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Miles de partidarios del gobierno celebran la victoria en las elecciones de
julio de 2007. |
El escenario turco se nos vuelve a presentar inmerso en una nueva crisis. El
proceso judicial iniciado para ilegalizar o no al gobernante Partido de la
Justicia y el Desarrollo (AKP) presenta una vez más un falso debate en torno a
la política de aquél país. Muchas informaciones nos presentan esta situación
como un nuevo pulso entre las fuerzas laicistas del estado y los impulsores de
un islamismo, representado por el AKP. Sin embargo este tipo de lecturas
simplistas no hace sino disfrazar la compleja coyuntura turca.
Por Txente Rekondo (*) -
Rebelión
La lucha por el poder entre los defensores del establishment (burocracia
estatal, sectores políticos y sobre todo los militares) y el AKP, con el apoyo
de sectores del capital turco temerosos de que la crisis traiga pérdidas a sus
intereses monetarios, es la clave de la reciente y sobresaltada historia
política de Turquía. El deseo de los primeros para mantener sus privilegios
les conduce a mantener una oposición radical a los intentos reformistas
auspiciados por el gobierno, de ahí que aprovechen cualquier tema (la cuestión
chipriota o kurda, el acceso a al UE, el velo o los programas militares) para
maniobrar contra el AKP.
No se trata pues de una defensa del laicismo, pues a pesar de que oficialmente
la religión ha sido apartada de los asuntos estatales, ésta ha impregnado
buena parte de la actividad estatal en las últimas décadas.
La historia se puede repetir y las fuerzas partidarias del status quo vuelven
a intentar derrotar judicialmente a una fuerza política que cuenta con el
respaldo de buena parte de la población. Si en el pasado ya se han producido
situaciones similares (más de veinte partidos políticos prohibidos, en su
mayoría de carácter islamistas, kurdo o de izquierdas), en esta ocasión el
apoyo popular que sustenta el gobierno del AKP es mucho más elevado, y podría
incrementarse en el futuro. Por otro lado, la reacción internacional también
sería diferente, y la pasividad del pasado no se repetiría, de hecho, algunas
voces ya han apuntado al coste que debería pagar Turquía (acceso a la UE,
proyectos económicos).
El precio político es más que evidente, pero a determinados sectores también
les preocupa el peaje económico. De momento, la reciente crisis tendrá
consecuencias económicas importantes a medio o largo plazo. La economía turca
está expuesta a la influencia de los movimientos de capital internacionales y
depende en buena medida del comercio y los acuerdos internacionales, cualquier
recesión motivada por la crisis tendrá severas consecuencias en el desarrollo
económico del país.
El último pretexto ha sido la legislación promovida por el AKP en torno al uso
del pañuelo islámico en las universidades, lo que se presenta como "un
atentado a la laicidad del estado turco". Si embargo esta medida ha sido
promulgada en clave reformista y siempre guardando un interesado equilibrio.
El permiso para portar el pañuelo afecta a las estudiantes, pero no alas
profesoras. Además coincide con otra medida "reformista", como es la
"reevaluación" del Hadith (as tradiciones orales que relatan las palabras del
profeta Mohammad), y que buscan un ainterpretación más moderna del Islam.
Las élites oligarcas parecen mostrar sus intenciones, y en esta ocasión le ha
tocado el turno a la judicatura, un mecanismo "sagrado, incuestionable y no
criticable" que está puesto al servicio de esa minoría influyente que quiere
seguir controlando los resortes del estado turco. Algunos analistas han
definido a la actual situación como "golpe burocrático o juristocracia".
De todas formas este proceso ilegalizador no es el único, ya que desde hace
tres meses está abierto una solicitud similar contra otro partido
parlamentario, el pro-kurdo Partido de la Sociedad Democrática (DTP). Y será
probablemente la población turca la que acabe pagando todavía más la nueva
desestabilización turca, siendo ofrecida para el sacrificio político
(ilegalizaciones) y militar (carta blanca a la represión militar).
Algunas formaciones turcas afirman por la boca pequeña que "las urnas son las
que deben castigar a los partidos políticos", pero al mismo tiempo no tienen
ningún problema en aprovechar la coyuntura que se crea bajo el manto del furor
ilegalizador.
En Turquía también están circulando algunas teorías que añaden al pretexto
kurdo e islamista algún apunte de tipo conspirativo. Las recientes detenciones
de determinados miembros cualificados de la sociedad turca podrían estar
relacionadas con una investigación gubernamental destinada a desmantelar la
llamada trama "Gladio" turca, conocida como Ergenekon. Esta estructura nacida
durante la Guerra Fría, y autora de buena parte de las muertes políticas sin
esclarecer del pasado, tendría lazos muy fuertes con las fuerzas defensoras
del status quo.
Al AKP se le plantean tres opciones, una reforma constitucional consensuad,
pero que no cuenta con el respaldo suficiente; el cambio de artículos
constitucionales (el 68 y 69) que frenarían en parte las medidas judiciales o
dificultarían las mismas, y que sería llevado a una consulta popular; y
finalmente, un adelanto electoral, haciendo coincidir las elecciones
municipales del próximo año (marzo 2009) con las legislativas.
El 2008 va a estar inmerso en un clima muy tenso, sin la estabilidad que
demanda la sociedad turca. Estas actuaciones "golpistas" pueden tirar por
tierra (tal vez lo que se pretende) la política del AKP, y al mismo tiempo
"devastar los indicadores económicos". Además, el país "deberá hacer frente a
importantes retos y presiones internacionales y las tensiones internas podrían
incrementarse", mientras que "el problema kurdo se complicaría todavía mucho
más".
Sin olvidar tampoco la influencia que una ilegalización del AKP tendría de
cara al resto del mundo islámico. Tanto desde Occidente, como desde
formaciones políticas islamistas, se observa con atención la evolución del AKP,
al que algunas fuentes lo situarían en una especie de puente entre el Islam y
la democracia, y la materialización de una formulación política de estilo
"demócrata-islamista".
Las fuerzas del establishment kemalista seguirán utilizando todos los
resortes, legales o conspirativos, que le quedan para frenar el cambio
estructural que se puede presentar en Turquía. Si una intervención militar
parece descartarse de momento (no cuenta con el apoyo internacional necesario
ni de las fuerzas empresariales del país), los ataques contra los kurdos
podría incrementarse (ataques militares, ilegalización del DTP, e incluso
algunos pogromos), y ser de nuevo los chivos expiatorios de la crisis turca.
De materializarse los procesos contra el AKP y el DTP, nos encontraríamos con
las provincias del sudeste del estado turco (la mayor parte del norte kurdo
ocupado por Turquía), donde el 90 por ciento de la población habría apoyado a
esas do formaciones, sin representación. De ahí que algunos analistas turcos
señalen que "el sistema no se colapsará por ello, pero la situación
democrática sería cuando menos precaria".
Las manobras recientes no son pues un mero movimiento legal, sino que esconde
detrás importantes impulsos políticos. Por ello, esta nueva crisis se nos
presenta bajo el manto de un disfraz judicial que intenta esconder los
verdaderos intereses que la impulsan.
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(*) Gabinete Vasco
de Análisis Internacional (GAIN)