No muy lejos de allí, en una cafetería cercana a
la costanera sobre el mar Mediterráneo, unos pocos habitués miran
por televisión un sermón del líder del movimiento chiita proiraní y
prosirio Hezbolá (Partido de Dios), Hassan Nasrallah.
A una corta caminata de distancia de la cafetería, un libanés de
Tiro llamado Hussein, pero de estos tiempos, bebe cerveza y toma sol
con sus amigos junto al mar.
"Esta ciudad es de Amal. Hezbolá no nos molesta por beber cerveza en
la playa", dice este camarero que disfruta de un rato libre. Se
refiere al popular partido Amal, otrora rival de Hezbolá aunque
también de raíces chiitas e islamistas.
Tiro tiene reputación de ciudad turística estival con un estilo de
vida liberal. Está salpicada de ruinas del Imperio Romano, cuenta
con una bahía pesquera que data de la época de los antiguos
cristianos, y una bulliciosa costanera con restaurantes y
cafeterías.
Pero fuera de temporada, los comerciantes, agricultores y pescadores
locales apenas logran ganarse el sustento. La guerra emprendida en
julio y agosto de 2006 por Israel contra los bastiones de Hezbolá en
Líbano empeoró la situación.
"Casi todos aquí tienen dos trabajos. La mayoría dependen del dinero
que les envían sus familiares emigrantes", dijo Chawki Ghandour,
gerente de la sucursal local del Banco de Beirut.
Unos 16 kilómetros al sur de allí, en Naqourra, está la sede de
Unifil, las fuerzas interinas de paz de la Organización de las
Naciones Unidas (ONU) en Líbano. A muy corta distancia se encuentra
la frontera con Israel.
En las colinas y en la planicie costera se extienden plantaciones de
cítricos y banano. Allí se encuentran las aldeas donde Hezbolá
congrega a la mayoría de sus seguidores.
Bajo los feroces bombardeos de 2006, muchos aldeanos huyeron al
lujoso hotel Rest House de Tiro y a los campamentos de refugiados
palestinos vecinos, evitando la peligrosa ruta costera que conduce a
Sidon, más al norte.
"Bombardearon mi casa", relató Hassan Lehaf, el dueño del bar
Skandars. "Mi familia se fue a Beirut. Yo me quedé. Había
periodistas que se quedaban a dormir aquí, en el bar. Mientras
tronaban los bombardeos, creíamos que esa noche sería la última, y
colocábamos todas las botellas directamente en la barra."
Tiro fue una de las ciudades del sur de Líbano menos afectada por la
guerra, pero al cabo de 34 días de bombardeo los civiles muertos
allí ya rondaban el millar. Gran parte de la infraestructura quedó
destruida. Cientos de miles de bombas de racimo sin detonar todavía
están desparramadas por el sur del país.
Desde entonces, de acuerdo con la resolución 1.701 del Consejo de
Seguridad de la ONU, Unifil elevó su presencia a casi 15.000
soldados.
La Unifil está desplegada con el recién llegado ejército libanés al
sur del río Litani, al igual que cientos de trabajadores nacionales
y extranjeros contratados por las compañías mineras que constituyen
la principal fuente actual de empleo y de dinero en el sur.
Daoud, un hombre de unos 20 años y hablar suave, trabajó en las
minas hasta que el grupo económico Armor se retiró de Líbano en
diciembre. Ahora, contratado por la Cruz Roja local, está dedicado
junto con otros cientos de ex mineros a desactivar explosivos.
Reciben un salario mensual de entre 800 y 1.000 dólares, inusual en
el sur, donde el ingreso promedio ronda el mínimo nacional de 200
dólares.
El plazo límite para desactivar las bombas de racimo sembradas por
Israel es diciembre. La mayoría de los médicos y buscadores como
Daoud se quedarán entonces sin trabajo.
"Tengo otro trabajo, pero gano poco", dijo. Su salario mensual como
guardia de seguridad en una empresa nacional de telecomunicaciones
asciende a 350 dólares.
"Todos tienen otro trabajo, no sólo yo. La remoción de explosivos
está bien por un año, pero aun así no conviene dejar los otros
empleos para dedicarte a eso", agregó.
En los fines de semana de verano en Tiro, las cabañas aledañas a la
costa mediterránea se llenan de familias que escapan del calor
húmedo. También se las puede ver al borde la piscina del exclusivo
hotel Rest House.
Por la noche, Skandars es el bar favorito de los trabajadores
internacionales y de los libaneses que llegan desde Beirut u otras
ciudades. El sitio está repleto de gente bebiendo y bailando al son
de una música que se escucha a todo volumen.
Otros van a bailar a otros lados, al ritmo que marcan orquestas en
vivo que cantan en árabe. Los muchos musulmanes devotos, que no
beben alcohol, se reúnen en las cafeterías.
Fuera del bullicioso tráfico, blancos automóviles de la ONU se
entreveran con ciclomotores y camionetas.
Quienes son demasiado pobres para salir a bailar o a tomar café se
sientan a descansar a lo largo de la extensa costanera.
"Si la situación política se resuelve, la economía mejorará", dijo
el alcalde de Tiro, Abdel-Mohsen al-Husseini. "Pero mucha gente
compra ahora apenas lo indispensable. Si necesitan agua, comprarán
una botella, nunca dos."
Hezbolá, que es muy apreciado en Tiro, no quiere iniciar un
conflicto con Amal en torno del consumo de alcohol, pues prefiere
trabajar para mantener la paz interna.
Además, está demasiado preocupado por múltiples amenazas externas:
el malestar político nacional, los recientes ataques contra cascos
azules y la posibilidad de otra guerra con Israel, por ejemplo.
En los últimos dos fines de semana, un pequeño grupo de jóvenes
quemó neumáticos en las calles de Tiro, en solidaridad con las
violentas protestas realizadas en Beirut por los cortes eléctricos
en los barrios del sur de la capital.
El mensaje resuena, a pesar de la distancia, en el sur, donde la
electricidad es cara. En Tiro hay días enteros de apagón en el
invierno.
Hace unos años, Medhi volvió a Tiro, luego de vivir en Estados
Unidos, para inaugurar una cafetería en la costanera.
"Tenemos los costos de teléfono y electricidad más elevados del
mundo. Pago más de energía que de salarios. ¿Cómo sobrevivo? No lo
sé... Aquellos contratados para desactivar explosivos son quienes
propagan la riqueza. Dos de mis empleados renunciaron para trabajar
en eso. Les dije que tuvieran cuidado", agregó.
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