A medida que se vayan conociendo los resultados de la elección parlamentaria
iraní del viernes 14, habrá mucha especulación sobre su impacto en el Presidente Mahmoud Ahmadinejad y su tumultuosa gestión. Sin embargo, la trama subyacente
tiene menos que ver con Ahmadinejad que con el triunfo de la estrategia de largo
plazo del Líder Supremo Ali Jamenei para asegurar una consolidación conservadora
en el poder.
Jamenei sigue incontestado en la cúspide de la República Islámica, con un
veredicto que sólo ha reforzado sus aspiraciones a la hegemonía política. Es
costumbre sugerir que Jamenei ha seguido la línea de su ilustre antecesor, el
ayatollah Ruhollah Jomeini, equilibrando las diversas facciones de Irán.
La idea tiene su mérito, dado que la participación de todos los grupos
políticos en el crítico proceso de toma de decisiones distribuiría la carga de
cualquier iniciativa fallida entre todos los bandos nacionales relevantes. De
hecho, Jomeini fue inclusivo y abierto a las sugerencias y disensiones de todos
los segmentos de la elite gobernante.
El único problema de este relato es que no representa adecuadamente a la
forma en que el propio Jamenei se ha comportado. Durante las últimas dos
décadas, el ayatollah socavó metódicamente a todos los competidores por su mando
y a todos los que desafían a sus aliados conservadores preferidos.
Por temperamento y diseño, Jamenei siempre ha sido cauto y conservador,
incómodo ante las soluciones radicales y las cruzadas. El Líder Supremo es uno
de los pocos iraníes que perciben la República Islámica como una atractiva
entidad que no necesita realmente de reformas o rejuvenecimiento.
Tras asumir el poder en 1989, procedió a alinearse con los elementos
reaccionarios en su búsqueda de estropear el intento del Presidente Hashemi
Rafsanjani por emprender un enfoque más pragmático en los asuntos de Estado.
Siguiendo un molde que se repetiría a menudo, los elementos de línea dura
utilizaron su poder institucional para distorsionar las medidas reformistas.
Bajo los auspicios de Jamenei, obstaculizaron las iniciativas de Rafsanjani
para liberalizar la economía y acercarse a la comunidad internacional. No es
secreto que Jamenei prefería al confiable reaccionario Ali Akbar Nateq-Nury para
la Presidencia en 1997. La elección de Nateq-Nury habría completado el dominio
institucional de los conservadores y todos los organismos nacionales relevantes
habrían estado manejados por leales a Jamenei.
Pero hasta el controlado proceso político iraní puede producir resultados
sorpresivos, en la medida en que las masas optaran por darle poder al más serio
desafío a Jamenei: Muhamad Jatami y el movimiento reformista.
Pequeñas reformas
Pero ¡ay!: el interludio reformista no duraría mucho. Con la bendición del
Líder Supremo, los conservadores desplegaron cínicamente al poder judicial y a
los servicios de seguridad para cerrar diarios y encarcelar a figuras
reformistas claves por cargos falsos, mientras el Consejo de Guardianes
bloqueaba sistemáticamente la legislación parlamentaria.
Para la elección presidencial de 2005, la estrategia de largo plazo de
Jamenei de predominio conservador parecía haberse completado cuando Ahmadinejad
triunfó sobre el anciano y corrupto Rafsanjani. Pese a que el compromiso
electoral de Ahmadinejad de justicia social ha atraído mucha atención, también
prometió atenerse a las directrices y orientaciones del Líder Supremo.
Pese a predecibles pujas, la relación entre ambos ha seguido siendo íntima.
En realidad, la retórica incendiaria de Ahmadinejad y la falta de planificación
económica coherente pueden perturbar al Líder Supremo, pero éste sigue siendo
leal al Presidente.
Lucha entre conservadores
Jamenei no alcanzó el pináculo del poder siendo complaciente con los desafíos
potenciales. Al alentar a rivales jóvenes de Ahmadinejad, como el ex negociador
nuclear Ali Larijani y el alcalde de Teherán Muhamad Qalibaf, puede conservar
sus opciones y mantener al Presidente bajo control.
A diferencia de la vieja guardia (como Rafsanjani y Jatami) los conservadores
jóvenes no tienen una base independiente de poder o estatura suficiente para
cuestionar las prerrogativas del Líder Supremo. Bajo la dirección de Jamenei, el
Consejo de Guardianes se ha dado el trabajo de excluir a los reformistas y
pragmáticos de las contiendas serias por bancas parlamentarias, dejando que
conservadores probados luchen por ellas entre sí.
Es probable que el nuevo Parlamento esté dominado por políticos que necesitan
la aprobación de Jamenei para su viabilidad política. La estrategia de casi dos
décadas del ayatollah para asegurar su primacía política ha sido finalmente
realizada.
En un logro notable, ha podido marginar al testarudo Rafsanjani y al todavía
popular Jatami. El futuro de Irán pertenece al Líder Supremo y a los dogmáticos
conservadores jóvenes que buscan superarse entre sí por su apoyo y afecto.
Cualquiera sea la composición del nuevo Parlamento y quienquiera ocupe la
Presidencia el próximo año, Irán ha ingresado a la edad en que un solo mullah
domina todas las instituciones y arbitra todos los debates. El Líder Supremo de
Irán nunca ha sido más supremo.