Las elecciones generales celebradas el pasado
14 de marzo en Irán nos han
deparado una nueva sorpresa. Mientras la mayoría de los politólogos apostaba por
una pugna entre conservadores y reformistas, esta vez la lucha por el poder
enfrentó a los antiguos combatientes de la guerra Irán-Irak (1980-1989) con los
máximos exponentes de la vieja guardia religiosa. Tampoco hay que extrañarse
sobremanera: el Consejo de los Guardianes, órgano supremo del poder de los ayatollahs, optó por rechazar la mitad de las candidaturas, supuestamente
dudosas, presentadas para los comicios. En la mayoría de los casos, se trataba
de personalidades reformadoras o independientes, cuyo programa se apartaba de la
rígida y obsoleta línea impuesta por los jerarcas religiosos. En este contexto,
conviene señalar la involuntaria "renuncia" de Alí Eshraghi, sobrino del
ayatollah Khomeini, rechazado por los Guardianes, y de su primo, Hassan Khomeini,
otro heredero directo del mítico Guía, quien no dudó en denunciar públicamente
la "militarización" de la vida política persa.
Curiosamente, quienes más se aferran a los cánones y dogmas de la revolución
islámica son los antiguos "guardianes de la revolución" (pasdarán),
pertenecientes, al igual que el presidente Mahmud Ahmadinejad, a la nueva clase
dirigente del país. Los pasdarán fueron enviados al frente para defender la
patria, mientras los religiosos se hacían con el control de las estructuras
políticas y económicas de Irán. En la actualidad, la mayoría de los ex
combatientes de aquella guerra son hombres mayores de 50 años, intelectuales que
desean formar parte de la clase dirigente. El analista francés Bernard Hourcade
estima que los antiguos pasdarán quieren "reconquistar el poder secuestrado en
su momento por el clero shiíta".
El imparable avance de este ejercito ideológico del régimen de Teherán que,
según los expertos, está integrados por más de 10 millones de personas, pone de
manifiesto la existencia de una guerra soterrada entre los "turbantes" de los
ayatollahs y los pasdarán. Hay quien atribuye la fisura al mero deseo de un
inevitable relevo generacional y quien estima que, pese a su acatamiento a las
normas impuestas por los religiosos, los pasdarán albergan el hasta ahora oculto
deseo de apostar por la modernización del país. Una modernización que pasa por
la reforma de las estructuras económicas, la lucha contra la inflación, que
alcanza la cifra récord de 20% anual, contra el desempleo, contra la acentuación
de la brecha que separa a los ricos de los pobres.
Cabe suponer, pues, que los problemas internos centrarán el futuro debate
nacional. A los pobladores del país persa no les interesa tanto el
enfrentamiento con Occidente sobre el programa nuclear, como las promesas
incumplidas de Ahmadinejad, quien centró su campaña presidencial en la defensa
de los intereses de los pobres. Pero si las críticas contra la discutible
gestión económica del presidente han abandonado las callejuelas del zoco para
encentrar su debido eco en las páginas de los periódicos de gran tirada, su
gestión de la crisis nuclear cuenta, extrañamente, con el apoyo casi
incondicional de las clases más desfavorecidas, poco propensas a olvidar los
viejos "clichés" nacionalistas, que loan a Irán, cuna de una civilización
milenaria, que posee y defiende valores "muy superiores" a los de Occidente.
Mientras los militares parecen a su vez dispuestos a apoyar a la corriente
conservadora, los estudiantes muestran su total indiferencia ante los resultados
de los comicios. Recuerdan que las reformas anunciadas en la década de los 90
por el equipo liderado por el liberal Mohamed Khatamí se quedaron en agua de
borrajas. Los universitarios no sólo desconocen a los candidatos, sino que
apenas sienten curiosidad por conocerlos. Saben de antemano, al igual que el
resto de la población iraní, que la corriente conservadora contará con más del
70% de los escaños en la nueva Majlis (Parlamento) y que la lucha por el cambio
se limitará a unas críticas veladas a la actuación gubernamental, que ocultarán,
en realidad, las grandes maniobras ideadas por los promotores del cambio
generacional.
Aparentemente, todos los intentos de Washington de promover o imponer la
instauración de un sistema democrático (es decir, prooccidental) han fracasado.
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(*)El autor es escritor y periodista. Su artículo se publica por gentileza del Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)