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Obama junto a Dan Restrepo, su asesor para América Latina. |
Para el establishment
estadounidense el camino está despejado,
América Latina se mantendrá bajo el nuevo orden panamericano; emergente en los
años 90 y cuya concepción la encontramos en el concepto de seguridad
hemisférica, remodelada tras la guerra fría.
Por Marcos Roitman Rosenmann
- La Jornada, México
Nunca antes la elección a presidente de Estados Unidos levantó tantas
expectativas, a la par que ha sido huera en debate político. Pareciera ser que
las diferencias entre demócratas y republicanos se esfumaron en beneficio de
culpar a la administración Bush de todos los males que la aquejen.
Un
sobrecargado escenario de guerras espúreas, hipotecas basuras, crisis
financiera, ecológica y global ameritaba esta decisión. Las mil y una plaga, en
una sociedad carente de liderazgo, requería un plan estratégico. Lo más adecuado
era buscar un chivo expiatorio y fundar la nación en el marco de un nuevo orden
mundial. Los dardos se dirigieron hacia George W. Bush. Así, los jefes de
campaña enfilaron el problema con un debate anodino. Grandes proclamas y poca
enjundia. Lo más sobresaliente, acusaciones de socialista y musulmán al
candidato demócrata.
En estas elecciones se jugó recuperar la confianza en el sistema. Que la
maltrecha clase media, a quien se dirigió Obama constantemente, creyese en
Estados Unidos como la tierra de las oportunidades bendecida por la divina
providencia. En ella se cumplieron los sueños de Jefferson, Hamilton, Franklin,
Grant y Lincoln. Se trataba de reeditarlos con la grandeza de un siglo XXI
globalizado. El perfil político y cultural afroamericano de Obama se construye
con este significado. Su voluntad se presenta al gran público como el afán de
superación del hombre hecho a si mismo. A su adversario, John McCain, se le
visualiza como un patriota ex combatiente de Vietnam. Su elección supondría
continuidad y retrasar la salida a la crisis. Perspectiva nada halagüeña. Con
estos argumentos, Obama obtiene un primer triunfo. Gozar de la simpatía de una
buena parte de aliados occidentales, inclusive en América latina, Asia, África y
Oceanía le ven con buenos ojos. El mundo lo aclama. Un plus que le permite
reorganizar la política exterior a su antojo, con un vicepresidente
experimentado y un proyecto asentado en el viejo ideario de recuperar la
hegemonía mundial lo antes posible.
Para el establishment estadunidense el camino está despejado,
América Latina se mantendrá bajo el nuevo orden panamericano; emergente en los
años 90 y cuya concepción la encontramos en el concepto de seguridad
hemisférica, remodelada tras la guerra fría. Charles Shapiro, actual
coordinador principal de Libre Comercio de la Oficina de Asuntos del Hemisferio
Occidental declaraba el 17 de agosto: Evidentemente habrá algunos cambios...
dependiendo de quien resulte electo y quien sea el próximo secretario de Estado
–pero subrayaba– serán cambios sutiles y de énfasis, estoy seguro de que en lo
que respecta a la forma general de la política estadunidense hacia América
Latina y el Caribe, ésta continuará en los parámetros que previos Presidentes
han seguido durante los pasados 30 años.
Esta visión fue expuesta por José Miguel Insulza, actual secretario general
de la OEA, cuando dijo que la seguridad hemisférica era fruto del consenso
estratégico entre demócratas y republicanos. A Al margen de la retórica que
muchas veces preside los documentos oficiales, todos los participantes en el
debate parecen coincidir en la definición general de que los objetivos primarios
de la política exterior norteamericana son los de autoconservación, la seguridad
y la existencia continua en las mejores condiciones sociales, políticas y
económicas posibles. A partir de 1945 la pugna entre aislacionistas e
internacionalistas no volvió a producirse, en el sentido de que nadie está en
contra de que Estados Unidos asuma un papel hegemónico en los asuntos mundiales
y de que en un plano general todos están de acuerdo en que nada de lo que ocurra
en el mundo es ajeno al interés de seguridad nacional de Estados Unidos.
Este consenso se observa en las tres anteriores administraciones. En efecto,
sin negar las diferencias, todas trabajaron para revitalizar el sistema de
dominación. Con tal fin George H. Bush continuó luchando para ganar “conflictos
de baja intensidad” que entonces se desarrollaban en Colombia, Guatemala y Perú,
así como la “guerra contra el narcotráfico iniciada por Reagan”. También
proclamó la Iniciativa para las Américas (dirigida a “crear una zona de libre
comercio desde Alaska hasta Tierra del Fuego”) e impulsó el Tratado de Libre
Comercio de América del Norte (ALCA) con Canadá y México y el compromiso de
Santiago de Chile con la Democracia Representativa y la Modernización de la OEA,
aprobado por esa organización en 1991. Todas esas estrategias fueron ratificadas
por William Clinton. En su mandato se promulga la Ley Helms-Burton,
profundizando el bloqueo hacia Cuba.
Hoy los asesores para América Latina del ahora presidente electo, Barack
Obama, Dan Restrepo, miembro de número del Centro para el Progreso de las Américas, y Frank Sánchez, ex subsecretario de Transportes con Clinton,
continúan esta tradición. El primero explica que Obama buscará reeditar un lan
similar a la Alianza para el Progreso con el fin de exportar democracia,
oportunidades y seguridad, de forma que se combatan los retos que encara el
pueblo de las Américas, de modo tal que lo que sea bueno para América Latina sea
bueno para Estados Unidos.
Versión posmoderna del cliché “Lo que es bueno para General Motors es bueno
para Estados Unidos”, eso sí, en el contexto del nuevo orden panamericano,
definido en las administraciones republicanas. Mientras tanto, Frank Pérez es
más contundente. A pregunta sobre la posición de Obama sobre Colombia se
despacha de la siguiente manera: El Plan Colombia continuará y queremos
agregarle más dinero para fortalecer la democracia, la justicia y el desarrollo
económico. Obama ha apoyado fuertemente a Uribe en su lucha contra las FARC, fue
uno de los únicos políticos en Estados Unidos que apoyó a Uribe en su incursión
a Ecuador. Ni Bush fue tan abierto con el apoyo en ese ataque.
Sin embargo, estas declaraciones pasan inadvertidas para los analistas,
desconociéndose que las decisiones sobre el subcontinente las toman la
Secretaría de Estado, de Defensa, la comisión del Senado, la Cámara de
Representantes y el establishment político, además de los lobbys.
El consenso funciona bajo el unilateralismo y manda la aplicación de la lucha
contra el narcoterrorismo, el Comando Sur, la DEA, con su plan Iniciativa
Antinarcóticos Andina, y los Tratados de Libre Comercio. Los dos asesores no
alterarán el itinerario, salvo pequeños retoques. Del tratado de libre comercio,
Pérez se desplaza al concepto de una vocación de comercio justo, aunque no
aclara su significado. Es más contundente al manifestar la ayuda militar para
luchar contra la subversión y el narcotráfico. Lo dicho debe interpretarse como
mantener las bases en Perú y el Caribe. Tampoco se oponen a militalizar la
frontera con México y consolidar los centros de operativos de avanzada
en Honduras y El Salvador y otorgar continuidad al Plan Puebla Panamá. En
definitiva, continuidad.