Seguramente todos los Estados-nación del mundo tienen sus mitos fundacionales:
una batalla o guerra, una revolución, un reinado. Se trata fundamentalmente de
acontecimientos históricos que se consideran una especie de cristalización de
fuerzas internas cuya dialéctica se dirige precisamente en esa dirección de
“unidad de destino” (concepto procedente de la filosofía política alemana) que
es el Estado-nación.Menos frecuentes son los que denominaremos “mitos de
legitimación”, que son los creados –“inventados” en la terminología de
Hobsbawm– para dar un sentido a la existencia del Estado; estos mitos de
legitimación suelen darse en los Estados imperiales; así, la defensa del
catolicismo para la España de los Austrias, la mision civilisatrice
para la Francia decimonónica, la promoción y defensa de la libertad para
Estados Unidos, la patria del socialismo para la URSS.
Algunas dictaduras crean mitos de este tipo para dar un contenido
trascendente a su existencia: la España bastión frente al bolchevismo del
franquismo, la Italia que recrea las glorias latinas del fascismo o la patria
aria del nazismo. Estos mitos, a diferencia de los fundacionales, desaparecen
con la transformación de la naturaleza del Estado o la extinción de éste, de
modo que poner de relieve su inconsistencia –que no significa carencia de
fuerza movilizadora– permite avanzar en la abolición de estructuras de
pensamiento que, si bien confortan a algunos, perjudican a los que se
encuentran al margen de ellas, que suele ser una mayoría.
Una de las excepciones de Israel es la existencia de potentes mitos de
legitimación al lado de los fundacionales: El Estado judío, la obra
fundacional de Herzl; las migraciones o aliya; la primera victoria del
“David” israelí frente al “Goliat” árabe o el “milagroso” abandono de sus
tierras por parte de la población palestina. El acuerdo de la ONU de 1948 es
una decisión jurídica de escaso valor mitificador, aunque ha sufrido
manipulaciones por parte israelí para acomodarla a su voluntad expansionista.
De tales mitos de legitimación, o de algunos de ellos, se tratará a
continuación.
Es preciso decir que esos mitos sólo parcialmente se integran en el
corpus de la teoría sionista, que, en esencia, es una teoría nacionalista
con fuertes componentes volkisch, propios de la tradición alemana, y
elementos de los «nacionalismos antiliberales de la Europa central y oriental»
(Sternhell). Estos mitos, cuya fuerza procede de su apelación a los
sentimientos, se encuentran en la periferia de la teoría pero posiblemente
sean más eficaces que ésta, tanto de cara al interior como al exterior de
Israel.
Primer mito: el origen bíblico
Curiosamente, la idea de que la Biblia da un título de propiedad a los
judíos sobre Palestina no es judía: procede de la tradición protestante y está
relacionada con la exégesis bíblica a partir de la libre interpretación del
libro sagrado; aparentemente, el primer texto que invita a la creación de un
Estado judío en Palestina es Apocalypsis Apocalypseos (1585), del
sacerdote Thomas Brightman; esta idea tuvo fortuna durante las revoluciones
puritanas, y Cromwell era partidario de ella. Con el dispensacionalismo del
siglo XIX, el regreso de los judíos a “Tierra Santa” se inscribió en un
proceso históricamente necesario para llegar a la segunda venida de Cristo y
el fin de los tiempos. La Declaración Balfour (1917), por la que el ministro
de Asuntos Exteriores británico de dicho nombre comunicaba a Walter Rothschild
su opinión favorable a la creación de un “hogar nacional judío”, es heredera
de esas corrientes de opinión. De hecho, el libro de Herlz no cita Palestina
como meta nacional.
De forma paradójica, fueron los sionistas laicos los que con mayor firmeza
se basaron en la Biblia para apoyar sus proyectos. Así, en 1919, el laico ruso
Ushishkin dijo en la conferencia de Versalles: «En nombre... de los judíos de
Rusia, [vengo a] presentar la exigencia histórica del pueblo judío: por
nuestro retorno a nuestras propias fronteras, por la devolución a los judíos
de la tierra que el Poder Supremo nos prometió hace cuatro mil años... Pedimos
que nos restituyan aquel robo histórico».
Ben Gurion, por su parte, consideraba firmemente que la Biblia avalaba el
«sacrosanto derecho del Pueblo Elegido». Y concluía: «Aunque rechazo la
teología, el libro más importante de mi vida es la Biblia». El libro bíblico
preferido por Ben Gurion era el de Josué, el conquistador de Jericó que
aniquiló a los cananeos y cuyas campañas se estudian en las escuelas, en
consonancia con las palabras de Moshe Shertok, primer ministro de Asuntos
Exteriores israelí: «Hemos olvidado que no hemos venido a una tierra vacía
para heredarla, sino que hemos venido para conquistar un país que lo habita,
que lo gobierna en virtud de su lengua y su cultura salvajes».
Es imposible no observar la contradicción que late en estas tomas de
posición: recuperar una tierra que quizá se abandonara –porque ni en las
fuentes romanas ni en el historiador contemporáneo judío Flavio Josefo existe
ninguna referencia a una “diáspora”; lo más posible es que la mayoría de la
población acabara convirtiéndose a las religiones dominantes– casi dos mil
años atrás, sólo es posible si el donante es una figura que está por encima de
las convenciones que marcan la moral, la lógica y el sentido común. El ascenso
del pensamiento religioso en el Israel actual está prefigurado en el biblismo
laico. Los resultados son, como afirma el profesor de la universidad de Haifa
Benyamin Beit-Hallahmi, que «hoy en día, la mayoría de los israelíes
consideran la Biblia una fuente de información histórica fiable de tipo
político, laico... En Israel la historización de la Biblia es una empresa de
carácter nacional... Afirmar que esta antigua mitología es verdadera historia
es una parte esencial del nacionalismo sionista laico...»
Al empeño de corroborar la historicidad de la Biblia se dedicaron esfuerzos
intelectuales considerables a partir del siglo XIX, cuando empezó a
desarrollarse la que se ha llamado “arqueología bíblica”, un esfuerzo que
continuó con entusiasmo el Gobierno israelí, con renovado interés a partir de
la guerra de 1967 y la anexión de “Judea y Samaria”, en la terminología
bíblica para referirse a Cisjordania. Los resultados fueron decepcionantes:
los restos de la civilización israelí resultaron ser muy escasos y además poco
significativos: ningún resto de los momentos más gloriosos de la historia
bíblica, como los reinados de David y Salomón, nada que fuera más allá de lo
propio de una civilización material poco desarrollada.
De modo que, a pesar de los esfuerzos, las excavaciones y los hallazgos,
han llegado a esta conclusión, en términos de los arqueólogos israelíes
Finkelstein y Silberman (citados en la obra de Nur Masalha La Biblia y el
sionismo, Bellaterra, Barcelona, 2008): «En efecto, desde finales de los años
sesenta los descubrimientos arqueológicos han revolucionado el estudio del
antiguo Israel y han sembrado serias dudas sobre la base histórica de relatos
bíblicos tan conocidos como las andanzas de los patriarcas, el éxodo de
Egipto, la conquista de Canaán y el glorioso imperio de David y Salomón».
Y Zeev Herzog, de la universidad de Tel Aviv y director del Instituto de
Arqueología resume: «Esto es lo que los arqueólogos han hallado: que los
israelitas no estuvieron nunca en Egipto, no atravesaron el desierto, no
conquistaron la tierra en una campaña militar y no la transmitieron a las doce
tribus de Israel. Quizá resulta más difícil aceptar que la monarquía unida de
David y Salomón... fue como mucho un reino tribal. Y para muchos será un
shock desagradable saber que el Dios de Israel tenía una consorte femenina
y que... se adoptó el monoteísmo no en el monte Sinaí, sino en el ocaso de la
monarquía...»
Lo cierto es que la mayoría de los arqueólogos están de acuerdo con estas
afirmaciones. Actualmente se tiende a considerar que los textos bíblicos
fueron escritos en una fecha muy tardía (siglo VI antes de nuestra era o más
tarde), posiblemente en Babilonia, recogiendo mitos “auténticos”, presentes en
otras culturas (el diluvio universal, el jardín del edén), acontecimientos
milagrosos y verdaderas novelizaciones de tradiciones remotas, conocidas a
partir de numerosas mediaciones, todo ello escrito con el fin, en términos de
Giovanni Garbini en Historia e ideología en el Israel antiguo (Bellaterra,
Barcelona, 2002), «de afirmar una tesis (ideología)». Así pues, los distintos
redactores de la Biblia no pretendieron en ningún momento escribir historia,
sino crear un corpus ideológico que sirviera de referente a un pueblo con
grandes dificultades de cohesión. De hecho, los primeros talmudistas, como los
primeros cristianos, expurgaron los textos que peor se acomodaban a sus
intereses. Ello no obsta para que, a fines del siglo XX, un 55% de la
población israelí crea en la historicidad de la Biblia, frente a un 14% que la
rechazaba totalmente.
Toda historia nacionalista es en buena parte una historia mítica: narra un
esfuerzo colectivo para crear, engrandecer o retrasar el proceso
nacionalizador de un pueblo determinado. Para ello reinterpreta o selecciona
los datos de la realidad histórica. Los problemas de convertir la Biblia en
historia nacional son mucho más grandes: por un lado, pensar que un Estado
moderno es el sucesor de otro desaparecido hace 2.000 años (la destrucción de
Jerusalén tuvo lugar en el año 70 después de nuestra era) es un verdadero
despropósito que sólo resulta concebible desde una fe muy arraigada o un
cálculo perverso; por otro, la Biblia no es una reelaboración nacionalista de
los datos del pasado: es directamente, y en buena parte, una obra de ficción,
con muy débil sustrato real, que, por mucho que pudiera confortar a espíritus
religiosos, proyecta unos valores (presencia de Dios en la Tierra, idea del
Pueblo Elegido, odio feroz al enemigo) que tienen poco que ver con la
racionalidad.
Segundo mito: la superioridad moral
La confluencia de la creencia en la condición de los judíos de pueblo
elegido (que aún hoy acepta el 68% de la población israelí) y una aguda y poco
matizada conciencia de haber sido perseguidos sistemáticamente, dio a los
pioneros del nuevo Estado la convicción de una superioridad moral (ellos eran
los justos de la Tierra, los no contaminados por el afán de dominio) que se
trasladaría al mismo; como dice el progresista crítico Avraham Burg, ex
presidente de la Agencia judía y del Knesset, el Parlamento israelí: «Nuestra
vocación era convertirnos en un modelo, la “luz de las naciones»; aunque
añade: «Y hemos fracasado» (artículo “La revolución sionista ha muerto”,
2002).
Es esa conciencia de superioridad moral lo que ha producido en el
establishment israelí una actitud arrogante que se manifiesta en las
sistemáticas acusaciones de antisemitismo dirigidas a todos los críticos con
su política. Y también lo que lleva a los israelíes, incluso a los más
progresistas, a no poner en cuestión los criterios de legitimación de su
Estado; de ese modo, el citado Burg afirma: «La realidad, al cabo de 2.000
años de lucha por la supervivencia, es un Estado que establece colonias...»
Los comportamientos depredadores, para él, no comenzaron en 1948, sino en
1967.
En el mismo sentido, el diario progresista Haaretz declaraba en
1967: «Nuestro derecho a defendernos del exterminio no nos da el derecho a
oprimir a los demás... La confiscación de los territorios ocupados nos
convertirá en asesinos». Por supuesto, contra quienes se proyecta más
acusadamente esa superioridad moral es contra los palestinos; se trata de una
actitud típicamente colonial; el colonizado (schwartz, “negro”, era el
término despectivo de los primeros colonos hacia los palestinos) es ignorante,
incapaz de trabajar con constancia, y eso se nota en el estado de postración
material y espiritual en que se encuentra; más aún, es invisible.
Buena parte de la propaganda –incluida la que se disfraza como educación–
se basa en que Palestina era una tierra prácticamente vacía, habitada por
grupos seminómadas que en última instancia no se sentían apegados al país y
que perfectamente podían trasladarse a cualquier otro territorio árabe. Eso,
según la propaganda y en contra de las abrumadoras pruebas históricas, en
buena parte debidas a los “nuevos historiadores” israelíes, explica la
facilidad con que abandonaron sus casas. Esa invisibilidad se muestra
palmariamente en un manifiesto de apoyo al Estado de Israel elaborado por
“personas de izquierdas” españolas (www.aseiweb.net) en el que acusa de la
hostilidad hacia Israel exclusivamente al antisemitismo, sin hacer ni una sola
referencia a la actitud israelí hacia el pueblo palestino.
Donde se hace más patente esa conciencia es en la tesis de la “pureza de
las armas” (tohar haneshek). Dicha idea surge, según el sociólogo Uri
Ben Eliécer, «... de la tradición revolucionaria y socialista de la dirección
del yisuv [la comunidad judía de la Palestina preestatal] y evoca al mismo
tiempo las nociones de moralidad, de alto nivel de conciencia y de motivación
ideológica. La guerra de Independencia instaurará después esta expresión como
efigie identificativa de la talla moral constitutiva y superior del Ejército
israelí».
La “pureza de las armas” implica para los israelíes el “uso mínimo de la
fuerza”, poner el “énfasis neo-ortodoxo, laico y reformista en los valores
éticos y morales que derivan de la tradición profética”. Los hombres y mujeres
de las Fuerzas de Defensa de Israel “mantendrán la humanidad” incluso en el
combate y no usarán sus armas contra los no combatientes y prisioneros de
guerra.
El balance de la “pureza de las armas”, al margen de lo creativo del
nombre, que se inserta en una tradición judía (“justos absolutos y únicas
víctimas”), no puede ser más decepcionante, y eso desde el principio: las
matanzas de 1948 (no sólo la famosa de Deir Yasin, única reconocida por
Israel) fueron abundantes: Safsaf, Gish, Sasa Saliha Deir al-Asad, Kabri...,
así hasta 16 como mínimo (Masalha, 2008; Sylvain Cypel, Entre muros, 2006).
Ello llevó al historiador israelí Uri Milstein a decir: «En todas las guerras
de Israel se han cometido matanzas, pero no albergo ninguna duda de que la
guerra de Independencia fue la más sucia de todas». La consecuencia de esta
guerra fue la práctica desaparición de la huella palestina, vieja de 1.200
años, en Israel.
Es difícil saber si la situación fue peor después de 1967 y, sobre todo,
después de la primera Intifada (1987-91): lo cierto es que la prensa ha dado
cuenta de infinitas irregularidades: muerte masiva de no combatientes,
incluidos niños, saqueos, detenciones ilegales, humillaciones..., cuya
frecuencia y gravedad van mucho más allá de “abusos esporádicos” y sugieren
una táctica implícita.
Si bien la superioridad moral puede servir de coartada de todos los excesos
(Israel se concibe como una isla de humanismo, democracia y bienestar en un
océano de tiranía y barbarie), lo cierto es que la sistemática violación de
los derechos más elementales de la población palestina a partir de 1967
significa el fin de una época, el fin de la inocencia. Hoy día Israel es un
Estado férreamente conservador, violento, despectivo hacia la opinión
internacional; un Estado, como denuncian muchos israelíes de buena voluntad,
contaminado por su carácter colonial. Y otro dato que haría revolverse en sus
tumbas a los padres de la patria: ha aparecido la plaga de la corrupción.
Tercer mito: la Shoah israelí
La Shoah, el holocausto de los judíos del centro y este de Europa
(aunque no sólo de ellos) a manos del régimen nazi, es uno de los
acontecimientos más terribles de muestra modernidad, hasta el punto de haberse
convertido en una verdadera materialización del Mal. Por sus propias
características –afecta a la conciencia europea, el continente del que
formaban parte víctimas y verdugos, por su trascendencia y las dimensiones de
los comportamientos individuales y colectivos implicados en ella– es un
acontecimiento universal, una llamada a las conciencias de todos los
occidentales, responsables de otros genocidios (el de los indígenas norte y
sudamericanos, el de los africanos, aparte de los genocidios tutsi y
camboyano), de los que apenas los separa el método y la planificación del nazi
y el hecho de que éste hubiera sido perpetrado en la civilizada Europa, por
uno de sus países emblemáticos y sobre personas que en buena parte compartían
la cultura del opresor.
Como el resto de Occidente, Israel tuvo al principio una postura
ambivalente hacia la Shoah. Por una parte, porque los muertos fueron
como “corderos al matadero” (Jeremías, 51), en contra de la imagen de
fortaleza frente a los enemigos que pretendía dar el nuevo Estado. Por otra,
la Shoah demostraba post factum que los judíos necesitaban un
hogar propio, vista la imposibilidad de convivir con quienes siempre los
habían perseguido. El Vad Yashem, creado en 1953, guarda la memoria de las
víctimas del Holocausto y a él se suele llevar a los niños para que no
olviden.
Sin embargo, a partir de 1967, cuando las críticas al Estado de Israel
aumentaron con la ocupación de Gaza y Cisjordania, Israel echó mano de forma
intensiva al recuerdo del Holocausto. En primer lugar, estableciendo una
identificación en muchos aspectos abusiva entre la tragedia (de la que se
expurgó a gitanos, homosexuales, comunistas y simples soldados soviéticos) y
el Estado sionista, al cual pretendía exculpar, a través de la maldad etnocida,
de las maldades propias. En palabras del historiador Yehudá Elkana, en un
artículo titulado “En pro del olvido” (Haaretz, 1988), se pasó del
«esto no puede ocurrir nunca más» al «esto no puede ocurrirnos nunca más». La
“invención” de un absoluto que subsume todo lo concreto ayuda a explicar por
qué, ante las acusaciones de brutalidad o conculcación de los derechos
humanos, el Estado de Israel apela sistemáticamente a acusar de antisemitismo
a personas, organizaciones... a Europa entera si es preciso.
Cara al interior, los efectos de la sobreexposición de la Shoah son
también perniciosos. El ya citado Elkana observa en ella peligros para la
democracia («el culto del pasado y la adicción al “recuerda” minan los
fundamentos de la democracia») e incluso para la conciencia colectiva («¿Qué
puede hacer un niño con este tipo de recuerdos? Muchos de ellos sólo han visto
[en la visita a Yad Vashem] una llamada al odio»). Por lo que concluye:
«Tampoco deseo que se deje de estudiar la historia de nuestro pueblo. Tan sólo
trato de luchar para que la Shoah deje de ser el eje central de nuestra
existencia nacional».
Como conclusión
Yehudá Elkana, en el artículo citado, afirma: «Creo que si la Shoah
no estuviera tan profundamente anclada en la conciencia nacional, el conflicto
entre judíos y palestinos no provocaría tantos actos “anormales” y el proceso
político seguramente no estaría en un callejón sin salida». Es imposible no
estar de acuerdo con esa aseveración, pero llevándola a las últimas
consecuencias: la desaparición de estos mitos que hemos llamado de
legitimación supondría el fin de la excepcionalidad del Estado sionista –uno
de los escasísimos Estados coloniales que quedan en el mundo– y abriría las
puertas a la única solución –aunque extremadamente difícil– al drama de la
región: un Estado binacional, al estilo del logrado en Sudáfrica que,
lógicamente, pasaría por la eliminación de los infames bantustanes palestinos.
Ahora se cumple el sexagésimo aniversario de la constitución del Estado de
Israel, a través de un acuerdo abrumadoramente mayoritario de la ONU. Lo que
se oculta es que la resolución 181 creaba dos Estados independientes,
vinculados por una unión económica y en los que quedaban expresamente
prohibidas las confiscaciones de tierras. Ciertamente, los árabes rechazaron
una resolución injusta que daba a los judíos un territorio proporcionalmente
muy superior a su población y en el que más de la mitad de la población era
palestina; pero también es cierto que los judíos tenían desde antes la
voluntad de no respetar la resolución. Como dijo Ben Gurion, «estamos
dispuestos a aceptar la creación de un Estado judío en una parte significativa
de Palestina, al tiempo que afirmamos nuestro derecho sobre toda Palestina».
Así pues, el Estado de Israel fue fruto de un expolio. Eso no da medida de
excepcionalidad porque una buena parte de los Estados del mundo tienen el
mismo origen. Lo excepcional es que eso se produzca en nuestros días y
basándose en una ideología (en el sentido de “falsa conciencia”) tan vacía de
contenidos. Lo excepcional del Estado de Israel es la reclamación de su
excepcionalidad.
******
(*)
Comité de Solidaridad con la Causa Arabe