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(IAR Noticias)
25-Abril-08
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El
presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad y el presidente de EEUU,
George W. Bush. |
Al mediar en una tregua
entre el gobierno de Iraq y la insurgencia chiita, Irán dejó a
Estados Unidos en una situación embarazosa y fortaleció su imagen
como un estabilizador más eficaz que la potencia ocupante.
Por Trita Parsi (*) - IPS
Las gestiones de Irán en Iraq dejaron otra vez en
evidencia que, a pesar de las acusaciones del gobierno de George W.
Bush sobre el papel del de Mahmoud Ahmadinejad como azuzador de la
violencia chiita, la influencia de Irán allí es bastante más
compleja que eso, innegable y multifacética.
A medida de que Washington comienza a aceptar esa realidad, Medio
Oriente se acerca al momento de la verdad: ¿Estados Unidos está
preparado a compartir el poder en la región con Irán?
El riesgo de guerra entre la potencia mundial y la regional cayó en
los últimos meses, a pesar de la identificación de Irán como
principal amenaza a Estados Unidos por parte de Bush. Mientras, se
consolida un módico optimismo para las relaciones entre los dos
países hacia el año próximo.
La mala relación impidió que se exploraran áreas de interés
recíproco. Con un nuevo presidente en la Casa Blanca a partir del 20
de marzo de 2009, y tras las elecciones en Irán fijadas para marzo,
los dos países tendrán nuevos jefes de gobierno a mediados del año
próximo.
Eso abrirá una oportunidad de reducir las tensiones y de comenzar a
resolver las diferencias.
Pero Estados Unidos e Irán tienen gran experiencia en eso de
perderse oportunidades políticas. Sobre todo del lado
estadounidense, donde falta una redefinición estratégica.
El candidato del gobernante Partido Republicano a la presidencia,
John McCain, y la aspirante al cargo del opositor Partido Demócrata,
Hillary Rodham Clinton, parecen inclinados a mantener la actual
política estadounidense hacia Irán.
McCain ha aflojado su posición desde que el año pasado sugirió que
atacaría a Irán, y sostiene ahora que la guerra sería el absoluto
último recurso. Pero también criticó al aspirante demócrata Barack
Obama por favorecer la diplomacia directa entre los dos países.
Clinton se inclina por el diálogo, pero prefiere fortalecer, como
primera opción, la política de contención. En el debate televisado
del día 16 con Obama, la senadora propuso proteger a todo Medio
Oriente con un "paraguas nuclear disuasivo que cubra mucho más que
sólo Israel".
"Hagámosle saber a los iraníes que debe relegar sus ambiciones
nucleares y que un ataque contra Israel desataría una represalia
masiva, pero también un ataque contra los países dispuestos a quedar
protegidos por el paraguas de seguridad", dijo.
Obama sigue siendo el único aspirante a la presidencia que articula
una estrategia más amplia sobre Irán, centrada en la diplomacia.
Pero tampoco sabe, al parecer, si sabe qué esperaría el régimen de
Ahmadinejad en una negociación.
La discusión en Washington sobre cualquier eventual apertura a
Teherán se concentra en incentivos económicos, con la esperanza de
que las zanahorias, y no los palos, logren un cambio de actitud.
A veces, surge la idea de ofrecer garantías de seguridad como
aliciente para restarle incentivos para desarrollar armas nucleares
disuasivas contra Estados Unidos.
Pero, si bien estos factores son necesarios, no son suficientes. Lo
hubieran sido en tiempos pasados.
Lo que sucede hoy en el terreno es muy diferente al de hace algunos
años. La influencia regional de Irán es incuestionable. Aventar su
predicamento en Afganistán, Iraq, Líbano y, tal vez, también en Gaza
ya no es una opción realista.
La pregunta ya no es, si lo fue alguna vez, qué incentivos
económicos requiere Irán para cambiar su conducta.
Alcanzar un acuerdo que ayude a estabilizar Iraq, impedir la
resurrección del movimiento islamista Talibán en Afganistán, lograr
la pacificación de Líbano y mejorar el clima en el diálogo
árabe-israelí obliga ahora a Estados Unidos a reconocerle a Irán el
protagonismo en la región y concentrarse en influir sobre su
gobierno, más que minimizarlo.
Ni Washington ni Teherán pueden desear que el otro desaparezca. Los
días de Estados Unidos en Iraq parecen contados. Pero no queda claro
que vaya a abandonar Medio Oriente en el corto plazo.
Estados Unidos tampoco puede continuar desarrollando políticas
basadas sobre la idea de que Irán puede ser excluido. Tarde o
temprano, ambos países deben aprender a "compartir" la región.
Pero Washington no ha llegado al punto de pensar en eso, ni en
términos políticos ni económicos. Reconocer el rol de Teherán
tendría repercusiones inmediatas en el orden de la región y en la
situación de aliados de Estados Unidos que se benefician del actual
statu quo.
La potencia mundial no está preparada par este escenario. Después de
todo, Irán ha sido notoriamente incapaz, o no ha estado dispuesto, a
definir su propio papel en la región ni a considerar las
consecuencias de sus diversas opciones en sus vecinos o en Estados
Unidos.
Con Teherán reticente a manifestar lo que quiere, Washington sólo
puede suponer. La incógnita permite a los rivales de Irán a
describir su proyecto como hegemónico.
De todos modos, la realidad obliga a Estados Unidos a comenzar a
considerar qué alcance podrá acordar con sus aliados para el poder
de Irán en la región. Es decir, un nuevo equilibrio.
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(*) Trita Parsi es autor de "Treacherous Triangle -- The Secret
Dealings of Iran, Israel and the United States" ("Triángulo
traicionero: Las relaciones secretas de Irán, Israel y Estados
Unidos", Yale University Press, 2007"). También es presidente del
Consejo Nacional Iraní Estadounidense.
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