Hasta invirtió los nombres del
primer ministro libanés, Fouad Siniora, con el del líder druso Walid Jumblatt
–llamando a Jumblatt primer ministro y a Siniora, su vice– y culpó a ambos por
tratar de establecer una base de CIA-Mossad en el aeropuerto de Beirut.
¿Qué otro motivo podría haber,
preguntó, para que ambos hombres exigieran el desmantelamiento del sistema de
comunicaciones de Hezbolá y la suspensión del jefe de seguridad del aeropuerto?
Esto era “una declaración de guerra del gobierno libanés contra la resistencia”.
Bueno, quizá. Pero Nasralá aún quiere que los enemigos de Hezbolá sean los
israelíes –no sus opositores libaneses–.
¿Qué pasó minutos después de que habló? Por lo menos un hombre armado del
movimiento chiíta Amal comenzó a disparar a la oficina de los partidarios
sunnitas del gobierno, algunos de los cuales pueden haber sido los jóvenes
aparentemente traídos de Trípoli para exactamente esa batalla. El ejército
libanés no estaba totalmente ocupado en las calles anteanoche, pero sus
vehículos blindados iban de un punto sectario a otro, aparentemente recibiendo
fuego de ambos lados.
Fue un oscuro y angustiante discurso del secretario general de Hezbolá que se
difundió menos de 24 horas después de que el gran mufti, Mohammed Kabbani, se
refiriera furiosamente a Hezbolá como “bandas armadas de forajidos que llevaron
a cabo los peores ataques contra los ciudadanos y su seguridad”. Está demás
decir, ni Nasralá ni Kabbani dijeron lo obvio –que el primero representa a un
gran número de la comunidad chiíta musulmana y el segundo a la mayoría de los
sunnitas–. El punto de este juego peligroso, por supuesto, es el trasfondo
sectario. Los combates en las calles de Beirut son entre chiítas y sunnitas, los
primeros apoyando a Hezbolá armado por Irán, los segundos, al gobierno libanés,
que ahora es llamado regularmente por su sobrenombre, “Apoyado por Estados
Unidos”, En otras palabras, la caída de Beirut estos tres últimos días es parte
del conflicto estadounidense-iraní (aunque los estadounidense culparán a Hezbolá
por esto y los iraníes culparán a los estadounidenses).
Sin embargo, el lenguaje de Nasralá –como el de Kabbani– era atemorizador,
aunque detrás de él estuviera la bandera nacional del Líbano con su árbol verde
(un cedro) así como la propia bandera amarilla de Hezbolá. Llamar a Jumblatt “un
mentiroso, un ladrón, un asesino...” –aunque su opinión puede ser devuelta por
Jumblatt mismo– es un lenguaje que pone la vida de los libaneses en peligro.
La queja de Nasralá de que la suspensión de Wafiq Chucair como jefe de seguridad
del aeropuerto es parte de un plan estadounidense-israelí suena un poco fuerte,
pero su larga y detallada insistencia en que Hezbolá debiera mantener sus nuevos
canales de comunicación –incluyendo sus cámaras a lo largo del perímetro del
aeropuerto de Beirut– era quizá más razonable, además de que le permite a su
organización ser parte del Estado. Las comunicaciones inalámbricas se pueden
intervenir fácilmente, dijo, y añadió que las nuevas comunicaciones eran “la
herramienta más poderosa” en la guerra de 2006 de Hezbolá contra Israel. Nasralá
señaló de manera intrigante que el gobierno de Siniora le había dicho
previamente a Hezbolá que permitiría que los circuitos de comunicaciones seguros
se mantuvieran si el movimiento cerraba su “ciudad carpa”, vacía en gran parte,
ubicada en el centro de Beirut. Por cierto, ha estado en el lugar durante más de
un año. Hezbolá no tenía ninguna pelea con el ejército libanés –una opinión que
puede no ser compartida por el general Michel Sulaiman, su comandante, que
declaró ayer que la situación estaba “amenazando la imparcialidad del
ejército”–.
Todo lo cual hace que la crisis en el Líbano continúe. El aeropuerto de Beirut
estaba vacío ayer –el diario cristiano L’Orient Le Jour sugirió que debe estar
tomado por Hezbolá, que controla todos los caminos a la terminal– y hubo breves
intercambios de fuego entre los partidarios del gobierno y de la oposición en la
ciudad de Saadnayel, en el Valle de la Bekaa. Se quemaban neumáticos demarcando
las áreas en los distritos chiítas y sunnitas, y el ejército cerró la autopista
Corniche Mazraa, que divide a Beirut oeste. A la noche la escena era una
batalla. Kuwait instó a sus ciudadanos a que abandonaran el Líbano –sin tener la
cortesía suficiente de decirles cómo ejecutar esta tarea sin un aeropuerto–.
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© The Independent de Gran Bretaña.
Especial para Página/12
Traducción: Celita Doyhambéhère