asta finales de 2007 sólo había un tabú informativo en Al Jazeera: la
actualidad de Qatar, el pequeño y próspero emirato donde tiene su sede y que
la financia con varios cientos de millones de dólares al año. El presupuesto
del emporio Al Jazeera, que cuenta también con un canal deportivo, otro
infantil, un tercero de documentales y, desde 2006, uno de noticias en inglés,
es secreto.
A principios de año se ha añadido un segundo tabú: Arabia Saudí. Al Jazeera
criticaba sin piedad a este país y profesaba tal odio a la monarquía wahabita
que ésta denegaba a sus trabajadores jordanos el visado de tránsito cuando
intentaban regresar de vacaciones a su país, pasando por territorio saudí.
Riad retiró incluso a su embajador en Doha en 2002, tras un agrio debate
televisivo sobre su actuación en el conflicto palestino-israelí, y creó la
televisión Al Arabiya, con sede en Dubai, para competir con la cadena catarí.
Ambas capitales han empezado ahora a reconciliarse. Una delegación catarí,
que incluía al presidente de Al Jazeera, el jeque Hamad bin Thamer al Thani,
fue recibida en septiembre por el rey saudí Abdalá; éste aceptó viajar a Doha
en enero para asistir a la cumbre de las monarquías del Golfo, y el ministro
saudí de Exteriores, príncipe Saud al Faisal, anunció el próximo regreso de su
embajador.
Paralelamente, los reporteros de Al Jazeera son de nuevo autorizados a
entrar en Arabia Saudí y sus autoridades dejan caer que podrán abrir oficina
en Riad. "Damos ahora más información que antes del país", asegura Salim
Subash, del gabinete de prensa de la cadena, desmintiendo cualquier concesión.
"Sí, pero ésta es acrítica, insípida", replica un periodista que prefiere no
ser citado por su nombre.
¿Por qué se produce ahora la reconciliación? "Ante un Irán al que perciben
como una creciente amenaza, las monarquías del Golfo han optado por dejar de
lado sus disputas y cerrar filas", sostiene un diplomático europeo acreditado
en la zona. Su explicación es ampliamente compartida.
De mártir a víctima civil
La línea informativa de Al Jazeera no incluye, por ahora, más tabúes, pero
sí se ha edulcorado en otros ámbitos. En Irak, por ejemplo, no ahorra críticas
a la presencia militar de EE UU, pero, poco a poco, ha empezado a llamar
musalaheen (hombres armados) a los que antes era los muqaawama
(resistentes iraquíes) y los muertos causados por los militares
estadounidenses ya no son "mártires" sino meras "víctimas civiles". Las
presiones de Washington están, probablemente, detrás de éste cambio de
lenguaje.
Más llamativa aún ha sido la reunión, la semana pasada, entre el presidente
de Al Jazeera y la ministra israelí de Asuntos Exteriores, Tzipi Livni, que
participó en una conferencia en Qatar. La cadena informó de su presencia en el
emirato, pero omitió señalar que fue recibida por el jefe del Estado catarí,
el jeque Hamad bin Khalifa.
Livni y el presidente de la cadena acordaron, según el diario israelí
Haaretz, iniciar conversaciones a alto nivel para empezar a cooperar.
Israel se había quejado por escrito, en marzo, de la omisión por Al Jazeera de
los padecimientos de los habitantes del Neguev, golpeados por los cohetes
palestinos Qassam, y decidió boicotear a la cadena prohibiendo a sus
funcionarios hacerle declaraciones. No vetó, sin embargo, los movimientos de
sus periodistas.
La "rectificación", como la describe un redactor en Doha, de la línea
informativa no sólo afecta al canal en árabe sino también al inglés. El más
célebre de sus periodistas anglosajones, el estadounidense Dave Marash,
dimitió a finales de marzo alegando un creciente control editorial por parte
de la dirección. "La cadena actual (...) no es aquella con la que firmé" el
contrato, se lamentó en The New York Times.
Qatar fue, en febrero, en El Cairo, el país que más se opuso a la adopción,
por los ministros de Comunicación árabes, de un protocolo que exige a las
emisoras vía satélite que "no atenten contra la paz social, la unidad
nacional, el orden público o los valores tradicionales", por ejemplo. Pero,
con discreción, el emirato está modificando los contenidos de una televisión
que, pese a todo, sigue aún siendo un soplo de libertad en un mundo árabe
repleto de censores.