Por
Eduardo Montes de Oca - Insurgente
Porque, para más de uno, los halcones han inclinado la frente con el
reciente cambio de cinco prisioneros -cuatro libaneses y uno palestino- y 200
féretros por los cadáveres de los soldados Eldad Regev y Ehud Goldwasser,
aprehendidos por un comando de Hezbolá el 12 de julio de 2006, en una
operación desplegada en suelo hebreo y en la que murieron ocho militares.
Recordemos que, de acuerdo con el jeque Hasan Nasrala, líder de la formación
nacionalista, el objetivo era intercambiar a los secuestrados por presos
árabes, en especial Samir Kuntar, un miembro del palestino Frente Popular de
Liberación que, en 1979, ejecutó en Nahariya, norte de Israel, una acción
armada en la cual, se afirma, perdieron la vida un policía, un civil y la hija
del último.
Luego de tres décadas en cautiverio, Kuntar, quien siempre ha negado haber
matado a la pequeña, se ha convertido en un icono de la lucha contra la
ocupación; de ahí la importancia simbólica de su liberación. De ahí y del
hecho de que se le permitiera abandonar el encierro a pesar de que el gabinete
de Tel Aviv lo presenta como el terrorista por antonomasia.
Y, a la postre, el fin proclamado por Nasrala se cumplió en toda la línea.
Tel Aviv se avinó al intercambio, después de un “vía crucis” que supuso,
primero, una negación al pedido chiita, luego una ofensiva bélica diseñada en
teoría para terminar con el Partido de Dios, y que en la práctica cosechó el
triste “triunfo” de mil 200 libaneses muertos, la mayoría civiles, y la
destrucción de buena porción de la infraestructura del País de los Cedros.
Obviamente, Hezbolá no solo no quedó debilitada, sino que emergió reforzada
del embate: sus cohetes Katiuska y sus tácticas causaron entre los oponentes
160 bajas, y su desempeño obligó a Israel a retirarse del sur libanés, no sin
antes sembrar la zona de bombas de racimo, prohibidas por la legislación
internacional.
Si bien esa guerra insufló prestigio entre los árabes a la organización
chiita, fue considerada por la población judía un rotundo fracaso. Y la
sensación de humillación que emanó (emana) de la invasión frustrada se ha
agudizado tanto con el toma y daca de prisioneros de principios de junio
pasado, que, en opinión de analistas como Mónica G. Prieto, del diario español
El Mundo , han rodado por tierra tres enraizados mitos: que Israel no negocia
con “terroristas”, que no entrega vivos por muertos y que no canjea presos con
delitos de sangre.
¿Fin de la autoestima sionista? Quizás paulatina degradación de esta, pues
ha habido otras negociaciones israelo-libanesas del mismo cariz. De cuerdo con
un recuento de Hebdo Magazine , citado por la señora Prieto, “en 1979, seis
soldados isralíes fueron intercambiados por 98 combatientes y cuatro mil 700
presos. En 1985, tres soldados fueron liberados a cambio de mil 150
combatientes, muchos de los cuales, como el jeque Ahmed Yasin, de Hamas,
serían líderes de las intifadas palestinas. En 1996, dos cadáveres israelíes
fueron canjeados por los restos de 123 árabes. En 1999, cinco libaneses fueron
liberados por Israel a cambio de información sobre la suerte del aviador
israelí Ron Arad, y en 2004 fueron intercambiados 436 presos por Elhanan
Tenenbaum y los cuerpos de tres judíos capturados en 2002 por Hezbolá”.
La honrilla a buen recaudo
Claro, iluso sería pensar que todo discurrió sobre aceitado camino. En otra
maniobra típica, Tel Aviv suspendió durante varias horas la liberación de los
presos, supuestamente hasta que se confirmara el resultado de las pruebas de
ADN que demostraran la verdadera identidad de los dos cadáveres entregados por
Hezbolá.
En el criterio de diversos observadores, sucedió que el sector local más
derechista, apoyado por sus patrocinadores en los EE.UU., intentaba que el
régimen no cumpliera su parte del acuerdo, alegando que Israel es un Estado de
derecho y no tiene por qué ceder ante terroristas. Mas, al parecer, el sentido
común de los militares, azuzado por la experiencia de la “humillante derrota
sufrida en 2006”, bastó para que se truncara un paso tan arriesgado. Ante las
críticas de los medios y de figuras políticas de peso, el jefe del Estado
Mayor, el general Gaby Ashkenazy, justificó el trueque de manera lapidaria:
“Soy el comandante de todos los militares israelíes, muertos o vivos, y mi
deber es traerlos a casa”.
Entonces, con la certeza de lo inevitable, las diatribas se ensañaron en la
“inhumana” actuación de Hezbolá, “por no confirmar la muerte de los dos
soldados hasta el último momento”, no obstante el hecho de que el movimiento
popular reveló hace meses que estos perecieron al ser capturados, cuando sus
camaradas trataban de recobrarlos.
Esos truenos contra una pretendida inhumanidad han sido rebatidos
tácitamente por articulistas como Alberto Cruz, en la digital Rebelión . Para
el colega, el que este movimiento político-militar no haya cedido nunca a las
pretensiones sobre pruebas de vida de los soldados que ha mantenido en su
poder le ha “proporcionado una apreciable ventaja a la hora de negociar,
puesto que el adversario nunca ha sabido a ciencia a qué se ha tenido que
enfrentar”.
Y la importancia de esa estrategia reluce en unas palabras del secretario
general del grupo chiita, Hasan Nasrala: “Una de las lecciones valiosas que
aprendimos de los intercambios anteriores es que los medios complican la
operación y crean circunstancias y condiciones previas (…) porque el enemigo
emprende siempre una guerra de credibilidad y no credibilidad en un intento de
provocar fracturas en las posiciones (de Hezbolá) y esa es una política que
practicó en muchas partes del mundo”
A todas luces, la intransigente posición ha dado el más jugoso, apetecible
fruto: un intercambio de prisioneros que quiebra más que proclamados
principios sionistas y que, como valores agregados, porta el que coincidiera
con la formación de un gobierno de unidad nacional, en el Líbano, y el que en
el recibimiento de los liberados de las cárceles israelíes hayan participado
el presidente del país, Michel Suleiman; el primer ministro, Fouad Siniora, y
representantes de casi todas las formaciones políticas, entre ellas las
prooccidentales.
Esto, tras una campaña de desprestigio contra Hezbolá impulsada por la
administración gringa y la monarquía saudita desde el mismo momento en que
concluyó la guerra del verano de 2006 con Israel, y provista del superobjetivo
de desarmar la resistencia nacionalista. Campaña que claudicó, en destacado
lugar, a causa de la desobediencia civil al gabinete de Siniora realizada por
el grupo y las fuerzas patrióticas que lo apoyan (cristianos maronitas,
izquierdistas y laicos).
No olvidemos que, con la renuncia de los cinco ministros de Hezbolá, a la
que se añadió la de un cristiano maronita, el Gobierno debía haber dimitido, a
tenor de la Constitución libanesa, que estipula la presencia de todos los
sectores en cualquier decisión; sin embargo, el gabinete “se enrocó”, contando
con el espaldarazo estadounidense-saudita, como vía expedita de coartar una
posible cadena de intentos de liberación árabe de los regímenes corruptos: el
llamado efecto Hezbolá.
Después vendría la decisión de clausurar la red de comunicaciones de la
resistencia, clave en la derrota sionista, y, sobre todo, la de destituir al
responsable de seguridad del aeropuerto internacional de Beirut, maniobras
denunciadas por el líder chiita, Hasan Nasrala, como franca declaración de
guerra, en virtud de que constituían intentos de debilitar la capacidad
militar y política de Hezbolá, y de que la terminal aérea acabara
trasmutándose en “una base de la CIA, el FBI o del Mossad”.
¿Consecuencias? Una, la toma de la capital, desde el 7 hasta el 11 de mayo,
por una organización nacionalista que, desmintiendo a quienes la acusan de
inflexible, se gastó la serenidad suficiente para no hacerse de la sede del
Gobierno ni de las residencias de los principales dirigentes prooccidentales.
Ni el Ejército ni los enfrentamientos sectarios son nuestros fines, parecían
espetar al rostro de los escépticos y malintencionados los hombres de negro
que ejecutaron la mayúscula operación, hombres cuyo Partido -el Partido de
Dios- ha derrochado sabiduría política en el nuevo Gobierno, de unidad
nacional, mediante actos como la cesión de carteras ministeriales a sus
aliados más pequeños… Y cuyo evidente prestigio resulta un trago amargo para
más de uno. ¿Habrá que especificar quiénes?.