Hace unos días en Nueva York, el canciller chino Li Zhaoxing sentenció que la
presente crisis económica "será profunda y prolongada" para beneficio de su
interlocutor y colega argentino Jorge Taiana. Convengamos que la frase es casi
un resumen de lo que se puede leer o escuchar de boca de los más variados
analistas. Pero cuando proviene de alguien que habla en nombre de una de las
grandes economías del planeta, el diagnóstico sombrío adquiere una dimensión
diferente, que introduce al menos una pizca de hielo en la sangre.
El jefe de la diplomacia del gobierno que encabeza Hu-Jintao pareció a su
contertulio como un hombre que estaba cómodo con lo que podía prever del futuro
para su país. Menos incentivadas sus arrugas por la presión del temor, como es
fácil descubrir hoy en las fotos de muchos líderes occidentales. Es como si
Beijing viese lo que sucede como la turbulencia inevitable en el inicio de un
cambio.
En el curso de los últimos días Taiana pudo, por las circunstancias, completar
una visión diferente de los efectos posibles de la presente situación. Ya en
Buenos Aires recibió a Nikolai Patrushev, el hoy titular del Consejo de
Seguridad Nacional ruso, un hombre que proviene -al igual que el primer ministro
Vladimir Putin- del aparato de inteligencia ya que estuvo al frente del
organismo que sucedió al antiguo KGB soviético, el Servicio Federal de Seguridad
(FSB).
La del ruso es una presencia que pasó inmerecidamente subvalorada en la
información, porque la misión de Patrushev es parte de la ofensiva
político-militar de Moscú sobre América latina, uno de cuyos puntos centrales es
defender la "inocencia" en las reciente crisis en Georgia. En términos generales
el mensaje que trajo Patrushev puede traducirse en "estamos de vuelta" en el
mapa de poder internacional.
Este viaje parece parte de la misma trama que llevó a Venezuela dos bombarderos
estratégicos rusos, la venta de armas en la región y que avanzará en los
próximos meses con ejercicios militares venezolano-rusos y que llevó a Moscú a
sondear la posibilidad de tener una participación en el futuro Consejo de
Seguridad de América del Sur, un organismo que está promoviendo Brasil y en el
que no participaría Estados Unidos.
Si uno se dejara atravesar por la urgencia de los símbolos, podría verse tentado
a inferir de estos y otros hechos que parece haber en marcha el desafío más
importante a la "Doctrina Monroe" de 1823 -ninguna potencia extracontinental se
mezclará en los asuntos de las repúblicas americanas, consideradas zona de
influencia exclusiva de Washington- desde los días del giro pro soviético de la
revolución de Cuba en los años 60.
Hay una medida del orden internacional -Estados Unidos como la hiperpotencia
planetaria- que surgió con fuerza después del colapso soviético que está
crujiendo bajo el peso de los presentes y elefantiásicos problemas económicos.
El unilateralismo que venía como privilegio del liderazgo global se está
volviendo disfuncional o, por lo menos, sale más caro de lo que los
estadounidenses pueden y están dispuestos a pagar.
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