La crisis política desencadenada por escándalos de
corrupción y la consiguiente convocatoria a elecciones anticipadas
sirvieron de pretexto a Israel para acentuar su ya probada
intransigencia en las negociaciones de paz con los palestinos.
Por Ulises Canales (*) -
Prensa Latina
Desde que en julio del año por concluir tomaron fuerza las
acusaciones de latrocinio contra el primer ministro Ehud Olmert, quien
se vio obligado a anunciar su renuncia, el estado hebreo quedó sumido en
una peligrosa combinación de letargo y agitación política.
Tanto las conversaciones con la Autoridad Nacional Palestina (ANP)
relanzadas en noviembre de 2007 por Estados Unidos en Annapolis, como la
tregua pactada en junio de 2008 con el Movimiento de la Resistencia
Islámica (Hamas) en la Franja de Gaza, quedaron sentenciadas a muerte.
Virtualmente en calidad de cuidador del gobierno desde julio, Olmert
se limitó a mantener lo actuado por su equipo, sin renunciar a las
frecuentes redadas, arrestos y ataques contra palestinos en los
territorios ocupados de la Ribera Occidental.
También recrudeció el bloqueo contra Gaza, al punto de crear una
crisis humanitaria, y casi despidió el año con ataques aéreos que, al
desatar una respuesta armada de los islamistas, generaron un clima de
beligerancia nocivo para el cese el fuego logrado gracias a Egipto.
Tel Aviv supo igualmente aprovechar -y azuzar- a su favor las
rivalidades entre los islamistas de Hamas y el partido Al-Fatah, del
presidente de la ANP, Mahmoud Abbas.
Consumadas las primarias de Kadima, la nueva líder del partido, Tzipi
Livni, fue encargada por el presidente Shimon Peres para crear un
gobierno de coalición, pero desistió luego de cuatro semanas de
infructuosa persuasión a otros partidos.
La inevitable convocatoria a comicios adelantados, que serán el 10 de
febrero, implicó la desintegración del parlamento o Knesset y un nuevo
desgaste entre las principales fuerzas políticas hebreas como reflejo de
la situación vivida a nivel interno y regional.
Al sonar el silbato de arrancada de la lid, el jefe del derechista
partido Likud, Benjamín Netanyahu, abogó porque Israel no negocie la
división de Jerusalén, cuya parte oriental los palestinos reclaman como
capital de su futuro estado, ni el tema de los refugiados.
Netanyahu apuntó que si vuelve a desempeñarse como primer ministro
buscará la paz con los vecinos árabes mediante lo que calificó de "nuevo
enfoque", pero descartó la retirada israelí de las Alturas del Golán
sirio, Jerusalén o la mayor parte de la Ribera Occidental.
Aunque entre los políticos judíos existen grandes coincidencias en
cuanto a la relación con los palestinos, el rechazo a hablar de
Jerusalén fue el matiz que también llevó al líder del ultraortodoxo
partido Shass, Eli Yishai, a negarle apoyo a la ex agente del Mossad.
En su condición de canciller y jefa del equipo negociador israelí con
la ANP, Livni se comprometió con Washington a propiciar la creación de
un estado independiente con su capital en Jerusalén Este.
Las encuestas iniciales favorecieron a Netanyahu en alianza con el
bloque derechista ultraortodoxo hasta con 64 de los 120 escaños
parlamentarios, pero sondeos posteriores equilibraron las preferencias
entre el jefe de Likud y Livni, representante del llamado "centrismo".
El virtual empate hizo que muchos en Israel prefieran la cómoda
posición de "esperar y ver" qué ocurrirá, aunque el pueblo palestino se
perfiló desde el comienzo como el gran perjudicado.
Como elementos adicionales vale mencionar el triunfo en las
presidenciales de Estados Unidos de Barack Obama, quien no esconde su
identidad con los hebreos, y el casi nulo éxito del llamado Cuarteto
para el Medio Oriente en fomentar una paz justa para los palestinos.
Por un lado, un informe de 21 organizaciones y agencias de ayuda al
Medio Oriente consideró que el mencionado Cuarteto fracasó en conseguir
progresos significativos para la paz en la región.
Una de las principales críticas al ente formado por Rusia, Estados
Unidos, la ONU y la Unión Europea fue su incapacidad -intencional o no-
para hacer que Israel detuviera la expansión de colonias judías en los
territorios ocupados y respetara la denominada Hoja de Ruta.
Analistas políticos de diversas tendencias coinciden en que el
proceso pacificador se retrasará al menos un año, porque después de las
elecciones hebreas habrá que aguardar por la formación del gobierno,
que, además, requerirá de tiempo para funcionar a plenitud.
Incluso, consideran que, amén del inmovilismo de las conversaciones,
la desunión verificada en las filas palestinas fue una fuerte
justificación para Israel negarles un estado independiente en el que
tentativamente no habría estabilidad.
Lo irrefutable es que palestinos e israelíes despiden 2008 sin el
acuerdo de paz prometido por Washington y, peor aún, los primeros
seguirán a la espera de hacerse de un estado soberano, delimitar su
territorio y ver retornar a sus casi cuatro millones de refugiados.
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(*) El autor es Corresponsal de Prensa Latina en Egipto.