Por Juan Miguel Muñoz - El País, España
No empleó armas de fuego, no explotó un cinturón de explosivos, ni siquiera
esgrimió un cuchillo. Hosam Taysir Duayat, obrero palestino de 30 años, se hizo
al mediodía de ayer con los mandos de una excavadora, arrasó media docena de
vehículos y volcó un autobús repleto de pasajeros en un recorrido devastador de
500 metros en la céntrica calle Yaffa de Jerusalén. Mató a tres mujeres
israelíes e hirió a cuarenta antes de que un soldado de paisano y un policía se
alzaran sobre la máquina, lograran detenerla, y le dispararan a bocajarro cuatro
tiros. Segundos después lo remataron. En la Ciudad Santa, donde se impuso el
estado de emergencia, se vivieron escenas de pánico, carreras desenfrenadas, y
el masivo despliegue policial que acompaña a un ataque de esta naturaleza.
Un agente de una empresa privada de seguridad sonreía después de haber
disparado contra Duayat y mostraba satisfecho su pistola a la televisión.
Segundos después, el obrero palestino ponía de nuevo la excavadora en marcha y
arrollaba a un peatón. Fue entonces cuando el soldado y el policía se subieron
al bulldozer y acribillaron al agresor, vecino de Zur Baher, un pueblo al
sur de Jerusalén. No se trató de un atentado suicida como los que aterrorizaron
a los israelíes a mediados de la década de los noventa y en los primeros años de
este siglo, en plena Intifada. Pero Duayat tenía que saber que no saldría vivo.
Es el primer atentado terrorista desde que el 6 de marzo otro joven palestino
asesinara a disparos a ocho estudiantes de una yeshiva (escuela
talmúdica) a escasos cientos de metros de donde ayer quedó finalmente varada la
excavadora, junto a las obras del tranvía que enlazara la mitad judía de la
ciudad con las colonias en la zona ocupada. Poco más adelante, se ubica el
mercado Mahane Yehuda, abarrotado al mediodía. "Para nuestra desgracia, los
atacantes no cesan de inventar nuevas maneras de golpear en el corazón del
pueblo judío, aquí en Jerusalén", declaró el alcalde de la Ciudad Santa, Uri
Lupoliansky.
"Parece que es un ataque espontáneo", declaró el comisionado de la policía
Dudi Cohen. Hamás y Yihad Islámica se desvincularon de la autoría del atentado.
"El enemigo debe esperar más ataques como estos si mantiene la ocupación y las
agresiones contra nuestro pueblo y nuestra tierra", afirmaron los islamistas en
sendos comunicados.
El ataque provocó reacciones airadas de la clase política israelí. El primer
ministro, Ehud Olmert, ordenó al ministro de Justicia estudiar la posibilidad de
anular todos los derechos sociales a los parientes del agresor y la demolición
de la vivienda familiar, un castigo muy frecuente en los últimos años, que
cosecha ácidas críticas de los organismos internacionales de derechos humanos.
Pocas horas después, el Parlamento aprobaba por mayoría holgada, en primera
lectura, dos propuestas que permitirían al Gobierno revocar la ciudadanía de los
palestinos implicados en ataques terroristas y también a sus familias. Algunos
diputados de la extrema derecha abogaban por desterrarlos a Gaza. En el plano
político, y pese a las exigencias de la derecha de abandonar las negociaciones
con la Autoridad Nacional Palestina, nada hace prever que Olmert suspenda unas
conversaciones en las que Jerusalén Este es precisamente el asunto que genera
los más encendidos debates.