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Un policía obliga a colocarse en el suelo a trabajadores en Dubai. (Foto AFP) |
En una de las principales
urbes del Golfo plagada de rascacielos, unos 150.000 trabajadores
provenientes de la India, Pakistán y Bangladesh viven hacinados en un
gigantesco campamento, intentado hacer frente a la crisis de alimentos y
del dólar.
Por Andy Robinson -La Vanguardia, España
Frustrado por las
dificultades de la comunicación verbal, uno de los trabajadores indios que
explican sus experiencias en Dubai delante de la unidad 32 del campamento de
expatriados de Sonapur toma mi libreta y escribe en inglés: “Dubai Mall,
centro comercial más grande del mundo. Junto a Burj Dubai, edificio más alto
del mundo... 468”. Con esta cifra no se refería a los metros ya construidos
del enorme rascacielos en Dubai (ya son 640) sino al salario de un peón de
la construcción: 468 dírhams, equivalentes a unos 139 dólares al mes, sin
incluir horas extras.El trabajador señala con el dedo el logotipo en su
mono de la empresa mixta emirato-británica Dutco Balfour Beatty, que
gestiona la obra del Dubai Mall, y apunta 75 dírhams (21 dólares), el
suplemento mensual para comida. Con ello, hace seis meses podía comprar 60
kilos de arroz; ahora, ni 20.
“75 dírhams son tres días de comida en un hotel de Dubai. ¡Para los
obreros es para todo el mes!”, dice, delatando su desconocimiento del otro
Dubai, el de David Beckham o Posh Spice, y el ostentoso hotel Burj Al Arab,
donde un rodaballo al champán cuesta 360 dírhams.
Tres megatendencias de la economía mundial han convergido en Sonapur, un
conjunto inmenso de barracones en el desierto a 30 kilómetros del centro de
Dubai (uno de los siete emiratos que integran desde 1971 los Emiratos Árabes
Unidos) donde unos 150.000 trabajadores de India, Pakistán y Bangladesh
duermen en dormitorios colectivos.
El barril de petróleo a 130 dólares ha convertido Dubai y Abu Dabi en
hervideros de construcción, generando empleo para unos 700.000 inmigrantes.
Pero la depreciación del dólar - y del dírham, que oscila como esta divisa-
ha rebajado en un 10% o más las remesas enviadas a sus familias. Y el
encarecimiento de los alimentos básicos diezma su poder adquisitivo.
Marco feudalista
En Sonapur - ciudad de oro en hindi, pero parcialmente inundada por un
gran charco pestilente de aguas fecales durante nuestra visita-, el triple
golpe económico se suma al peculiar marco laboral del feudalismo postmoderno
de los Emiratos Árabes Unidos. Marco que niega el derecho a formar un
sindicato, el de huelga o el de cambiar de empresa.
“Quiero irme de la compañía, pero tienen mi pasaporte”, dijo Rajashwar,
de 39 años, electricista de Madrás. Al firmar un contrato de trabajo, el
inmigrante casi siempre entrega su pasaporte a la empresa y no puede
recuperarlo hasta que lo termine, en general a los dos años. Muchos obreros
endeudados para pagar pasaje y papeleo - y que deben hasta 3.000 dólares a
traficantes- son, además, víctimas de empresas que a menudo retrasan los
pagos.
Aislados en los campamentos, sin transporte público, los trabajadores
sólo ven las dos metrópolis del petrodólar desde los andamios.
“Los taxis no paran aquí”, dice Yoosaf, trabajador de almacén paquistaní
cuya unidad está inundada. Indios, paquistaníes y bengalíes constituyen casi
el 50% de la población de los Emiratos.
Es una situación desoladora. Pero en India y Pakistán sus familias tienen
problemas peores. El Banco Asiático de Desarrollo calcula que cada aumento
del 10% del precio de alimentos básicos - sobre todo arroz- agrega siete u
ocho millones a los 30 millones de pobres en Pakistán. Por eso, los
trabajadores mandan a sus familias su salario menos lo que gastan en comida
y transporte.
Paradojas
Las singularidades se multiplican en Sonapur. El motivo de la emigración
es la crisis del campo en India, porque el precio de los pesticidas se ha
disparado por la subida del petróleo. Esta crisis causa una epidemia de
suicidios de campesinos (que para matarse ingieren pesticidas). El suicidio
se ha trasladado a campamentos como Sonapur. El consulado indio cree que
cada cuatro días se suicida un inmigrante.
El éxito de la petroeconomía de los Emiratos Árabes Unidos ha cegado al
mundo ante un sistema laboral “con características de esclavitud”, dice Nick
McGeehan, de la ONG Mafiwasta, especializada en abusos laborales en los
Emiratos. Respetables multinacionales que operan en Dubai son responsables
de estos abusos.
Cada vez estallan más protestas. El año pasado, un grupo de trabajadores
cerró dos horas el puente de acceso a Dubai. En marzo, unos 1.500
trabajadores prendieron fuego a autobuses de la constructora estadounidense
Drake & Skulle y 2.500 trabajadores que construyen la torre Burj Dubai
hicieron huelga. Otros se plantean marcharse si las autoridades les dejan.
Una fuerte salida de inmigrantes crearía problemas al país.
El Gobierno ha anunciado reformas que permitirían algunos derechos
sindicales. Pero McGeehan señala que “hay una brecha abismal entre la
retórica y la realidad”.
En este marco, las constructoras occidentales que hacen su agosto en el
Golfo se han acostumbrado al modelo Dubai. Registran fabulosos aumentos de
beneficios: Balfour Beatty, un 48% en el 2007 y la matriz de Drake and Scull
Emcor, un 186%.
Ante una nueva ley que prohíbe trabajar en las horas de fuerte sol - más
de 50 grados-, la compañía europea Jan de Nul que participa en el
megaproyecto de Saadiyat Island en Abu Dabi - intervienen Frank Gehry, Jean
Nouvel o Norman Foster- pidió una exención “para terminar la obra según el
calendario en el interés del turismo y de Abu Dabi”.