Mientras los escombros son removidos de las rutas
con el auxilio de grandes camiones, tras un acuerdo entre los
partidos políticos enfrentados alcanzado por la mediación de países
árabes, los libaneses se preguntan cuánto tardarán en despejarse los
caminos.
Normalmente congestionadas, las rutas que comunican a Líbano con el
exterior quedaron desiertas el 7 de mayo. Una protesta contra el
alto costo de vida causó un baño de sangre en Beirut, que se
extendió a las montañas, el oriental valle de la Bekaa y la
septentrional ciudad de Trípoli.
Miembros de los grupos opositores proiraníes y prosirios se
enfrentaron armas en mano con seguidores de las dos fuerzas
mayoritarias de la coalición gubernamental antisiria, el sunita
Movimiento Futuro y el druso Partido Socialista Progresista.
La oposición está dominada por los partidos chiitas Amal y Hezbolá y
sus milicias, junto con el libanés Partido Social Nacionalista
Sirio. Cuentan con el apoyo de Teherán y de Damasco.
El conflicto estalló luego del anuncio del gobierno sobre su
voluntad de investigar la red de comunicaciones privada de Hezbolá y
desplazar al jefe de seguridad del aeropuerto de Beirut, Wafiq
Shoucair, por sus supuestos lazos con la milicia chiíta.
El movimiento del aeropuerto quedó paralizado luego de que miembros
de la oposición bloquearon con escombros y neumáticos encendidos las
carreteras que conducen a la terminal aérea.
En represalia, jóvenes del Movimiento Futuro y residentes de la
aldea Majdel Anjar, cerca del cruce de Masnaa, que une a Líbano con
Siria a unos 70 kilómetros de Beirut, bloquearon el camino hacia
Damasco con montículos de tierra.
La autopista lucía sorprendentemente desierta. Unas pocas personas
se aventuraban a trasladarse a Siria a pie.
El viaje de esta corresponsal hacia Beirut comenzó en Jordania, con
un trayecto de dos horas en automóvil rumbo a Damasco, que se
encuentra a unos 100 kilómetros de la capital libanesa.
El tramo entre Damasco y Beirut debió ser cubierto en taxi. Se
inició en la amplia avenida, repleta de automóviles que se dirigían
hacia los suburbios, que divide el área de Mazzeh, donde se
encuentra el cuartel general del temido servicio de inteligencia
sirio.
A medida que las grandes explanadas, edificios grises y las verdes
plazas de Damasco se desvanecían en el sol del atardecer, en segundo
plano, gradualmente emergieron las montañas libanesas y el
movimiento de la autopista se detuvo súbitamente. Sólo unos pocos
automóviles atravesaban la tierra de nadie que separa la aduana
siria del cruce de Masnaa.
Un alto y musculoso funcionario de aduanas libanés, vestido de
civil, recordó los enfrentamientos de los últimos días.
"La aldea fue escenario de violentos combates. Los residentes,
alineados con la mayoría gubernamental, y pertenecientes a
movimientos salafistas (una de las ramas más radicalizadas del
Islam) se enfrentaron con facciones desconocidas apostadas en el
lado sirio de la frontera. El edificio de la Aduana fue rociado con
balas, pues estaba en la línea de fuego", señaló.
Una semana después de los combates, las rutas libanesas fueron
reabiertas inesperadamente. Una delegación de países árabes,
encabezada por Qatar, viajó a Beirut y medió entre las facciones
enfrentadas, para lograr que se reanudara un diálogo nacional entre
los principales grupos políticos.
Las rutas quedaron despejadas como por arte de magia, como si algún
dios compasivo se hubiera apiadado de la penuria de los viajeros
libaneses.
Cuando los primeros aviones volvieron a aterrizar en el aeropuerto
de Beirut, unos pocos pasajeros desaliñados comenzaron a salir de la
terminal aérea. "Viajamos hace dos semanas a Qatar, por negocios",
dijo una mujer.
"Afortunadamente pudimos quedarnos en la casa de unos amigos durante
nuestra larga y forzada estadía. Estábamos muy ansiosos y llamábamos
al aeropuerto todos los día para preguntar por nuestro vuelo a
Beirut", agregó.
"Parece que los libaneses estamos destinados a pasar regularmente
por un calvario cuando salimos del país en verano", comentó. La
mujer se refería a los conflictos que sacudieron al país en los
últimos dos años.
En 2006, Israel lanzó una campaña militar contra Hezbolá. La guerra
de 33 días dejó unos 1.200 libaneses muertos. En 2007, en el
campamento de refugiados palestinos de Nahr el-Bared estalló un
prolongado conflicto entre el grupo extremista Fatah al-Islam y el
ejército libanés.
"Estaba considerando volver a Beirut en barco, a través de Chipre",
relató Brahim, un joven que se encontraba de vacaciones en Dubai. "Parace
que en Líbano un simple plan de viaje es objeto de gran
incertidumbre. Supongo que es parte de nuestra cultura", señaló.