Desde el mes pasado, cuando comenzó a
recrudecer la violencia, 33 niños y niñas palestinos han muerto y muchos más
han resultado heridos o lesionados: víctimas del fuego cruzado, niños y
niñas recibieron disparos en sus hogares, o fueron alcanzados por las
explosiones en sus patios o jardines.
Por Rania Al Abdullah(*)
- Clarín / Project Syndicate
Ayman es un tímido niño de 14 años que vive en la ciudad de Jabalia,
en Gaza. La familia de Ayman es pobre y sus padres ya han vendido casi todos
sus muebles para poder comprar alimentos y pagar los gastos escolares de sus
hijos.
Ayman trabaja denodadamente en la escuela y sueña con seguir estudiando y
hacer carrera. Sin embargo, Ayman asiste a una clase con 47 alumnos en un
aula que se utiliza para dictar dos turnos diarios de clase. De manera que
el ámbito escolar de Ayman es una fuente constante de tensión. El niño
tampoco halla descanso en su hogar: la reciente incursión armada contra
Jabalia llegó a apenas 200 metros de su casa.
La experiencia de Ayman se repite a lo ancho y lo largo de los abigarrados
vecindarios en ruinas de Gaza, donde los niños y niñas, que son los menos
responsables de la terrible situación, son quienes más la sufren. En realidad,
Ayman es más afortunado que muchos de los 840.000 niños y niñas de Gaza, de
los cuales 588.000 son refugiados. Desde el mes pasado, cuando comenzó a
recrudecer la violencia, 33 niños y niñas palestinos han muerto y muchos más
han resultado heridos o lesionados: víctimas del fuego cruzado, niños y
niñas que recibieron disparos en sus hogares, o que fueron alcanzados por las
explosiones en sus patios o jardines.
Ayman y todos los niños y niñas de Gaza pierden todos los días otra parte de
sus vidas. Se trata de una sofocación lenta y cruel de su espíritu y sus
sueños. En lugar de estar disfrutando de horizontes en expansión, se
encuentran atrapados en una prisión virtual donde se despoja de todas las
cosas a las que deberían tener derecho todos los niños: el derecho a
jugar, a ir a la escuela, a recibir suficientes alimentos, a tener luz para
poder estudiar de noche y a sentirse seguros en sus hogares. Sus tiernos
hombros cargan con el peso de uno de los conflictos más prolongados del mundo,
que les aplasta la niñez y les inflige heridas psicológicas que quizá nunca
cicatricen.
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(*)Reina de
Jordania, Promotora de la infancia de UNICEF
Copyright Clarín y Project Syndicate, 2008.