Las percepciones diferentes de un mismo fenómeno siempre nos hablan de
la complejidad del problema que abordamos. Uno puede apreciar esto en la muerte
y ceremonia de entierro del comandante de Hezbollah, Imad Moughnieh, esta semana
en el Líbano. Mientras la información en Occidente hablaba de la desaparición de
una suerte de "súper terrorista", la multitud que se reunió en las exequias para
despedirlo le ofreció un homenaje propio de un mártir.
No es algo nuevo en el conflicto árabe-israelí, pero siempre asombra comprobar
cómo quien es terrorista para un público resulta un combatiente de la
libertad para otros. Navegar entre condenas taxativas y panegíricos se
vuelve difícil para la razón porque cada uno de los términos siempre demanda
adhesión acrítica. Y esto no es bueno para la comprensión.
Imad Moughnieh ya tiene poco que ver con lo que se diga de él, bueno o malo. Los
que intentan mantenerlo vivo con imprecaciones o elogios lo hacen sólo para
justificar lo que puede seguir; Hezbollah y su público para clamar venganza de
modo creíble en su próximo ataque contra intereses de Israel (o de Estados
Unidos, el otro país sospechado por el atentado) y los que esgrimen la condena,
para justificar una "guerra contra el terrorismo" que se está llevando de a
puñados muchas libertades y garantías. ¿Acaso no parece volverse más
comprensible que George W. Bush se prepare para vetar una ley que prohibiría
prácticas de tortura como el "submarino" --el ahogo reiterado de personas en agua
durante los interrogatorios-- después de leer todo lo que se le atribuye a Imad
Moughnieh?
Conviene despejar aquí algunos datos básicos. Es innegable que durante un cuarto
de siglo Imad Moughnieh empleó el terror como método de lucha a favor de su
causa y que la bomba que voló el automóvil que lo transportaba fue la clase
de muerte a que un combatiente como él se había hecho acreedor.
Claro, si todo es como nos han narrado; porque el semanario inglés The
Economist --con una excelente cobertura de Oriente Medio-- sugiere que tal vez Imad Moughnieh no haya muerto esta vez y todo el episodio no más que un recurso
para que el táctico de Hezbollah pueda sumergirse aun más profundo en la
clandestinidad en la que ya vivía hace mucho tiempo. Lo que llama la atención de
la revista es que desde hace tiempo había contratos pendientes para eliminar
a Imad Moughnieh que nunca dieron frutos: Estados Unidos llegó a poner un
precio de cinco millones de dólares por su cabeza e Israel parece haber
intentado el asesinato otras veces, incluyendo una en la que murió uno de sus
hermanos.
Pero dejemos de lado las especulaciones. La cuestión precisa que nos alejemos
del pensamiento binario de demonio versus mártir. Quedar atrapado en el no
esclarece nada.
Es interesante comprobar cómo la percepción condenatoria está basada en relatos
sobre las acciones de Imad Moughnieh que nunca han sido probados. Esto no
quiere decir que las acusaciones sean falsas, sólo que para conocer al
terrorismo y a los terroristas dependemos en gran medida en lo que los gobiernos
y sus agencias de seguridad nos dicen y esperan que creamos sin demandar
evidencia adicional.
Es el sistema "Osama bin Laden"; este es responsable de los atentados del 11-S
esencialmente porque Washington lo afirma, aun cuando otros expertos --como Zbignew Brezezinski, ex asesor de Seguridad Nacional de Jimmy Carter-- lo ponen
en duda. Así, en la sumatoria de cargos Imad Moughnieh es culpable de la
voladura de un edificio en Beirut, en 1983, que dejó 241 infantes de marina
muertos en una tragedia que el entonces presidente Ronald Reagan pareció no
poder absorber nunca, del secuestro de docenas de víctimas canjeadas por armas y
del asesinato de un militar estadounidense tras el secuestro de un avión de TWA,
entre otros crímenes.
En este mismo contexto la Justicia argentina había solicitado la captura de Imad
Moughnieh por considerarlo uno de los culpables de los atentados de 1992 y
1994 contra la Embajada israelí y la mutual AMIA en Buenos Aires por encargo
de Irán que aparece como protector de Hezbollah. Es interesante notar aquí que
en ese pedido no figura elemento alguno concreto de prueba sino tan solo
revelaciones hechas por los aparatos de inteligencia de Estados Unidos e Israel,
una fundamentación por la que muchos han criticado a los dos fiscales que
realizaron el trámite.
Esto de mantener a un personaje entre aguas procelosas de condena y elogios
impide ver el problema más grande. Por ejemplo, ahora corren nuevos
escalofríos porque Hezbollah ha renovado amenazas contra Israel. No es dable
esperar, sin embargo, ataques abiertos desde el Líbano porque parece dudoso que
Hezbollah quiera darle una excusa para que Israel --renovada su doctrina militar
después del cuasi fiasco del Líbano en el 2006-- ensaye una nueva invasión con,
presumiblemente, mayor eficiencia. Pero Hezbollah es también una organización
global y su capacidad para actuar en esa dimensión es incuestionable.
Estos datos sugieren, por lo menos, tomar distancia sobre el debate de sordos de
un personaje --en este caso Imad Moughnieh-- y, en cambio, dirigirse hacia el
centro del conflicto que los hace posibles: la larga sangría de Oriente Medio.
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