Para los que allí acudieron, el 27 de noviembre pasado, era una nueva
oportunidad de encontrar una solución a uno de los más extendidos conflictos
internacionales de la era moderna, pese al descrédito de eventos similares
anteriores.
La cita, convocada, promovida y organizada por Estados Unidos, despertó
esperanzas, pero fueron muchos más los escépticos, que creyeron que Washington
y su socio Israel tenían más fines espurios que voluntad política para
resolver el enmarañado problema.
A todo bombo y platillo terminó la reunión con el compromiso de israelíes y
palestinos de relanzar las negociaciones de paz apenas días después del cierre
del encuentro, y alcanzar acuerdos antes de finalizar el 2008.
El primer ministro de Israel, Ehud Olmert, el presidente palestino, Mahmoud
Abbas, y el mandatario estadounidense, George W. Bush, sostenidos de las manos
y amplias sonrisas, posaron en una instantánea que recorrió el mundo como un
presunta mensaje de paz.
La conferencia abrió interrogantes en torno a la adopción de decisiones de
cómo implementar mecanismos que conduzcan a romper la madeja de entuertos que
atenazan al pueblo palestino en los últimos 60 años y que Israel ha sido
remiso a solucionar.
Resolver asuntos como la creación de un estado palestino independiente, el
status de Jerusalén, el regreso de los refugiados, la definición de las
fronteras, la disolución de los asentamientos, el agua, la seguridad y otros,
son esenciales para avanzar.
Pero antes, Tel Aviv debía cesar la ocupación de los territorios
palestinos, la construcción del muro segregacionista que se expande a lo largo
de Cisjordania, terminar con el asedio económico a la Franja de Gaza y liberar
la totalidad de los miles de prisioneros.
Solucionar tales objetivos constituye una carga de mucho peso para los
israelíes, por lo que desde los primeros momentos comenzaron a torpedear las
reuniones entre los equipos negociadores sin que hasta la fecha se haya
obtenido resultado alguno.
Los acontecimientos devenidos durante y después de Annapolis dejaron al
descubierto la falsedad y el juego político de Estados Unidos e Israel en la
ciudad norteamericana.
Contrario a lo pactado allí, Tel Aviv licitó la construcción de nuevas
viviendas en los asentamientos de la ocupada Cisjordania, arreció el bloqueo y
las medidas de restricciones, e incrementó las agresiones terrestres y aéreas
contra la Franja.
Washington, por su parte, continuó con su política de apoyo incondicional a
su aliado e impidió nuevas resoluciones condenatorias en el seno del Consejo
de Seguridad de la ONU, por su criminal asedio económico y de cerco.
En medio de ese panorama, los grupos de la resistencia palestina, apelando
al derecho de autodefensa, prosiguieron los disparos de cohetes hacia los
territorios israelíes de Netivot y Sderot, en el sur, donde el miércoles
último murió un hombre de 42 años.
La muerte del ciudadano israelí despertó la furia de las Fuerzas de Defensa
de Israel (FDI), y fue usado como justificación para dar la orden de arrasar
con la depauperada autonomía de 1,5 millones de habitantes.
En apenas seis días de intensos ataques aéreos y de artillería 112
palestinos perdieron la vida, entre ellos 17 niños, uno de apenas seis meses,
y más de 300 sufrieron heridas, a la par que fueron bombardeadas instalaciones
hospitalarias y oficinas de Hamas.
El pasado sábado ocurrió la embestida más violenta de los últimos ocho años
al morir 54 palestinos y decenas resultar heridos, a la par que dos militares
israelíes caían también en los combates.
Ante los acontecimientos, el presidente de la Autoridad Nacional Palestina,
Mahmoud Abbas, responsabilizó a Israel por la ruptura del proceso de paz y
puso fin a todo contacto hasta tanto no se suspenda la agresión, afirmó ayer
su portavoz, Nabil Abu Rudeina.
Este lunes, las FDI se replegaron de Gaza con el argumento de que detuvo el
lanzamiento de cohetes contra su territorio, mientras entre los residentes
prevalecía la opinión de que los invasores fueron derrotados.
La amenaza y el peligro del uso desproporcionado de la fuerza, sin embargo,
penden como espada de Damocles sobre la Franja en las palabras de Olmert,
quien el domingo en una reunión del gabinete dijo que no detendrá las
operaciones.
"Seré claro, no tenemos intenciones de detener la lucha... y actuaremos de
acuerdo con el plan diseñado por el gobierno con las fechas y la intensidad
que nosotros decidamos", manifestó.