La mayor movilización de reservas militares y civiles en la historia de
Israel, tildada de “punto de inflexión”, evoca tanto la alta probabilidad de una
guerra de exterminio contra la guerrilla chiíta de Hezbolá en Líbano-Sur (con el
fin de propinar una severa lección de revancha por la derrota militar israelí de
agosto pasado), así como la nada descabellada guerra “limitada” contra Siria,
para luego sentarse a negociar la devolución de las Alturas del Golán mediante
un tratado de paz (periodista sirio Sami Moubayed, Asia Times, 10/IV/08).
Siria se encuentra en plena ebullición implosiva después del fracaso de la
cumbre árabe en su capital, pero, más que nada, después del asesinato de Imad
Mughniyé, el cerebro militar del Hezbolá libanés, en plena zona residencial de
Damasco, que ha desembocado en el arresto domiciliario de Asef Shawkat, poderoso
jefe de los siniestros servicios de inteligencia y cuñado del dinástico
presidente vitalicio Bashar Assad (Al Mustaqbal, 06/IV/08).
La situación es sumamente fluida y los escenarios de guerra de Israel, con
bendición anglosajona, tanto contra Hezbolá como contra Siria serían, en última
instancia, de alcances “limitados” y no se comparan en absoluto con la apertura
de un frente bélico en el Golfo Pérsico, en caso de un bombardeo aéreo contra
Irán, que elevaría el precio del barril de petróleo a la estratosfera y que
pudiera significar la detonación de una Tercera Guerra Mundial.
La presión de Estados Unidos ha sido brutal para detener el proyecto nuclear
pacífico iraní; ahora prepara con sus aliados un proyecto de resolución punitiva
en el Consejo de Seguridad de la ONU, que lamentablemente no llevará a la
solución del contencioso nuclear iraní, sino –peor aún– que contribuirá a atizar
el fuego y a aguijonear a las fuerzas radicales que afectan la cooperación de
los países interesados en una salida negociada (v.gr., el BRIC: Brasil, Rusia,
India y China).
Un grave perjuicio sería el descarrilamiento del Tratado de No Proliferación
(TNP) de armas nucleares que le concede a Irán el derecho inalienable a
desarrollar tecnologías nucleares con fines pacíficos. Las sanciones
unilaterales, las maniobras militares de portaviones de Estados Unidos dotados
de bombas atómicas en el Golfo Pérsico, y las amenazas de golpes militares con
cambios de régimen en Teherán no facilitan el acceso de los inspectores de la
AIEA, que magistralmente dirige el egipcio Muhamed Al-Baradei, a las plantas
nucleares iraníes.
En tal contexto hostil, la demanda de Estados Unidos para un cese perentorio
del enriquecimiento de uranio como “garantía” de la voluntad pacífica de Irán no
es viable y equivaldría al suicidio a cambio de nada.
El régimen torturador bushiano ha intentado aislar a Irán y ejerce una
vigorosa presión sobre varios países de la región para cesar su cooperación con
la teocracia chiíta, por lo que intenta crear una coalición antiraní que
facilite el inicio de la última guerra de Baby Bush antes de que
abandone su aciago cargo. Washington ha desplegado, gracias al poderoso
oligopolio de sus mendaces multimedia, una intensa “guerra sicológica” de
desinformación que pone en relieve el supuesto apoyo iraní a las fuerzas del
terrorismo internacional en los territorios palestinos ocupados (al grupo
fundamentalista sunnita Hamas), a la guerrilla chiíta de Hezbolá, a la
construcción de una planta nuclear en Siria, a las fuerzas anti-OTAN en
Afganistán, y hasta su “participación” en el “mercado negro” de tecnologías y
componentes de “armas de destrucción masiva”.
Cada vez abundan más las “filtraciones” de los multimedia
israelí-anglosajones sobre los planes de Estados Unidos e Israel para emprender
masivos ataques aéreos contra las instalaciones nucleares de Irán.
Las acusaciones peregrinas de Estados Unidos e Israel contra Irán, de desear
construir en los próximos cinco años una bomba nuclear, juzgan pretendidas
intenciones y no hechos tangibles hasta hoy sin demostrar, y se asemejan al
montaje del régimen torturador bushiano contra Saddam Hussein previo a la
invasión ilegal anglosajona a Iraq.
En caso de prosperar una vez más las guerras que Estados Unidos libra sin
fundamento, no existirá en el futuro país alguno que se pueda escapar de sus
imprecaciones bélicas, por lo que el “caso iraní” se ha convertido en la prueba
mayúscula de los límites de la aplicación del orden y las leyes internacionales
en vigor y rigor. Aquí, el papel de los países latinoamericanos en los foros
internacionales será crucial para la preservación de la paz mundial con el fin
de impedir que el fuego nuclear israelí-anglosajón incendiado en el Golfo
Pérsico se expanda hasta las entrañas contaminadas y minadas de Latinoamérica.
Con poca probabilidad, alguien se podrá salvar de la lava pérsica.
Difícilmente, los perniciosos intentos de una solución militar al contencioso
nuclear iraní podrán conseguir sus objetivos aviesos y, por el contrario,
desembocarían irremediablemente en el colapso regional habiendo echado a andar
procesos irreversibles de destrucción en el mundo entero.
No hay que hacerse ilusiones: al “día después” de un ataque, quizá nuclear,
contra Irán de parte de Estados Unidos y/o Israel –a menos de que tal sea el
escenario buscado para encubrir la quiebra del capitalismo global–, uno de los
daños colaterales (al inicio y que luego podría superar su fuego matricial), se
centraría en Pakistán: un país sumamente inestable, además de violador del TNP
gracias a la colusión de Estados Unidos, y dotado de más de 100 bombas atómicas
que en un tal contexto de efervescencia “jihadista” pueden caer en manos de las
huestes de Osama Bin Laden y/o los talibanes.
Tampoco se puede excluir el ominoso escenario de la incitación a una obligada
colaboración subrepticia entre las pletóricas fuerzas antiestadunidenses y
antisraelíes para adquirir el “know-how” nuclear de Pakistán en el famoso
“mercado negro” y que, en medio del caos generalizado, haga incontrolable la
utilización de la tecnología nuclear a una escala no vista desde el lanzamiento
de las bombas atómicas de Estados Unidos sobre las poblaciones civiles de
Hiroshima y Nagasaki.
La curación que pretenden aplicar Estados Unidos e Israel habrá sido peor que
la enfermedad. Lo mejor: la negociación civilizada con Irán.