En la explanada situada frente al edificio Starco, en el
centro de Beirut, hay colocados 600 inodoros en una formación que evoca
un cementerio de soldados anónimos. No se trata de restos de obra ni de
un homenaje al WC, sino de la forma más satírica que ha encontrado la artista
Nada Sehnaoui de agitar la memoria libanesa cuando se cumplen 33 años de la
guerra civil que devastó el país, justo ahora que la retórica bélica
suple a la voluntad de diálogo.
La exposición se llama "¿No hemos tenido bastante escondiéndonos
durante 15 años en el baño?", y comparte nombre con la serie de
actividades que, desde el domingo hasta el día 26, se celebran para compartir las
experiencias de los años más trágicos con aquéllos que no los vivieron, los más
jóvenes, en un intento de que la historia más negra del Líbano no se repita.
Se trata de una de las iniciativas civiles convocadas con motivo del 33
aniversario del inicio de una guerra que costó 150.000 vidas,
más de 400.000 heridos y dejó 17.000 desaparecidos, una conmemoración que
coincide con la peor crisis desde esos días. Los políticos, los mismos que
entonces cambiaron las palabras por las armas, reivindican de nuevo la guerra
como solución a las diferencias ideológicas. Y la sociedad, dividida y temerosa,
parece incapaz de unir su voz para exigir que se trabaje por la paz.
Varias ONG convocaron el domingo a una marcha que atravesó Beirut de sur
a norte –desde el lugar donde comenzó aquel conflicto, Ain al Rummaneh,
hasta la Plaza de los Mártires, erigida en recuerdo de las víctimas- con el
objetivo de "alentar, mediante la máxima participación posible, el rechazo del
lenguaje de la guerra recordando las consecuencias del conflicto", explica
Melhem Khalaf, responsable de la ONG Offre Joie, quien urge a los ciudadanos a
"impedir [que los políticos] nos transformen en leña".
Desunión civil
La manifestación tuvo como lema "la unidad es nuestra salvación",
pero ese es precisamente el punto flaco de la misma. "Somos una
sociedad oportunista enferma de individualismo, carecemos de cultura cívica y de
identidad nacional, sólo tenemos identidad comunitaria", lamenta la periodista
de L’Orient Le Jour y socióloga Maria Chakhtoura. "Los grupos cívicos se sienten
amenazados por los partidos políticos, y los ciudadanos están cansados y tienen
miedo".
Su colega la escritora May Menasa, periodista del diario An Nahar, coincide
con Chakhtoura. "Hay una enfermedad que corrompe al país: la no
nacionalidad. Para que el Líbano sea fuerte hay que hacerlo laico,
lograr que cada uno ejerza la religión en su casa pero no la convierta en asunto
de Estado".
Algo que parece imposible en un país con 17 grupos religiosos que no
digirieron los crímenes de entonces ni se reconciliaron pese al Acuerdo de Taif
que puso fin a los combates. Las comunidades siguen enfrentadas entre sí e
influidas por las potencias extranjeras, que han convertido el Líbano en un
tablero donde disputarse sus intereses. Pero aunque es un elemento importante,
la presión exterior no justifica la actual crisis como tampoco la justificó en
1975, cuando se culpó a palestinos, israelíes y sirios de una guerra civil –"la
guerra de los otros", la siguen llamando muchos- de la cual tuvieron buena parte
de responsabilidad los mismos líderes que hoy animan a sus comunidades a empuñar
las armas.
Manipulación de la memoria
Una de las claves para entender que sus palabras estén teniendo efecto –las
reyertas callejeras ya han dejado víctimas- es el hecho de que la
memoria de la guerra haya sido reescrita a medida de cada comunidad.
Amal Makarem, periodista y promotora desde hace una década de una ONG para la
conservación de la memoria histórica, denuncia "la instrumentalización política
de la memoria de la que se dispone como si se poseyera un canon, recordando las
responsabilidades de unos y ocultando las de otros", algo en lo que coincide May
Menasa. "Hemos escrito todo sobre la guerra pero no tenemos cultura sobre ella
porque no se acepta: cada interpretación es contestada".
"Vivimos la guerra pero no la hemos reflexionado y ahora padecemos las
consecuencias: cada comunidad detesta a la otra", añade Menasa, un punto en el
que coincide Chakhtoura. "Ni la gente ni estos políticos oportunistas
aprendieron nada". Chahktoura ingresó en la sección cultural del diario
francófono en 1977, dos años después del inicio del conflicto, para escribir
reportajes de cómo sorteaban los libaneses los avatares de la guerra. De su
experiencia nacieron dos libros, ‘La guerra de los graffitis’ y ‘Memoria de
supervivencia", destinados a "que las nuevas generaciones descubran la pobreza
de espíritu y la humillación que implica la guerra".
Eso no impide que los jóvenes, que no conocieron la guerra, empuñen las armas
cada vez que su líder aparece en televisión, celebrando con disparos –incluso
con granadas- las posturas a menudo hostiles de sus dirigentes. Varias personas
han muerto a causa de las balas perdidas.
Nostalgia de la guerra
"Hay una generación que tiene nostalgia del poder que le daba, en la guerra,
tener un arma o vestir un uniforme independientemente de su clase social. Es
incapaz de rehabilitarse. Y hay una generación que no recuerda la guerra pero
que se siente fascinada por el relato de sus mayores", expica Chakhtoura. Eso,
sumado a la división sectaria, a un liderazgo integrado por criminales de guerra
protegidos por la ley de la amnistía y a la enorme cantidad de armas, hace temer
una nueva explosión entre los observadores externos, aunque la socióloga se
muestra convencida de que no llegará a mayores.
"Existen todos los ingredientes que se dieron en 1975, pero no hay
voluntad ni fuerza para hacer otra guerra", explica Chakhtoura. "Y sin
embargo, entonces había más esperanza. Antes luchabamos por grandes razones, por
la supervivencia, luchábamos por un país y por un futuro en paz. Ahora nos
preguntamos qué futuro nos espera".
Para Menasa, la clase política es la única responsable de la actual situación
y la sociedad es la única capaz de resolverla. "Los políticos se han convertido
en una fuente de odio y amenazas que no dejan de hablar de guerra civil. ¿Les
han dicho sus mujeres que quieren una guerra civil? Las mujeres no engendramos
hijos para la muerte sino para la vida, queremos la paz y no la guerra. Parece
que sólo nosotras creemos en la patria, mientras que ellos quieren hijos para
alimentar sus milicias". También parece que el Líbano esté destinado a repetir
su historia, como lamentaba la poeta Nadia Tueni: "Mi país es memoria/ de
hombres duros como el hambre/ y de guerras más antiguas/ que las aguas del
Jordán".
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