in embargo, la realidad turca parece empeñada a tener que hace frente en
demasiadas ocasiones a importantes crisis. Terremotos, golpes de estado
fallidos o triunfantes, reveses financieros, crisis políticas o corrupción,
han venido sucediéndose en las últimas décadas dificultando sobremanera el
normal desarrollo de Turquía.
Estas primeras semanas de verano han venido cargadas de noticias que
muestran la compleja y peligrosa tesitura a la que deberá hacer frente
Turquía los próximos meses. El proceso abierto por los tribunales para
ilegalizar al gobernante AKP, la detención de importantes personajes en
torno al «caso Ergenekon», la situación kurda o el reciente atentado
contra el consulado de EEUU de Estambul son algunos ejemplos que pueden
llevar a una grave polarización de la sociedad, ahondando en las
diferencias entre los distintos actores que pueden arrastrar a Turquía a
la peor crisis de su historia moderna.El proceso judicial
contra el AKP es una nueva escenificación del pulso que
mantienen los partidarios del status quo del pasado frente a las fuerzas
agrupadas en torno a su proyecto islamista y paradójicamente
modernizante. A la espera de la decisión del Tribunal Constitucional,
analistas apuntan a que las posibilidades de ilegalizar al gobernante
AKP son del 99%.
Las élites burocráticas del Estado que se dicen impulsores del
lacicismo y la democracia no han dudado en utilizar el conflicto, la
confrontación o la imposición para mantener el proyecto político que
aseguran defender, aunque todo ello haga saltar por los aires los
pilares básicos del concepto de «democracia». Si se confirma el «golpe
de Estado jurídico», Turquía se encontrará de nuevo a las puertas de una
profunda convulsión política (la oposición no tienen alternativa para
sustituir al AKP) y económica (la recesión sería utilizada como una
consecuencia del «mal gobierno» del AKP, algo que no guarda relación con
la realidad).
De momento, el AKP parece haber elaborado una estrategia para hacer
frente a los que se le avecina. Para hacer frente a presiones y
maniobras de la burocracia estatal se ha esforzado en «crear un espacio
político para el movimiento y para hacer frente a futuras coyunturas».
Como señala el profesor universitario Francisco Veiga, las maniobras
judiciales representan «la legalización del suicidio político». La
maniobra puede acabar volviéndose contra sus impulsores, ya que no hay
que olvidar que el AKP jugará la baza de Bruselas y, además, la sociedad
turca cada vez percibe con mayor claridad las actitudes irregulares de
algunos. Y el propio Tribunal Constitucional podría perder el apoyo de
quienes hoy día le secundan.
La trama golpista denunciada y conocida como Ergenekon se ha
situado en el centro de la actividad política y judicial del país.
Una operación que se inició con la investigación sobre unas
granadas descubiertas en un domicilio el pasado año en Estambul ha
derivado en una vasta operación para desarticular «una organización
criminal».
Esa red, que algunos comparan con la red Gladio que operó en Europa
hace décadas, habría logrado asentar sus tentáculos en buena parte de la
estructura del Estado, así como en los ámbitos académico, empresarial y
de la comunicación. Entre los documentos incautados parecen encontrarse
las líneas de actuación del grupo, que a «través de muertes de
intelectuales, políticos, e incluso militares, buscaría fomentar un
clima de inestabilidad para provocar una intervención militar».
La detención de varios generales retirados con claros antecedentes
golpistas ha supuesto un duro golpe para quienes defendían la «intocabilidad»
de ciertos sectores y ha servido para poner sobre la mesa las tramas y
lazos de ese llamado «Estado profundo» con algunos sectores del crimen
organizado. Buena parte de la población se pregunta si esa trama tendrá
lazos con militares en activo y quién es su «número uno».
Uno de los sectores que pueden verse más afectados son las
todopoderosas Fuerzas Armadas de Turquía (TSK). Si hasta ahora estaban
consideradas como uno de los segmentos intocables del Estado (como mucho
se les condenaba en ocasiones por «apropiación ilegal de riqueza», es
decir, corrupción), junto a la judicatura (que sigue disfrutando de ese
estatus), cada vez son más los que relacionan al Ejército con los golpes
del pasado y con su más reciente actividad para-golpista.
También están saliendo a la luz pública otras actuaciones recientes,
como el «Plan de Acción y Actividades de Apoyo e Información», que
supuestamente buscaba presionar a los medios de comunicación y a la
judicatura para que colaborasen «en la lucha contra el AKP».
Las próximas semanas la atención mediática, y probablemente las
maniobras de esa oscura red, se va a centrar en dos testigos clave,
ambos militares retirados y con importante peso en el pasado, el general
Hilmi Özkök, antiguo jefe del Estado Mayor, y el comandante de navío
Ozdem Örnek. Por otro lado, habrá que esperar a la importante reunión de
agosto del Consejo de Seguridad Nacional (MGK) para ver si actúa contra
algunos militares en activo, lo que indicaría también el nivel de
implicación de la actual estructura militar en la red golpista.
La situación del pueblo kurdo, siempre en la agenda del
estado turco, puede verse perjudicada con estos acontecimientos.
Si en los últimos meses se ha venido desplegando una campaña
militar contra el PKK, hace unos días tuvo lugar en Turquía una
conferencia de la «Plataforma Abant», con el fin de impulsar medidas
«económicas, políticas y sociales» para hacer frente a esa realidad. Era
un intento de buscar una salida a la larga lucha del pueblo kurdo en
defensa de sus derechos y libertades, y aunque la mayoría de propuestas
estaban en clara clave turca podría haber sido un primer intento para
articular las bases de una solución negociada al conflicto. Pero el
resto de acontecimientos ha hecho que el AKP deje de lado, de momento,
esta iniciativa.
Finalmente, el reciente ataque al consulado de EEUU en Estambul ha
supuesto otro peldaño más hacia la crisis que atenaza el futuro turco.
Es pronto para apuntar su autoría, pero la prensa maneja todo un
abanico, desde el PKK, hasta cualquiera de los grupos locales islamistas
armados, pasando por alguna célula de Al Qaeda o alguna organización de
izquierdas. Algunos se han atrevido a señalar que podría ser obra de esa
«alianza informal de militares, policías y servicios secretos» que busca
la desestabilización.
Turquía puede estar a las puertas de nuevos tiempos. O «se produce el
final de sesenta años de democracia controlada y el nacimiento de una
plena democracia» o «ese grupo de militares, jueces, periodistas e
intelectuales que desde la sombra del estado han dirigido las
directrices del país, continuarán haciéndolo en el futuro».