a Ronda Doha –el marco de negociación de la tambaleante Organización Mundial
de Comercio (OMC) para la irrestricta liberalización agrícola, industrial, de
servicios y códigos aduaneros–, iniciada dos meses después de los atentados
terroristas texanos con máscara islámica de Al-Qaeda y montaje hollywoodense, se
había colapsado en 2003 en Cancún debido a la gallarda oposición del Grupo de
los 20, países en vías desarrollo (liderado por el G-4: China, India, Brasil y
Sudáfrica) frente a los flagrantes subsidios agrícolas de EU y la Unión Europa
en beneficio de sus granjeros capitalistas.
John Ralston Saul, el solvente filósofo canadiense –quizá uno de los
principales pensadores humanistas del continente americano–, había sentenciado
que la detención de la ronda de Doha en Cancún exhibía uno de los signos
irrefutables del Colapso de la globalización (título de su libro de
2005).
La dantesca crisis alimentaria global que ha golpeado a un mínimo de 33
países, de la confesión del disfuncional Banco Mundial que dirige el
fundamentalista mercantilista Robert Zoellick, se encuentra en la intersección
de otras dos crisis también globales: la crisis energética y el cambio climático
que han contribuido directa o indirectamente en su eclosión y de las que se
retroalimenta mutuamente.
Desde el alza del precio del transporte, pasando por las sequías de los
países exportadores, hasta la demencial utilización de los alimentos básicos
como biocombustibles en ciertos países, todo ha conspirado en haber profundizado
la crisis alimentaria global que ha obligado a potencias neoeconómicas, como el
RIC (Rusia,India y China), sumadas de potencias graneras como Argentina y
Ucrania, para citar las más conspicuas, a tomar desesperadas medidas
neoproteccionistas en nombre de la “seguridad alimenticia” con el fin de nutrir
a sus habitantes en peligro de ser deliberadamente hambreados.
Las revueltas en los pletóricos países hambreados –desde Asia, África y el
Caribe– no se han hecho esperar y se encuentran al borde la ingobernabilidad
cuando todavía no acontece lo peor ni los precios han alcanzado su acmé, como
advierte persuasiva y ominosamente el investigador alemán F. William Engdahl (ON
LINE JOURNAL; Special Reports, 4/4/08): “un hongo letal, conocido como
Ug99, que aniquila el trigo, probablemente se ha expandido a Pakistán desde
África, de acuerdo a reportes que, en caso de ser ciertos, colocan bajo amenaza
a la vital canasta asiática de pan, que incluye la región del Punjab”.
¿Por qué Pakistán, el punto más inestable del planeta a juicio de los
geostrategas rusos, además de poseer 523 kilómetros de transfrontera con China,
hoy la superpotencia geoeconómica a vencer? A juicio de Engdahl, la
“diseminación de esta raíz rancia, para la que no existe un fungicida efectivo,
se genera cuando los inventarios mundiales de granos alcanzan su más bajo nivel
en cuatro décadas y la producción de bioetanol subsidiado por los gobiernos, en
especial EU, Brasil y la Unión Europea, han suplantado las tierras de producción
alimentaria a una tasa alarmante”. Nos ilustra que “el hongo letal ha sido
utilizado por Monsanto y el gobierno estadounidense para expandir las semillas
patentadas de OGM” (organismos genéticamente modificados”).
Detalla la letalidad del hongo sobre el trigo, así como sobre la avena y la
cebada, cuando la infección de las plantas es absolutamente demoledora: alcanza
100 por ciento gracias al ingenio protectivo de Monsanto y el gobierno
estadunidense. Aun sin la devastación del hongo letal Ug99, los pronósticos de
la neomalthusiana FAO para este año proyectan una tendencia alarmante en el
abastecimiento de los alimentos a escala global, que se debe, a su juicio, al
incremento de la población y de los ingresos, pero más que nada al “veloz
crecimiento de la industria de los biocombustibles”, lo que ha elevado en forma
dramática los precios de los alimentos “desde los cereales, azúcar, carne y
productos lácteos”.
A juicio de Engdahl, la crisis alimentaria global es “intencional”, ya que
cuesta trabajo entender que los mejores científicos del planeta radicados en EU
y la Unión Europea que subsidian el “giro catastrófico” a los biocombustibles no
se hayan percatado de sus letales consecuencias secundarias, sin contar todas
las “falsedades” sobre sus supuestas bondades, científicamente insostenibles,
como “ser menos dañinos al medio ambiente que el petróleo”. Todo lo contrario:
los biocombustibles resultaron más contaminantes que lo publicitado
engañosamente. A ver si el “mercado neoliberal” propone a los humanos digerir
motores de vehículos para paliar el hambre mundial.
Pareciera que existe una maligna geopolítica de los granos básicos que
constituye el andamiaje para su diseminación selectiva: “Las primeras cepas de
Ug99 fueron detectadas en Uganda (Nota: de allí el sufijo “Ug”) en 1999. Se
diseminó a Kenia en 2001, a Etiopía en 2003 y a Yemen en 2007, cuando el ciclón
Gonu difundió sus esporas. Ahora el virus letal ha sido hallado en Irán
(¡súper sic!) y de acuerdo a los científicos británicos (sic) puede encontrarse
tan lejos como Pakistán”. Rememora que “Pakistán e India representan 20 por
ciento de la producción anual de trigo mundial” y donde habitan casi mil 200
millones de seres humanos, es decir, 20 por ciento de la población mundial. La
tesis nodal de Engdahl, que explaya ampliamente en su libro Semillas de
destrucción, es que detrás de la “intencional” crisis alimentaria global se
encuentra el gran negocio de los OGM que encabeza la maligna trasnacional
estadounidense Monsanto con el fin de obligar a cambiar el hábito gastronómico de
la mitad de la población mundial y así controlarla mejor.
Las calamidades inducidas por Monsanto han sido tales que ciudadanos
estadounidenses conscientes de EU han creado Monsanto Watch para monitorear sus
andanzas y hazañas globales. Será el sereno, pura coincidencia, o paranoia
geopolítica, pero llama la atención que la contaminación del hongo letal Ug99 se
calque perfectamente al “creciente de la crisis” de Zbigniew Brzezinski, al
“arco de la crisis” de George Soros y a los esquemas de hambruna neomalthusiana
ideados por Alfred Heinz (alias Henry) Kissinger en la década de los
70. Lo real es que ya empezó la “guerra alimentaria global” como parte de la
“guerra multidimensional” israelí-anglosajona detonada el 11 de septiembre de
2001.