udo ser, como sostienen muchos palestinos, el bloqueo de los últimos meses
que desató la crisis humanitaria en Gaza, denunciada por todas las
organizaciones humanitarias internacionales en conocimiento del tema. Pudo
seguir con el cierre de esa válvula de escape que era el paso a Egipto, que fue
cerrado hace once meses después de una pueblada y sellado definitivamente esta
semana con la reunión que la canciller israelí Tipzi Livni mantuvo con el
presidente egipcio Hosni Mubarak en El Cairo, cuando ya la ofensiva era un
secreto a voces.
O pudo ser, como sostienen muchos israelíes, que la escalada empezó antes,
con el triunfo del movimiento Hamas en las elecciones palestinas de enero del
2006, cuando derrotaron a Al Fatah, un partido más dialoguista pero con fama de
corrupto. Hamas se niega a reconocer al Estado israelí y ha sido declarado
organización terrorista por Israel, Estados Unidos y la Unión Europea. Pudo
seguir con las habituales andanadas de cohetes Kassam que sólo se interrumpían
con periódicos y mortíferos ataques del ejército israelí.
En el medio, tres presidentes tambaleantes como el israelí Ehud Olmert, el
palestino Mahmud Abbas (de Fatah) y George W. Bush, incapaces de reunir apoyos
legislativos, mucho menos consenso internacional, como para impulsar cualquier
clase de acuerdo duradero. Los tres venían arrastrando desde el 2007 el rotundo
fracaso de un plan de paz para la región que excluía a Hamas y la franja para
concentrarse en Cisjordania y Fatah, y que ni siquiera sirvió para detener la
llegada de nuevos colonos a esas tierras.
Lo cierto es que hubo avances y retrocesos. En junio, Israel y Hamas
acordaron una tregua. La lluvia de cohetes disminuyó significativamente, pero
nunca paró del todo, ya sea por falta de voluntad, ya sea porque Hamas no
controla a todas las milicias que operan en la franja. La tregua duró cinco
meses. Israel liberó prisioneros y dejó pasar algunos camiones. Pero de a poco,
casi imperceptiblemente, la cosa empezó a empeorar. Más cohetes, más
restricciones, más declaraciones subidas de tono, más tensión.
El 7 de diciembre Livni anunció que Israel dio por terminada la tregua,
cuando faltaban 12 días para su finalización formal. Su anuncio fue,
literalmente, un llamado a las armas: “No hay alto el fuego en Gaza. Quien llame
a eso calma no sabe lo que está pasando allá. Quien sea responsable de la
seguridad debe actuar”.
Claro, Livni, del gobernante partido Kadima, debe enfrentar al duro Benjamín
Netanyahu del derechista partido Likud en las elecciones del 10 de febrero por
la sucesión de Olmert. La mayoría de los votantes quiere una sola cosa. Por
tanto, los dos candidatos centraron sus campañas en la promesa de derrotar la
insurrección palestina.
“El objetivo estratégico de mi gobierno será derrocar a Hamas usando medios
militares, económicos y diplomáticos”, dijo la canciller esta semana.
Netanyahu subió la apuesta. “Debemos adoptar una actitud activa de ataque, ya
que este gobierno es demasiado pasivo”, replicó el candidato opositor. “A largo
plazo debemos derrocar al régimen de Hamas. A corto plazo hay una amplia gama de
posibilidades, que va desde hacer nada hasta hacer todo, es decir, la conquista
de Gaza.”
Hamas no se quedó atrás. Esperó el fin de la tregua, quizás por mera
formalidad, pero ese mismo día se despachó con el siguiente comunicado:
“La tregua ha terminado y no será renovada, porque el enemigo sionista no ha
respetado su parte de lo estipulado. La ocupación será responsable de las
consecuencias”.
Por eso se veía venir. Para este cronista, el aviso llegó el viernes pasado,
dos días después del fin de la tregua. Llegó a través de un comunicado de prensa
difundido por la embajada de Israel en la Argentina, llamado “Fin de la tregua
entre Israel y Hamas”. El texto tiene la virtud de ofrecer una
explicación/justificación previa al ataque de ayer, sin decir nunca que Israel
va a atacar: “La organización terrorista Hamas anunció el pasado 19 de diciembre
que dio por finalizado el período de tregua iniciada el 19 de junio del presente
año. Durante los últimos dos meses transcurridos en el marco del llamado
‘período de calma’ fueron lanzados 130 cohetes Kassam y 100 bombas de mortero
desde la Franja de Gaza a Israel. Como muestra de la realidad por la que
atraviesan las ciudades israelíes pasamos a enumerar la serie de ataques
registrados contra Israel en la última semana”.
Lo que había ocurrido en la última semana –unos treinta cohetes y cuatro
heridos leves no parecía suficiente como para justificar la muerte de 200
palestinos. Por eso el comunicado de la embajada incluía un anexo para reforzar
el argumento bélico. Dos carillas con una larga y detallada enumeración de las
escaramuzas militares que tuvieron lugar en los últimos dos meses, empezando por
la secuencia de cohetes lanzados desde la franja, terminando con un breve
listado de las acciones de “Contraterrorismo de las fuerzas de Defensa de
Israel”.
Anteayer, al mismo tiempo que preparaba sus aviones cazabombarderos y
agolpaba sus carros de asalto en la frontera palestina, Tel Aviv autorizó un
último convoy humanitario tras varios días de someter a la franja a un bloqueo
absoluto. Otra señal. El verdugo concedía al reo un último deseo antes de morir.
El desenlace se veía venir, sólo faltaba saber el precio en vidas. Ahora se
supo. Ahora aparecen las fotos para las cuales Israel quiso preparar al mundo.
Ahora empiezan los llamados urgentes para frenar la carnicería desde la ONU,
desde Washington, desde Europa, desde Egipto, desde Tel Aviv, desde Gaza, desde
donde sea. Pero esos mismos actores que hoy dicen basta podrían haber actuado
antes del baño de sangre, porque ya sabían lo que estaba por venir. Eligieron
dejar que truene el escarmiento, atentos a las razones y necesidades de los
políticos israelíes. ¿Qué lograron? Nada, sólo que ahora hay más muertes para
vengar.
Ya nadie puede decir a ciencia cierta cuándo y quién empezó esta historia.
Mucho menos cómo va a terminar.