(IAR Noticias)
05-Agosto-08
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Olmert y Abbas, en un encuentro en Egipto,
en 2006. |
Cualquier ingenuo pensaría que el fin del
conflicto del Oriente Medio está a tiro de piedra en el tiempo. O más cerca aún.
Porque, como repara más de un observador, la zona rebosa de procesos paralelos
de negociación.
Por Eduardo Montes de Oca - inSurGente
Entre Israel y la Autoridad Nacional Palestina; entre Damasco y
Tel Aviv, con la mediación de Ankara; también conversan la ANP y Hamas, y, a su
vez, Hamas con el gabinete hebreo, por intermedio de Egipto. Asimismo, Hezbolá y
la contraparte sionista se involucraron en un diálogo que culminó, hace unos
días, con el canje de cinco prisioneros árabes y 200 féretros por los cuerpos
sin vida de dos soldados judíos cuyo secuestro por el grupo chiita sirvió de
pretexto para una invasión al Líbano, derrotada por la resistencia, en el verano
de 2006.
E incluso no hace falta aguzar la vista para descubrir que el síndrome de las
pláticas se extiende hasta el interior de la política israelí, esfera donde, nos
recuerda el colega Ricardo Israel Zipper (en el digital El Corresponsal de Medio
Oriente y África), se negocia el futuro del Gobierno, tanto con respecto a las
elecciones en el seno del oficial partido Kadima, como en cuanto a la
correlación del laborismo y los religiosos que militan en la agrupación Shas.
Sí, la paz constituye una divisa repetida lo mismo por Tel Aviv que por Damasco,
no obstante el antecedente de una operación comando que destruyó una instalación
nuclear en territorio sirio, y a pesar de que el precio que pagarían los
sionistas sería ¡la devolución de las Alturas del Golán! Todo por que Siria deje
de ser el intermediario de Irán en la región, y por que se abstenga de apoyar
militar y políticamente a Hezbolá y Hamas, dicen los dirigentes israelíes.
Tal ambiente “benévolo” implicó (implica) un acuerdo con Hamas que incluye la
liberación de “presos con las manos manchadas de sangre”. Ah, eso sí: deberá
cesar todo lanzamiento de cohetes contra Israel para que este país suspenda las
operaciones militares y levante, progresivamente, el bloqueo de Gaza. Algo no
precisamente fácil para Hamas, que no ha podido detener el “empeño” artillero de
grupos como las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, vinculadas con Al Fatah.
Pero en este concierto de buenas intenciones no podía faltar la voz de los
pesimistas. O de los realistas informados. De aquellos que advierten sobre la
gran debilidad que anida en muchos de los actores del actual proceso. El primer
ministro israelí, Ehud Olmert, se enfrenta a varias acusaciones de corrupción y
consiguientes pesquisas policiales, que podrían conllevar la pena de prisión;
sigue siendo notoria la división entre la Autoridad Nacional Palestina (laica) y
Hamas (islamista), la primera asentada por su fuero en Cisjordania, y la segunda
en la Franja de Gaza.
Por su parte, los Estados Unidos afrontan el ciclo final y la gran impopularidad
del Presidente, George W. Bush, y el Líbano se encuentra a un pelo de una guerra
civil, como la que transcurrió de 1975 a 1990, sorteada con suma sabiduría por
Hezbolá cuando, en mayo pasado, tomó durante una semana a Beirut, en respuesta a
una cruzada aliada del gabinete del sunita Fouad Siniora, Washington y Tel Aviv.
Analistas hay que aprecian en Siria las secuelas del aislamiento internacional,
su cercanía política a Irán y la obsolescencia de su equipamiento militar, que
le restarían peso para imponer en solitario algún trato, “más allá de su
intervención en la política interna del Líbano”.
Tras las apariencias
Articulistas como Shlomo Ben-Ami (El Corresponsal…) se
plantean, explícita o implícitamente, la misma pregunta radical: “¿Está el
Oriente Medio a las puertas de una paz completa y duradera?” Y, tras responderse
cautos: “no del todo”, orean un entresijo de argumentos que trataremos de
resumir, a partir de una aseveración casi apodíctica: “Aparte de las
conversaciones de Annapolis, que no parecen ir a ningún lado, debido a las
irreconciliables diferencias acerca de los problemas centrales, todas las demás
iniciativas de paz son más tácticas que estratégicas. En ninguna de ellas
existen todavía las condiciones para un paso inmediato de la guerra a la paz, ni
los participantes mismos esperan que sea así”.
Resulta consenso lo imprescindible de un extraordinario esfuerzo de los líderes
para convertir el cese del fuego con Hamas en pórtico de conversaciones
políticas. Apuntemos que tanto Israel como los Estados Unidos han sido (son)
inflexibles acerca de excluir a Hamas del proceso de Annapolis, mientras este no
reconozca “el derecho del Estado judío a existir”.
Y si algún desavisado terciara aquí con el sonsonete de que el ex presidente
norteamericano Jimmy Carter “arrancó” de la plana mayor del Movimiento Palestino
de Resistencia Islámica un compromiso al respecto (más bien a considerar la
posibilidad), a cambio de la retirada de los territorios ocupados, subrayemos
que, para los gobernantes hebreos y norteamericanos, los islamistas hablaron
ante un interlocutor no facultado, por falta de su condición oficial. Recordemos
que las gestiones de Carter no contaron con el consentimiento de la Casa Blanca.
Y que provocaron la ira del Gobierno de Tel Aviv, que niega a sus socios
estadounidenses la prerrogativa de dialogar con emisarios de grupos
“terroristas”.
En este contexto, la precaria tregua decretada con los nacionalistas islámicos
refleja no más que la renuencia de Israel a entramparse en una guerra
asimétrica, como la que perdió con el Líbano dos veranos atrás, “esta vez en los
callejones de los campos de refugiados de Gaza”. Sin duda alguna, Ehud Olmert ha
devenido un premier impopular en grado sumo (a la larga se aconsejó, y acaba de
anunciar su dimisión tras las elecciones primarias de su partido, Kadima, en
septiembre); tanto, que carecería de la mínima legitimidad para lanzar al país a
otra conflagración costosa y poco concluyente, a más de sangrienta -Hezbolá
acarreó 160 bajas entre los invasores sionistas-. Por eso los gobernantes
israelíes esperan. Creen que la definición vendrá cuando maduren las condiciones
para otra confrontación militar.
La llamada vía siria, es decir la exigencia de la retirada de las estratégicas
Alturas del Golán, está obstaculizada, en conjunto, por la falta de legitimidad
del Gobierno israelí y, ¡muy importante!, por la oposición de USA a las
conversaciones. Con Ben-Ami señalemos que, si bien los sirios buscan un
entendimiento con EE.UU., probablemente no acatarían el reclamo de romper los
nexos con los “terroristas”. “Exigir que Siria corte vínculos con Hamas y
Hezbolá es como exigir que Estados Unidos corte vínculos con Israel”, expresaba
hace poco un ministro de Damasco.
Concordemos, igualmente, en que Israel respondió al ofrecimiento de Hamas con
una maniobra poco convincente: el anuncio de la “posible, aunque poco probable”
devolución del Golán sirio, a expensas de un acuerdo de paz. “La noticia,
facilitada a la cadena de televisión árabe Al Jazira por la ministra de
Inmigración del Gobierno de Damasco, procedió, al parecer, de una conversación
telefónica mantenida por el primer ministro israelí, Ehud Olmert, con su
homólogo turco, Recep Tayyip Erdogan. Curiosamente, las autoridades de Ankara
negaron la existencia del mensaje”.
La cita anterior corresponde al colega Adrian Mac Liman (El Corresponsal…),
quien nos aporta más pábulo para el análisis, al evocar el hecho de que las
conversaciones entre sirios e israelíes quedaron interrumpidas en 2000, luego de
la publicación en la prensa hebrea de documentos confidenciales relacionados con
las demandas de ambas partes. Los analistas estiman, agrega el articulista, que
el entonces premier, el laborista Ehud Barack, no tenía interés alguno en
continuar negociando. A las diferencias en torno a la devolución del territorio
se sumaban dudas como la relación de Siria con el movimiento islámico libanés
Hezbolá, del cual Damasco es el principal suministrador de armas, según Tel
Aviv.
Una luz, allá al final
Sin embargo, no debemos mirar la paz como parte del reino de lo imposible. La
ventaja de la actual situación es que todos los contendientes parecen entender
que la solución deviene más política que militar, y que debe cristalizar en un
gran acuerdo de toda la región, donde, por cierto, Israel cuenta con el visto
bueno de países sunitas como Egipto, Jordania y Arabia Saudita, más aprensivos
del poder nuclear que, en teoría, podría adquirir el chiita Irán.
Acuerdo regional porque, entre otras razones, Israel pecará de obstinado pero no
de tonto. Sus estrategas no se hacen ilusiones. Entienden que ha fracasado la
retirada unilateral de la Franja de Gaza, ideada por el ex premier Sharon para
tratar de neutralizar la creación de un Estado palestino en Gaza, Cisjordania y
Jerusalén Este.
Si los sionistas perseguían la separación del territorio y una subsiguiente
división de la población sojuzgada, el triunfo de Hamas en las elecciones
generales de 2006 y la toma de la Franja por las milicias islámicas en 2007
frustraron esos sueños en toda la línea. Adrian Mc Liman insiste, y nosotros con
él, en que las maniobras de la diplomacia hebrea encaminadas a incitar el cerco
del Gobierno de Ismael Haniye, su total incomunicación a nivel internacional y
su más que anhelado derribo, provocaron, por el contrario, una oleada de
simpatía hacia el movimiento tanto en Gaza como en la mayoría de los países
árabes.
Incluso, la apertura de la frontera con Egipto, el 23 de enero, ha sido
interpretada como una victoria política de Hamas, y no un gesto desesperado de
un Gobierno imposibilitado de cubrir las necesidades básicas de una población
hambrienta.
Como también victoria ha sido estimada la decisión de tregua del 18 de junio,
pues, en primer lugar, se ha hecho añicos la renuencia sionista a negociar con
los islamistas; en segundo lugar, Israel se ha visto obligado a detener su
agresión contra la franja de Gaza. Al menos, a espaciar más las embestidas.
A tal extremo se está enraizando Hamas como irreductible en el imaginario
popular, que deviene cada vez mayor el porcentaje de israelíes dispuesto a
aceptar un trato firme con el Movimiento de Resistencia Islámica. De acuerdo con
los últimos sondeos publicados por rotativos de Tel Aviv, más de la mitad de los
votantes del Likud se decantaría por el diálogo, algo que contradice el espíritu
de Olmert, a todas luces postor de un proceso largo y doloroso.
Indudablemente, con la proclamación por Hamas de que consideraría el
reconocimiento del Estado israelí, este podría perder el “mejor” de los asideros
posibles para coartar la paz. No olvidemos que, mientras la OLP, de Yasser
Arafat, defendía el diálogo con los ocupantes, el programa político de los
radicales incluía el establecimiento de una entidad nacional islámica en el
territorio de la Palestina histórica, lo que implicaría la desaparición, de
facto, del Estado judío.
Divisa muy bien aprovechada por Israel para justificar las reticencias a las
conversaciones, reticencias impulsadas por la arremetida antisionista
desencadenada por Hamas con vigor impar en 1994, y que solo menguaron en los
últimos tiempos, en razón de la tregua actuante.
Ahora, al malestar estampado en el espíritu de los militares, entre otras causas
por las infructuosas aunque ralas incursiones en Gaza, vino a unirse el deseo
manifiesto de los Estados Unidos de solucionar el conflicto de golpe y porrazo;
la voluntad de Damasco de mejorar sus relaciones con Washington, gracias a un
acuerdo de paz con el Estado judío; los intentos de Hezbolá de legitimar su
poderío en el Líbano, mediante el reconocimiento internacional, y el anhelo de
Ehud Olmert de eludir su destitución por acusaciones de corrupción, amparado en
una ofensiva diplomática.
¿Conclusiones? De haberlas, girarían en torno al hecho de que nunca antes la
resistencia nacionalista -llámese Hamas, Hezbolá- había llevado de la traílla a
Israel de modo tan evidente a un callejón sin salida militar. Y esto es un buen
signo para la paz… Ah, pero no nos apresuremos en diagnósticos. Porque es esta
una paz como entrevista en el horizonte, de donde se acercará solo con el
empecinamiento en la lucha por ella y en la concertación de fuerzas que desean
tronchar sionistas e imperialistas, entre abrazos aparentemente distendidos y
puñales escondidos.