La comunidad judía de Irán tiene una antigüedad de 2.700 años. Sus miembros
descienden de los judíos que prefirieron quedarse en la región tras el exilio en
Babilonia, cuando el Rey de Persia Ciro II el Grande permitió a los judíos
regresar a Jerusalén para reconstruir allí el templo destruido por Nabucodonosor.
En esa época, Persia representaba una tierra de libertad y no de exilio. En
nuestros días, numerosos lugares santos, como la tumba de Esther en Hamadan, son
todavía objeto de peregrinajes.
Desde mediados del siglo XX, la comunidad judía de Irán no ha dejado de
disminuir. La creación del Estado de Israel provocó una primera ola de
emigración. De acuerdo a David Menashri, director del centro de estudios iraníes
de la Universidad de Tel Aviv, 40.800 judíos iraníes emigraron entre 1951 y 1978
a Israel, entre ellos Moshé Katsav, Presidente del Estado israelí de 2000 a
2007.
Pero fue la Revolución Islámica lo que suscitó la mayor cantidad de partidas.
Antes de 1979, había alrededor de 100.000 judíos en Irán. Ahora no son más de
30.000. Sin embargo, la comunidad judía iraní es la más importante del Medio
Oriente, fuera del Estado de Israel. Es también la más antigua diáspora judía
viviente del mundo.
Como en la mayoría de los países musulmanes, comparte con la comunidad
cristiana el status de minoría protegida (dhimmi), reservada a la gente del
Libro. Reconocidos como minoría religiosa, los judíos son libres de practicar su
culto en sus sinagogas, de celebrar sus matrimonios... pero no disfrutan de los
mismos derechos que los musulmanes (especialmente en lo que respecta a los
derechos de herencia) y no pueden acceder a empleos en la alta administración ni
en el Ejército.
“Diferenciación fundamental”
“Practicamos nuestra religión con serenidad y no nos falta nada”, señala
Farhad Aframian, joven jefe de redacción de la revista judía Ofogh-Bina.
“Tenemos una veintena de sinagogas en Teherán, escuelas judías, guarderías
infantiles, algunas carnicerías kosher, nuestro propio hospital, etc. Al
interior de nuestras sinagogas hacemos lo que queremos. El Gobierno no nos
molesta”, explica.
Arash Abaie, profesor de religión judía, editor de libros en hebreo y lector
en la sinagoga Yusef-Abad, agrega: “Sabemos que nuestra discreción es una
condición para nuestra relativa libertad”. Para él, no hay grandes
contradicciones en ser judío en tierra del Islam: “No hay ghettos ni barrios
exclusivamente judíos en Irán. Estamos bien integrados y no sentimos hostilidad
ninguna por parte de nuestros compatriotas. Los judíos de Irán nos definimos
primero y ante todo como iraníes”, asegura.
Sin embargo, las declaraciones negacionistas (acerca del Holocausto) y las
múltiples provocaciones del Presidente Mahmoud Ahmadinejad no les ha dejado
indiferentes. Por intermedio de Moris Motamed, su único representante en el
Parlamento, la comunidad judía ha condenado oficialmente sus dichos.
En todo caso, para Moris Motamed esas provocaciones no constituyen una
amenaza directa para la comunidad. “Ahmadinejad no hace más que retomar el
discurso de sus antecesores. Desde el primer momento de la Revolución, (el
ayatollah) Jomeini hizo una distinción explícita entre los sionistas y los
judíos, diciendo: ‘Nosotros respetamos al judaísmo pero despreciamos al
sionismo’. Los eslóganes que escuchamos hoy apuntan a Israel en tanto potencia
ocupante. No son anti-judíos y no van dirigidos en contra nuestra. Esta
diferenciación es fundamental para nosotros”, explica Motamed.
El parlamentario no oculta que suele respaldar públicamente al pueblo
palestino cuando lo considera necesario. Y la Asociación judía de Teherán, como
lo recuerda en su folleto de presentación, ha protestado reiteradamente contra
“los crímenes del régimen israelí y las violaciones de los derechos humanos de
los palestinos”. Impasible, el diputado sostiene que “las provocaciones de
Ahmadinejad apuntan a justificar la designación de Israel como enemigo exterior.
Eso le permite desviar la atención de la gente de los problemas interiores”.
Piedra angular de la política exterior del país, esta lucha contra el
“régimen sionista usurpador” es también una manera de atraer las simpatías de
los países árabes de la región con el objetivo de hacer de Irán la mayor
potencia del Medio Oriente.
Necesaria integración
Las declaraciones presidenciales tampoco conmueven excesivamente a la
población. Moses, que posee una tienda de textiles, prefiere tomarlas con humor.
“¿Qué quiere usted? ¡Dejémosle hablar! Es un dictador. Está loco. Todo el mundo
lo sabe. Para nosotros, eso no cambia nada”. Robin, estudiante de inglés,
suspira: “Hace años que escuchamos los mismos discursos y ya no les prestamos
atención. Es parte del decorado”.
Un desapego que se explica, según Arash, por el poco interés que generan esos
asuntos. “Los judíos de Irán”, dice, “no se mezclan mucho en política. Aquí es
muy difícil encontrar libros sobre la historia del Holocausto. Tanto que ni
siquiera los judíos iraníes tienen gran conciencia de la Shoah. Esta tragedia no
los toca personalmente”. El Yom HaShoah, que conmemora el Holocausto, es de las
únicas conmemoraciones del calendario hebraico que no se celebran en Irán.
La necesidad (o la obligación) de integrarse parece ser una característica de
esta comunidad. Es en todo caso uno de los objetivos reivindicados por la
Organización de mujeres judías. Creada hace 60 años es la más antigua
organización judía de Irán. “Organizamos regularmente conciertos o conferencias
abiertas a todas las confesiones a fin de favorecer los intercambios con la
mayoría”, subraya Marjan Yashayayi, directora de la biblioteca de la Asociación
judía de Teherán. “Nos sentimos orgullosos al constatar que los universitarios
musulmanes vienen en mayor número que los judíos a tomar prestados nuestros
libros sobre la religión y la cultura hebraicas”.
Aún así, pese a la existencia de escuelas judías, muchas familias prefieren
inscribir a sus hijos en las escuelas musulmanas para que se integren mejor y
aprendan las bases del Islam. Daniela, de 13 años, asiste a un colegio musulmán.
Cuenta que otros alumnos la tratan a veces de “enemiga”. Pero Marjan reconoce
que “nuestra suerte es mucho más envidiable que la de los bahais, por ejemplo”,
refiriéndose a los 350.000 fieles de la fe bahai, disidencia del Islam nacida en
el siglo XIX. Minoría perseguida, a los bahais se les impide celebrar su culto.
Los judíos, a menudo comerciantes, ingenieros o médicos, tienen más
preorrogativas que los cristianos o los zoroastrianos. A pesar de la ruptura de
vínculos diplomáticos entre Irán e Israel, los judíos iraníes mantienen algunas
relaciones con el Estado hebreo. Muchos tienen parientes que viven en Israel. Al
igual que Kamran, comerciante de Ispahán, quienes quieren visitarlos deben
hacerlo vía Chipre o Turquía.
Entre provocación y tolerancia
El diputado Moris Motamed reconoce que las tensiones internacionales provocan
a veces perturbaciones en la vida diaria de los judíos iraníes. En Shiraz, al
sur del país, en plena guerra entre Israel y Hezbollah (islámico) en 2006, una
tienda judía fue destruida por una bomba atribuida a un grupo de musulmanes
extremistas.
En esta ciudad conocida por su conservadurismo la desconfianza hacia los
periodistas se advierte más claramente que en Teherán. El año 2000, trece
estudiantes y profesores de religión judíos fueron arrestados y encarcelados por
“espionaje a favor de la entidad sionista”. Sólo fueron liberados algunos años
más tarde tras una importante movilización internacional.
Benjamín, uno de esos trece prisioneros y hoy rabino en Ispahán, señala de
entrada que no quiere volver a hablar de ese hecho, limitándose a mostrarnos el
baño de abluciones de la principal sinagoga de la ciudad.
Es como una muestra de la ambigua situación de la comunidad judía de Irán,
entre provocaciones, humillaciones y tolerancia. “Hace siglos y siglos que en
Irán judíos y musulmanes viven juntos y se respetan”, resume Marjan y agrega:
“En el fondo de sí mismos, muchos judíos iraníes esperan representar un modelo
para los palestinos y los israelíes. Somos la prueba de que podemos vivir en paz
pese a las diferencias”.
******