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Obama: Discurso
alternativo y una sola bandera. Los candidatos del opositor Partido
Demócrata "dependen de partidarios judíos que proveen casi 60 por ciento del
dinero". |
Los beneficios de la estrecha alianza entre Estados Unidos e Israel están
una vez más en cuestión, cuando este último país parece decidido a atacar a
Irán.
Por
Cherrie Heywood
- IPS
La idea de una ofensiva israelí se fortalece desde que el director general
de la Agencia Internacional de Energía Atómica, Mohamed ElBaradei, instó a
Teherán a mostrar más transparencia en su programa de desarrollo nuclear.
Estados Unidos desplegó un sistema de radar de amplio rango en territorio
israelí, capaz de proveer alertas tempranas en caso de un ataque con misiles.
Washington también acordó, luego de varios pedidos del gobierno israelí,
venderle 1.000 bombas destructoras de bunkers GBU-39, capaces de penetrar
concreto reforzado. Algunas instalaciones del programa nuclear iraní estarían
en bunkers de concreto subterráneos.
Israel también pretende adquirir de Estados Unidos modernos jets para recarga
de combustible de aviones, que serían necesarios en caso de un ataque a Irán,
así como un corredor aéreo seguro en Iraq para evitar que sus aeronaves sean
atacadas accidentalmente por los jets estadounidenses. Pero estos pedidos son
aún rechazados por Washington.
A comienzos de este año, el primer ministro israelí Ehud Olmert celebró una
reunión secreta con Aviam Sela, el arquitecto de la ofensiva de 1981 contra el
reactor nuclear iraquí de Osiraq. El tema del encuentro fue un posible ataque
contra Irán, según información que se filtró a la prensa.
En junio, la Fuerza Aérea Israelí llevó a cabo un ejercicio militar con más de
100 aviones de combate F-15 y F-16 sobre el oriente de Grecia, en lo que fue
considerado un preparativo para el ataque a Irán. La distancia cubierta fue de
unas 900 millas, la misma que separa a Israel de la planta de enriquecimiento
de uranio en la central ciudad iraní de Natanz.
En su libro "The Israel Lobby and U.S Foreign Policy" (El lobby israelí y la
política exterior de Estados Unidos), los académicos John J. Mearsheimer, del
Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Chicago, y Stephen M.
Walt, de la Escuela Kennedy de Gobierno de la Universidad de Harvard, señalan
que el centro de la política estadounidense en Medio Oriente es su relación
íntima con Israel.
"Uno podría asumir que el vínculo entre los dos países se basa en intereses
estratégicos compartidos o en imperativos morales mutuos, pero ninguna de las
dos explicaciones puede responder al extraordinario nivel de apoyo militar y
diplomático que provee Estados Unidos" a Israel, indicaron Mearsheimer y Walt.
Muchas organizaciones clave del lobby israelí, como el Comité de Asuntos
Públicos Estadounidense-Israelí (AIPAC) y la Conferencia de Presidentes de las
Grandes Organizaciones Judías, son dirigidas por líderes de línea dura que por
lo general apoyan las políticas expansionistas del gobernante Partido Likud y
su rechazo al proceso de paz de Oslo. Muy pocas decisiones de Washington en
torno a Medio Oriente son tomadas sin un gran aporte de AIPAC, señalaron los
académicos.
El periódico The New York Times calificó a AIPAC de la organización más
importante e influyente en las relaciones de la Casa Blanca con Israel, en
tanto que la revista Fortune señaló años atrás que era el segundo grupo de
presión más importante en Estados Unidos luego de la Asociación para la
Jubilación de Estadounidenses Ancianos.
AIPAC, en nombre de Israel, puede recolectar recursos de 52 organizaciones
judías, que juntas apoyan políticas belicistas e influyen en los miembros del
Congreso legislativo estadounidense con sustanciales donaciones financieras y
a través de campañas con envíos de cartas a los congresistas.
Si bien AIPAC no contribuye financieramente en forma directa, sí lo hacen los
126 Comités de Acción Política que coordina, y que pueden donar cada uno
10.000 dólares, en tanto que individuos pueden aportar 2.000 cada uno.
El diario The Washington Post señaló que los candidatos del opositor Partido
Demócrata "dependen de partidarios judíos que proveen casi 60 por ciento del
dinero". Y, como los votantes judíos acuden en gran número a las urnas y están
concentrados en estados clave como California (oeste), Florida (sudeste),
Illinois, Nueva York y Pennsylvania (noreste), los demócratas no deben ponerse
en su contra.
Israel es además por lejos el mayor receptor de ayuda extranjera de
Washington, con unos 3.000 millones de dólares anuales del presupuesto para
asistencia exterior. Esto excluye los acuerdos de préstamos y otros paquetes
militares de presupuestos diferentes, que suman otros miles de millones de
dólares al año.
Los demás beneficiarios de la ayuda extranjera estadounidense deben informar
cómo son gastados los recursos, pero Israel no lo hace. Parte del dinero es
volcado en la construcción de asentamientos judíos en Cisjordania, aun cuando
Washington afirma estar en contra de esta práctica.
AIPAC responde a todas las críticas en su contra con denuncias de
"antisemitismo", y acusa a judíos estadounidenses como Mearsheimer y Walt, que
cuestionan la política estadounidense pro-israelí, de "auto-odiarse" por su
origen. Muchos críticos han pasado a integrar la "lista de enemigos" de la
organización.
Además, AIPAC ha estado involucrada indirectamente en actividades de espionaje
en Estados Unidos, y en el suministro de información confidencial a Israel.
En 2006, Lawrence Franklin, ex empleado del Departamento de Defensa de Estados
Unidos, fue sentenciado a 12 años de prisión luego de que información que él
obtuvo fuera filtrada a Israel a través de dos miembros de AIPAC.
Mearsheimer y Walt cuestionan la extraordinaria generosidad del gobierno de
George W. Bush para con Israel. Los académicos sostuvieron que, si bien la
política pro-israelí fue beneficiosa durante la Guerra Fría, porque ayudó a
frenar la expansión de la Unión Soviética en Medio Oriente, tuvo efectos muy
negativos, como la respuesta de la Organización de los Países Exportadores de
Petróleo Árabes con un embargo contra las economías occidentales.
Durante la Guerra del Golfo, en 1991, Israel significó una carga, porque
Estados Unidos no pudo usar las bases en ese país, resquebrajando así la
coalición contra Iraq. Este escenario se repitió en 2003, cuando a pesar del
entusiasmo israelí para invadir Iraq, Bush evitó pedir ayuda de Tel Aviv para
no provocar represalias árabes.
Y, aunque el argumento de Bush de que los dos países afrontan una común
"amenaza del terrorismo", la invasión a Iraq fortaleció a los extremistas
islámicos en Medio Oriente y removió el principal obstáculo para la
propagación de la influencia iraní en la región, que era justamente Bagdad.
"De hecho, Israel es un lastre en la guerra contra el terrorismo y en el
esfuerzo más amplio de negociar con los estados hostiles. Más aun, Estados
Unidos tiene un problema con el terrorismo en gran medida porque es tan aliado
a Israel, y no al revés", sostienen Mearsheimer y Walt.
"La combinación de un apoyo inquebrantable a Israel y el esfuerzo relacionado
de expandir la ‘democracia’ en toda la región ha indignado a la opinión
pública árabe e islámica, y socavado no sólo la seguridad de Estados Unidos,
sino también de gran parte del resto del mundo", añaden.
Muchos de los arquitectos de la invasión a Iraq son neoconservadores que
tienen ciudadanía israelí y estadounidense. Son los mismos que ahora están
involucrados intensamente en el caso de Irán.