pero el apoyo de Arabia Saudí a éstas les puede permitir desarrollar
una estructura estable en la zona. Grupos como Jaysh al-Islam (el ejército del
Islam) son utilizados para debilitar a Hamas y buscar dificultar la labor
política y social del movimiento de resistencia. Esta táctica, ya utilizada en
el pasado en Palestina, con otros actores, para debilitar las fuerzas laicas y
progresistas palestinas, se ha mostrado con el tiempo muy peligrosa. Alimentar
este tipo de organizaciones y utilizarlas en una determinada dirección puede
dar frutos a corto plazo, pero con el tiempo pueden acabar volviéndose contra
las manos que les alimentan y sostienen.
Los países vecinos también se han mostrado preocupados por el cariz de los
acontecimientos, no tanto por el sufrimiento de “sus hermanos palestinos” a
los que hace tiempo abandonaron a su suerte, sino por las consecuencias que
pueden generarse para sus propios intereses. El auge de vía electorales como
los Hermanos Musulmanes en Egipto o Jordania, ponen muy nerviosos a los
gobiernos colaboracionistas de la zona, y este tipo de matanzas no hace sino
alentar las posturas de las organizaciones islamistas, las de carácter armado
como las electorales.
Los “vendedores y apologistas” del cambio de Obama se van a
encontrar con una nueva oportunidad para la especulación interesada. Una
mirada detallada a los apoyos que ha recibido en campaña el futuro presidente
de Estados Unidos, y los nombramientos que ha realizado en su equipo de
gobierno, nos permite observar cómo el lobby sionista ha movido fichas y ha
colocado importantes figuras en el nuevo gobierno estadounidense. De ahí que
aventurar un giro o un cambio de Washington hacia la política en la región es
una somera ingenuidad o una indeclarada mala fe.
Unido al cambio presidencial en EEUU también cabría interpretar el ataque
israelí. Ya que desde Tel Aviv se ha mandado un claro mensaje al futuro
ocupante de la Casa Blanca, y éste no es otro que los dirigentes sionistas en
Israel están dispuestos a seguir con su genocidio contra el pueblo palestino,
y para ello, Washington debe seguir siendo el colaborador internacional que
esa política de aniquilamiento necesita.
La “operación plomo sólido” lanzada por Israel tiene los visos de repetir
los errores del pasado, y más allá del dolor y la rabia esta estrategia
sionista está condenada nuevamente al fracaso, como lo han estado las
anteriores campañas y masacres cometidas por Israel. Hamas ha demostrado su
capacidad para continuar celebrando manifestaciones masivas, como la
concentración de hace unos días en Gaza, además el movimiento islamista ha
sido capaz de reponerse a cada golpe asestado por las fuerzas israelíes, y
“cada comandante o dirigente preso o muerto, es sustituido por otros
inmediatamente”, dando muestras de la capacidad de generar una estructura
capaz de hacer frente a una de las maquinarias militares más poderosas del
planeta.
A pesarde todo, el escenario futuro no seguirá el guión de los halcones
de Israel. Por un lado la capacidad de regeneración del pueblo palestino y
de movimientos como Hamas se ha demostrado constantemente. Por otro lado, el
apoyo de Tel Aviv a la política colaboracionista y corrupta de Abbas acabará
siendo la puntilla para un movimiento como al Fatah, al que algunos los
consideran “en situación terminal”. Sin un programa político reconocible, sin
una dirección legitimada, fragmentada y corrupta, como bien señalaba un
militante de al Fatah en Ramallah, “mientras nos estamos desintegrando, Hamas
espera a que esto ocurra. Tenemos unos dirigentes que no podemos reemplazar y
unas bases a las que no podemos satisfacer”.
Además, el acercamiento de Abbas a Israel, le hace ser percibido cada vez
más como un claro colaboracionista de la ocupación, algo que la mayor parte de
la población palestina rechaza con contundencia, tal y como lo hace todos los
pueblos sometidos y ocupados en otras partes del mundo.
El proyecto fundamentalista y sionista que representa el estado de Israel
ha abierto nuevamente “las puertas del infierno” tras su ataque contra Gaza,
pero esa dinámica genocida puede acabar volviéndose en su contra, y ese fuego
y dolor que tan alegremente lanza contra Palestina puede quemar el propio
proyecto sionista.