El 31 de enero de 2008, cuando la comisión Winograd
presentó su informe final sobre la Segunda Guerra Libanesa de julio de
2006, fue una primicia en la historia israelí: un informe sobre los
motivos por los que los militares israelíes fracasaron en una guerra.
La comisión Winograd ofrece una evaluación bastante honesta de
algunos aspectos de la guerra de julio de 2006. [1] Reconoce que fue
“una seria oportunidad perdida.” Israel había “iniciado una larga
guerra, que terminó sin su clara victoria militar.” La comisión señala
que una milicia “de unos pocos miles de hombres resistió, durante
algunas semanas, al ejército más fuerte de Oriente Próximo, que gozaba
de total superioridad aérea y de ventajas de tamaño y tecnología.” Nada
pudo invertir los impedimentos de Israel: ni siquiera una masiva
ofensiva terrestre lanzada en los últimos días de la guerra.
Sin embargo, después de esta lúcida valoración, la comisión da un
traspié. Culpa por el revés militar de Israel a “serios defectos y
fallas” en la toma de decisiones, la preparación, la coordinación entre
la dirigencia civil y militar, y la planificación estratégica. [2] En
otras palabras, la mala actuación de las fuerzas armadas israelíes en
julio de 2006 no fue el resultado de algún cambio fundamental en el
equilibrio de fuerzas. Esas fallas fueron el resultado de unos pocos
cálculos equivocados, una preparación inadecuada y una coordinación
menos que óptima entre diferentes ramas de las fuerzas armadas
israelíes: todos errores que pueden y serán fácilmente corregidos en una
revancha con Hezbollah.
No podemos culpar de modo verosímil por la derrota israelí a fallas
en la toma de decisiones. Israel tuvo muchos años para destruir a
Hezbollah durante su prolongada ocupación del sur del Líbano; pero se
retiró unilateralmente en abril de 2000, y Hezbollah reivindicó la
victoria. En julio de 2006, asimismo, los militares israelíes no
lograron igualar sus anteriores victorias fáciles contra ejércitos
árabes: pero no fue por fallas en el liderazgo, que no se haya utilizado
suficiente poder de fuego (que fue utilizado), o que no se haya lanzado
una ofensiva terrestre oportuna (habría sido detenida tal como lo fue
anteriormente).
La ofensiva militar israelí de julio de 2006 había fracasado porque
Israel estaba haciendo una guerra que no correspondía a sus ventajas en
tamaño y tecnología. Israel había terminado por encontrar la horma de su
zapato – un enemigo que estaba preparado para combatir, que sabía cómo
combatir según sus propias condiciones, un enemigo elusivo y astuto,
diestro y atrevido, dispuesto a adaptar sus métodos para neutralizar la
superioridad técnica de Israel, que controlaba su terreno y, lo más
importante, estaba respaldado por Siria e Irán. Por primera vez en su
historia, una invasión israelí había reculado ante una astuta
resistencia guerrillera.
En el pasado, los ejércitos árabes habían regalado victorias fáciles
a Israel. Repetidamente, los Estados árabes prefirieron librar guerras
convencionales: esos países atrasados, recientemente descolonizados,
enviaron a sus fuerzas armadas mal entrenadas, mal dirigidas, mal
motivadas a combatir contra la mejor fuerza militar, la más decidida,
que Occidente desarrollado podía ofrecer. Las victorias de Israel contra
los ejércitos árabes son sobreestimadas: siempre fue una partida
desigual. Los palestinos decidieron librar una guerra de guerrillas en
Jordania a fines de los años sesenta, pero lo hicieron de modo
prematuro, sin preparar las condiciones políticas para su éxito. Fueron
derrotados porque se vieron obligados a combatir en dos frentes: contra
Estados árabes enemigos y los israelíes.
Los israelíes sólo se engañan a sí mismos cuando utilizan coartadas –
malas decisiones o preparación inadecuada – para ‘explicar’ sus fracasos
militares. Desde el día mismo de su retirada del sur del Líbano en abril
de 2000, la dirigencia israelí se había preparado para la ocasión de
poner fuera de combate a Hezbollah. Por cierto, cuando los israelíes
lanzaron su última invasión del Líbano el 12 de julio de 2006, habían
tenido más de seis años para prepararse; y habían tenido más de dos
décadas para estudiar a su adversario.
Hezbollah también se había preparado. Sin bravatas, pero con
dedicación, disciplina, destreza y astucia, los dirigentes de Hezbollah
reunieron un arsenal de cohetes de baja tecnología así como misiles más
avanzados; construyeron búnkeres secretos; instalaron comunicaciones
defendibles; adquirieron capacidades en la guerra electrónica;
utilizaron aviones teledirigidos y equipos de escucha para reunir
información; colocaron espías dentro de Israel; estudiaron a su enemigo;
y, lo más importante, planificaron y se entrenaron, mientras mantenían
el mayor secreto. [3] En una palabra, las pequeñas bandas de guerrillas
árabes en el sur del Líbano estaban preparadas y listas.
Israel ejecutó su ofensiva planificada de largo plazo contra
Hezbollah el 12 de julio de 2006, utilizando la excusa de una escaramuza
fronteriza para lanzar una guerra a gran escala y devastadora contra el
Líbano. Lanzaron masivos ataques aéreos y de artillería contra la
estructura civil del Líbano – atacando Beirut e instalaciones tan al
norte como la ciudad portuaria de Trípoli. Fuerzas terrestres israelíes
cruzaron la frontera libanesa ese mismo día, y siguieron expandiendo su
invasión terrestre en etapas durante toda la guerra. Durante los 33 días
de guerra, la fuerza aérea israelí realizó más de 15.000 vuelos y atacó
7.000 objetivos en el Líbano; la marina israelí impuso un bloqueo del
Líbano, y bombardeó 2.500 objetivos libaneses; y, en total, los
israelíes destruyeron 15.000 casas, 900 edificios comerciales, 650
kilómetros de carreteras, 80 puentes, y el aeropuerto internacional del
Líbano.
La pérdida de vidas del Líbano hasta el fin de la guerra consistió de
845 muertos, incluyendo a 743 civiles, 34 soldados y 68 guerrilleros de
Hezbollah. [4] Además, cerca de un millón de libaneses se vieron
obligados a huir de sus hogares. [5] La intención de esos ataques
genocidas era volcar a los libaneses contra Hezbollah. Los israelíes
también fracasaron en este objetivo.
En todas sus guerras contra ejércitos árabes, los israelíes habían
logrado claras victorias en unos días. En 1956, capturaron casi todo el
Sinaí en unos siete días. En junio de 1967, estropearon la fuerza aérea
egipcia en dos horas: y la guerra contra los tres ejércitos árabes de la
primera línea terminó en seis días. En la guerra de octubre de 1973, los
israelíes se recuperaron de sus pérdidas iniciales y cruzaron el Canal
de Suez diez días después del comienzo de la guerra, y cinco días
después habían rodeado al Tercer Ejército egipcio, a sólo 65 kilómetros
del Cairo. En el frente sirio, los israelíes avanzaron hasta a 16
kilómetros de Damasco. Desde 1973, Israel violó, a menudo impunemente,
la soberanía de Estados árabes.
Al contrario, la guerra de gran envergadura contra la pequeña fuerza
de guerrillas de Hezbollah de unos 3.000 combatientes duró 33 días, sin
dar a los israelíes la satisfacción de reivindicar la victoria. [6] El
12 de julio de 2006, Israel comenzó una guerra a fondo contra el Líbano,
convencido de que podía destruir a Hezbollah o disminuir
considerablemente su fuerza militar dentro de unos pocos días – y
hacerlo sólo mediante el poder aéreo. La decisión de Israel de terminar
la guerra 33 días más tarde, incluso mientras Hezbollah mantenía su
lanzamiento de cohetes Katyusha hacia Israel, fue un capítulo sombrío en
la historia militar de Israel. El poder de las fuerzas armadas de Israel
había sido neutralizado por un adversario liliputiense en apariencia.
En julio de 2006, su agilidad y astucia favorecieron a Hezbollah. Hay
que sopesar las victorias que Israel no logró contra este enemigo
pequeño pero ágil: no logró destruir o bloquear la red de comunicaciones
de Hezbollah; ni eliminar las estaciones de televisión y radio de
Hezbollah; ni matar o capturar a Hassan Nasrallah; o hacer mella en la
capacidad de Hezbollah de lanzar cohetes Katyusha hacia Israel.
Hezbollah disparó cohetes Katyusha a un ritmo de 100 por día durante
julio, duplicó esa cantidad a comienzos de agosto, y, en las últimas
horas antes de la entrada en efecto del cese al fuego, disparó 250
cohetes [7] El día del cese al fuego, Hezbollah todavía poseía 14.000
cohetes en su arsenal, suficientes para continuar la guerra durante
otros tres meses. [8]
Contrariamente a los desmentidos israelíes, la andanada diaria de
cohetes Katyusha cobró un precio alto a la economía israelí. En total,
un cuarto de los 4.000 cohetes lanzados por Hezbollah durante la guerra
dio en áreas urbanas: “paralizaron todo el norte de Israel, su principal
puerto, refinerías, y numerosas otras instalaciones estratégicas. Más de
un millón de israelíes vivió en refugios contra bombas y unos 300.000
abandonaron temporalmente sus casas y buscaron refugio en el sur.” [9]
Para variar, Hezbollah había llevado la guerra a Israel.
Además, Hezbollah logró varias victorias claras contra los militares
de Israel. Según una Tarjeta de Informe de las FDI [ejército israelí]
publicada en el Jerusalem Post, Israel había desplegado unos 400 tanques
Merkava MK-4 – su tanque más seguro y letal – en el Líbano: 40 de estos
fueron alcanzados por armas antitanque de Hezbollah, 20 de ellos fueron
destruidos, y 30 tripulantes de tanques fueron muertos [10] Según un
informe publicado por The Washington Institute for Near East Policy: “El
éxito de Hezbollah con armas antitanque durante la Guerra de Julio
refleja muchos años de entrenamiento con esas armas, así como un buen
plan para utilizarlas una vez que comenzó la batalla.”
La infantería de Hezbollah o ‘unidades de aldea’ – desplegadas a lo
largo de la frontera para retardar el avance de las fuerzas terrestres
israelíes – “hizo que las FDI pagaran por cada pulgada de terreno que
capturaron. Al mismo tiempo, crucialmente, Hezbollah dictó las reglas de
cómo se libraría la guerra.” Vale la pena señalar que los combatientes
que Hezbollah desplegó en el sur del Líbano no eran sus mejores. “Una de
las ironías de la guerra,” escribe Andrew Axum, “es que muchos de los
mejores y más diestros combatientes de Hezbollah nunca entraron en
acción, estaban a la espera a lo largo del río Litani previendo que el
ataque de las FDI sería mucho más profundo y llegaría mucho más rápido.”
[11]
Hezbollah marcó su victoria militar más impresionante en el área de
la inteligencia. Los sistemas de guerra electrónica de Israel son de los
más avanzados del mundo; fueron probados en acción y desarrollados en
cooperación con EE.UU. Por cierto, los comandantes israelíes estaban
seguros al comenzar la guerra de su capacidad de bloquear las
comunicaciones de Hezbollah. Se equivocaban. El comando y el sistema de
control de Hezbollah se mantuvieron operativos durante toda la guerra;
evadieron los dispositivos de bloqueo israelíes utilizando líneas de
fibras ópticas en lugar de basarse en señales inalámbricas.
Hezbollah había bloqueado el sistema antimisiles Barak en los barcos
israelíes; pirateado las comunicaciones israelíes en el campo de batalla
a fin de monitorear los movimientos de tanques israelíes; y monitoreó
conversaciones en teléfonos celulares en hebreo entre reservistas
israelíes y sus familias. Interceptó comunicaciones militares israelíes
sobre bajas en el campo de batalla y las dio a conocer en su red
mediática. [12] Utilizó exitosamente señuelos para ocultar la ubicación
de cientos de búnkeres que había construido en el sur del Líbano para
almacenar armas y dar refugio a sus combatientes. [13] Como líder
mundial en la tecnología de armamentos y comunicaciones, Israel había
mantenido una ventaja decisiva en la guerra electrónica en sus guerras
contra ejércitos árabes. En julio de 2006, Hezbollah había neutralizado
esa ventaja.
Israel afirma que mató entre 400 y 500 combatientes de Hezbollah.
Crooke y Perry insisten en que esas cifras son exageradas. “Es imposible
que chiíes (y Hezbollah)” argumentan, “no permitan un entierra honorable
para sus mártires, de modo que en este caso es simplemente cosa de
contar funerales. Se han realizado menos de 180 funerales para
combatientes de Hezbollah – casi lo mismo que los muertos del lado
israelí.” [14]
Los reveses israelíes en la Guerra de Julio de 2006, por lo tanto,
representan un cambio de paradigma, no algo por lo que se pueda culpar a
errores descuidados en la toma de decisiones. A diferencia de los
ejércitos árabes del pasado, Hezbollah libró una guerra popular.
Neutralizó la superioridad tecnológica de Israel desplegando sus
móviles, elusivos, disciplinas y cualificados destacamentos guerrilleros
– no un ejército centralizado, convencional – para combatir a los
israelíes.
Hezbollah combate en pequeños grupos, es evasivo, es secreto, posee
su propio terreno, entrena, tiene una alta moral, y goza de un apoyo
popular total entre los chiíes del Líbano. Puede lanzar miles de cohetes
de baja tecnología que hacen que las defensas sofisticadas modernas
contra misiles sean inútiles. También adquirió y aprendió a utilizar con
gran efectividad misiles antitanque que hacen que los tanques más
avanzados de Israel sean vulnerables. Incluso atacó con éxito a barcos
de guerra israelíes.
Si Hezbollah puede ampliar estas ventajas, si puede agregar a su
arsenal misiles antiaéreos disparados con lanzadores desde el hombro y
derribar helicópteros y cazas israelíes, Israel podría perder
rápidamente su control indisputable sobre los cielos libaneses. Las
violaciones diarias e injustificables del espacio aéreo libanés por
Israel también tendrían que cesar.
Hezbollah ofrece a Israel un nuevo tipo de guerra asimétrica: combina
las tácticas de guerrilla de baja tecnología con una sofisticada
tecnología de misiles y comunicaciones. Comprensiblemente, a los
israelíes les cuesta digerir estos logros de Hezbollah. Lo que el mundo
presenció en el Líbano en julio de 2006, fueron eventos que contienen el
potencial para cambiar el equilibrio del poder en Oriente Próximo.
Anteriormente, los insurgentes iraquíes habían demostrado que pueden
hacer que una ocupación – incluso por la mayor potencia del mundo – sea
muy costosa. Ahora, Hezbollah ha mostrado que una fuerza guerrillera
disciplinada, con acceso a misiles avanzados, puede repeler al ejército
invasor más poderoso.
Parece que la brecha en las armas que se había abierto en las últimas
décadas entre las potencias occidentales y las naciones más débiles,
tecnológicamente más atrasadas, podría estarse cerrando. La rapidez con
lo que esto ocurrirá dependerá de la voluntad de Rusia, China, Corea del
Norte, Irán – y hay otros países que se preparan para unírseles – de
entregar esas armas a los movimientos de resistencia. Alternativamente,
si esos países dudan, intervendrán los contrabandistas de armas para
suministrar ese servicio. Una vez que misiles antitanques, antibarcos y
antiaéreos disparados desde el hombro puedan ser introducidos a los
mercados de armas ilícitas del mundo, con tanta facilidad como los
AK-47, comenzará a alterar la suerte de movimientos de resistencia que
combaten a las grandes potencias.
A fines del Siglo XIX, las naciones avanzadas de Occidente habían
abierto una brecha letal con sus armas automáticas: esto les aseguró una
rápida, casi gratuita, colonización de África y del Sudeste Asiático.
Cuando esa brecha comenzó a cerrarse en el período entre las guerras
mundiales, dio ímpetu a movimientos de resistencia en Indonesia,
Vietnam, Kenia y Argelia. [15] Las potencias coloniales occidentales, ya
debilitadas por sus propias guerras fratricidas, se retiraron y nació el
Tercer Mundo.
¿Anunciará el Siglo XXI el alba de una nueva era de victorias de los
movimientos de resistencia en Asia, África y Latinoamérica?