La crisis petrolera y las prevenciones frente al desarrollo nuclear y
armamentista de Irán estimulan un cambio contradictorio de escenario en el
conflicto palestino-israelí.
Por Marcelo Cantelmi - Clarín
Un clima de expectativas de paz que parece desafiar a la historia se ha
aposentado repentinamente sobre Oriente Medio. Allí, donde se produce la mayor
tragedia de la humanidad, en palabras del historiador británico Eric Hobsbawn, y
donde cualquier cambio es siempre un paso más hacia el abismo, sucede de un
momento al otro y al menos en los papeles un vertiginoso cambio de expectativas.
Ese giro se expresa en un cese de hostilidades entre Israel y el grupo
ultraislámico palestino Hamas; una distensión con Líbano y el partido pro iraní
Hezbollah; y la declarada intención israelí de negociar con Siria, incluyendo el
destino de la meseta del Golán tomada al país árabe en la Guerra de los 6 Días
de 1967.
Descripto de este modo, el mundo estaría frente al desbloqueo súbito de tres de
las crisis más incendiarias de Oriente Medio. Si se apartan las tentaciones de
la retórica y el fundado escepticismo, la pregunta sería entonces qué pudo
ocurrir de ayer a hoy para justificar este cambio de paradigma. Hay al menos dos
grandes dimensiones que develan esa incógnita. No son precisamente las que
postulan que esto es un juego individual del premier israelí Ehud Olmert,
acosado por denuncias de corrupción y aún sin saldar los costos de la fracasada
guerra del Líbano contra Hezbollah hace dos años.
En el subproducto también habría que anotar pero no disminuir la condición ya
concluyente de "lame duck" de George Bush, el término con el que en EE.UU. se
define a un presidente de salida, cuya influencia agoniza también en Oriente
Medio lo que liberaría fuerzas dormidas.Aquellas dimensiones detrás de este
cambio esconden, en verdad, dos grandes esferas contradictorias: el furor de
Israel contra el Irán nuclear y la escalada inusitada del costo del crudo que
está mutando políticas en todo el globo. Estos escenarios no son semejantes: la
amenaza al primero agrava el segundo, de modo que enfocarse en el crudo debería
distender la crisis con Teherán y no es el caso, al menos para Israel. El
galimatías está así servido.
Desde comienzos de mes, Israel ha realizado una exhibición de poderío aéreo, en
unas maniobras que para muchos analistas indican la decisión del socio de EE.UU.
de atacar per se al país persa para desmantelar sus laboratorios nucleares, como
hizo en 1982 contra la planta de Osirak en Irak cuando aún reinaba Saddam
Hussein. En una entrevista al diario Yediot Aharonot, el vicepremier israelí
Shaul Mofaz, un halcón con todas las letras, acaba de advertir que si Irán
continúa enriqueciendo uranio "un ataque será inevitable". Ello pese a que la
propia inteligencia de EE.UU. sostuvo en diciembre pasado que ese país cesó en
2003 el desarrollo de armas atómicas. No es sólo la amenaza que supone esa
tecnología lo que anida tras este ruido de sables, sino el enorme poder que
ahora concentra Teherán en la región, a raíz de la inoportuna guerra en Irak.
Más de cien aviones F-16 y F-15 participaron de las maniobras que el Pentágono,
según un funcionario citado por The New York Times, interpretó como un múltiple
mensaje tanto a Irán como al mundo respecto a que está listo el ataque si los
esfuerzos diplomáticos fallan. La súbita mejoría en las relaciones con sus
vecinos sería un paso previo clave para idealmente intentar despejar de aliados
a Teherán en esa eventual circunstancia guerrera. El problema es que si se da
ese salto mortal los resultados no necesariamente serán satisfactorios para el
país atacante. Podría demorarse pero no frenarse el desarrollo nuclear iraní
porque se desconoce el paradero de muchas de sus estructuras subterráneas.
Rusia, además, está proveyendo instalaciones de radar y misilísticas a Teherán
lo que amplia lo gravoso del cuadro. Y por sobre todo, está también el
antecedente del revés israelí en la ofensiva contra Hezbollah en 2006, un
enemigo de menor potencia y tamaño, y que se resumió en un bombardeo intenso de
Líbano y su capital sin lograr anular a su objetivo.Ahora bien, como ya hemos
señalado, un ataque de ese tipo lo que sí provocaría es un salto de trapecio del
costo del petróleo. Y difícilmente el mundo árabe se alzaría de hombros frente a
un nuevo escenario de pesadilla. Ahí aparece de modo nítido la otra dimensión.
Si se advierte la profundidad que ha alcanzado la crisis petrolera, no debería
asombrar la cada vez más nutrida caravana de analistas y políticos que presionan
por negociaciones con todos los actores que apaguen las llamas de Oriente Medio.
Es claro que el poder económico es el verdadero poder y esta guerra nunca como
ahora es visualizada como un escollo en la estrategia para atemperar esta
escalada del costo del crudo, uno de los ejes centrales de las campañas
presidenciales en EE.UU. Por si hay dudas sobre los efectos de esta deriva, dos
senadores muy lejos de cualquier sospecha progresista, el ex demócrata Joe
Lieberman, un firme aliado de Bush, y la republicana Susan Collins propusieron
que se prohíba la inversión especulativa en fondos vinculados al petróleo. El
precio del crudo está armado tanto por el ciclo largo de demanda de Asia como
por el war price que implica la crisis de Oriente Medio, y por la colocación de
dinero no capitalizado en estas posiciones que ganaron atractivo tras el
estallido de otras burbujas como la de las hipotecas basura. La elocuente
iniciativa promovió voces de escándalo en las usinas liberales por su carácter
inusitadamente intervencionista y por el inesperado origen de la idea. Esta
energía por la paz no es humanista: está intoxicada de pragmatismo. Esa quizá
sea su mayor y efectiva potencia.
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